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Trabajadores para mover el mundo argentino

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«Cuando te quejás de la CGT no podés reconocer que, nos guste o no, son ellos los que hoy representan a los trabajadores. Sería como equiparar a la CGT con Barrionuevo o a los empresarios con Martínez de Hoz. (…) Ser intelectual no significa mostrarse diferente, tal como ser valiente no implica mirar a los demás desde la cima de la montaña. Creo que vos y yo no pensamos tan diferente, sino que tenés miedo. Miedo de que te confundan, porque creés que la individualidad te va a preservar. Pero no te olvides que pertenecemos a una generación que siempre creyó en las construcciones colectivas. La individualidad te pondrá en el firmamento, pero solo la construcción colectiva nos reivindicará frente a la historia. Al fin y al cabo, todos somos pasantes de la historia.”

Néstor Kirchner a José Pablo Feinmann

 

El sindicalismo, modo organizativo mayoritario de los trabajadores argentinos, tiene una estructura de 3.500 organizaciones con convenios que protegen los derechos de 10.000.000 de trabajadores y trabajadoras, y que tras décadas de deterioro de la asistencia pública de los malos gobiernos, cubren la atención de la salud de 20.000.000 de hombres, mujeres y niños.

Aun cuando muchas de las críticas al sindicalismo tienen un costado atendible —sobre todo en el sector público, donde, aún con las complejidades y restricciones que impone enfrentarse a un poder ejecutivo radicalmente adverso, no faltan rasgos de cierto inmovilismo—, sería un error ubicarlos como cómplices de todas las desgracias. Es  evidente que en algunos segmentos del mundo gremial, las dirigencias se han encapsulado y han perdido reflejos frente a las transformaciones del mundo productivo y laboral. Y en ese marco, el apego estético a ciertas liturgias y formas tradicionales choca con las expectativas de representación de una parte de los afiliados y, sobre todo, de la creciente mayoría de los no afiliados.

No obstante lo anterior, también es cierto que el nexo más próximo con el mundo del trabajo sigue siendo la trama de más de 70.000 delegados y delegadas de base que, todos los días, actúan como valla frente a los abusos patronales en fábricas, comercios y oficinas de todo el país, sostienen prácticas de ayuda mutua, cultura, capacitación laboral, turismo social. Todo esto en una época excesivamente entusiasmada con exaltar las virtudes del individuo aislado.El nexo más próximo con el mundo del trabajo son los más de 70.000 delegados y delegadas de base que todos los días actúan como una valla para impedir abusos patronales en las fábricas, comercios y oficinas de todo el territorio nacional, promueven la ayuda mutua, la cultura, la capacitación laboral, el turismo social. Todo esto en una época demasiado preocupada por exaltar los valores individualistas.

Sin embargo se sabe que existen muchos enamorados del poder sindical más que del sindicalismo. Una suerte de devoción corporativa con más apego a la corporación que a sus bases. Siempre existieron y existirán  buenos y malos dirigentes. Contextos que producen más devotos de Roma que del cristianismo. Y vale destacar que este fenómeno se da en muchos frentes de la vida nacional, no solo el sindical. De hecho encontraremos más arquetipos así en la vida político partidaria que en los sindicatos.

El presente complejo exige , entonces , tener una mirada real sobre el mundo real. Claro, la tarea de gobernar ya no se limita a “crear trabajo”, sino a algo mucho más complejo. No existe un “punto de apoyo” homogéneo, ni un discurso único con el cual persuadir. La matriz sociocultural del país ha sufrido profundas modificaciones desde el quiebre que implicó la dictadura cívico – militar a la fecha. El propio mundo del trabajo, que fermenta y edifica la identidad del peronismo, es otro mundo. 

Señalamos hace un buen tiempo en “Atravesar el desierto” que las estructuras gremiales, políticas y -en menor medida- los movimientos sociales  en Argentina han sido  influenciadas históricamente por su mayoritaria adhesión a la identidad del peronismo. En simultáneo a esto, vemos como casi todos los proyectos de «modernización» laboral elaborados fuera del peronismo, parecen más una revancha de medio siglo contra el modelo sindical argentino que una hoja de ruta para resolver problemas. Estas organizaciones cuentan con recursos económicos y territoriales por medio de los cuales pueden activar “músculo” para limitar y poner ciertos frenos y reparos al aceleracionismo libertario. Sin embargo su influencia electoral está disminuyendo debido a la desindustrialización y cambios en la naturaleza del trabajo. Encuadran a menos personas dada la fragmentación creciente y los cambios culturales y tecnológicos recientes.

Este no es un fenómeno estrictamente local, claro. En realidad, en ningún país del mundo el obrero industrial, sujeto histórico del peronismo, es hoy la mayoría. Ni siquiera en China, el “taller global”. Pero es necesario asumir el modo en que nuestro país se ha ido “latinoamericanizando”: incremento del trabajo informal, sin estabilidad, sindicatos, ni protección legal, que se concatena con un auge de la ética “freelanzer” en las capas más jóvenes. 

Porción de la sociedad en la que la mayoría de su población económicamente activa son empleados informales, emprendedores, cuentapropistas y jóvenes pobres. Esos muchachos y muchachas mejoristas —capa social que, más allá de las decisiones electorales, se ha forjado en enfrentar lo adverso de manera aislada— encuentran épica debajo de las piedras al, por ejemplo, poder “manejar sus tiempos” en los mares de la informalidad. Vale señalar que el más grande empleador “en negro” es el propio Estado Nacional, con “contratos de locación de servicios” que, como ocurriera en 2016, ahora hacen más fácil al experimento mileísta despedirlos

El peronismo sigue siendo atractivo para ciertos sectores de la sociedad, pero necesita adaptarse a estas nuevas realidades económicas y laborales. Y el movimiento de trabajadores organizados tiene en esto un rol fundamental. Distribuir riqueza , si, pero también pensar en mecanismos para generarla. Defender el rol del Estado, pero encontrando nuevos y mejores argumentos que esa obstinada vocación soviética -no peronista-  donde todo es Estado.  Defender el rol de los sindicatos, pero modernizar las políticas laborales y darles mayor participación programática en el rumbo del país.

Insisto en que la sociedad que habitamos no es la de hace 60, 40 o 10 años atrás. Hoy, la multiplicidad de centrales obreras, el auge de la cultura influencer, la individuación extrema y el pluriempleo generalizado son el escenario de fondo. Lo que verdaderamente define este contexto, sin embargo, es algo que nunca había sucedido: QUE QUIENES TRABAJAN, SEAN POBRES. Este fenómeno, que no comenzó con Milei, se profundiza en el gobierno libertario, en el marco de una ola de despidos, licuación de los ingresos y una destartalada reforma laboral. En este contexto, los sindicatos vuelven a cobrar la centralidad histórica.

En este presente complejo es imposible que un programa que pretenda representar intereses nacionales pueda llevarse adelante sin incluir a su base social de manera más concreta. Pero para representarla, debe conocerla. Y para conocerla, no alcanza con reuniones y asados con dirigentes, sino con una actitud que el fragmentado campo nacional debería adoptar transversalmente: salir de la burbuja. No alcanza con reunir 4 dirigentes para una foto de cosmetología electoralista. No alcanza con cumplir con el checklist de solemnidades. La única forma de darle densidad a un proyecto nacional que pretenda incluir y representar es reconocerles a quienes trabajan, la centralidad para mover el mundo argentino. Y eso solo puede realizarse ampliando los cauces.

Sin embargo, existe un rasgo esencial que todavía titila en la sociología sindical: la simetría entre la organización y el ánimo del trabajador ajusta siempre mejor que la de los partidos. ¿Por qué?, porque el sindicato, a través de sus delegados y delegadas, convive con quienes representa. No “baja” de la universidad o de la tele al territorio laboral: está ahí. En esa alquimia entre problemas concretos, decisiones concretas y efectos inmediatos, la organización sindical queda algo más protegida de la teatralización permanente de la política. Por eso, cuando finalmente se mueve, su capacidad de ordenar o desordenar la vida económica es bastante más tangible que la foto de un diputado en posición instagrameable frente a un casco policial.

Justamente por eso el ecosistema político argentino no es tan lineal: la persistencia del anticegetismo —etapa superior del antisindicalismo— no se explica sólo por la incomprensión o por la radiación del show periodístico y digital, sino también por el propio accionar de algunos dirigentes que alimentaron, con entusiasmo, los prejuicios de cierto progresismo pequeño-burgués.

Decíamos antes que el sentido misional de la lucha libertaria está edificado en dos mantras: el primero es educar a la sociedad para vivir sin Estado, y el segundo es que el sacrificio social tenga consenso. A esto, deberemos sumarle un tercero: la reinstalación del estigma sobre «la mafia de los sindicatos». Todo al calor de una reforma laboral que el propio peronismo, que careció de imaginación política para hacerlo o de acuerdos internos para consensuarlo, debía proponer, porque ahora cobra contornos más regresivos y nocivos.

Es cierto que, frente a este presente adverso, buena parte del peronismo —incluidas sus plumas y voces mejor intencionadas— quedó amarrada, casi sin admitirlo, a una identidad estética que agotó su ciclo. Las mismas efemérides, los mismos libros, las mismas coreografías, los mismos debates de ciencias sociales. Una jarra llena de lo que fuimos a la que no le entra una gota de innovación. Los protocolos, liturgias y procedimientos identitarios que durante años organizaron la pertenencia, ¿no funcionan acaso más como rezo automático en una iglesia donde entran cada vez menos feligreses?.

La realidad, antes que pedirle al peronismo que marque hacia dónde ir, parece exigirle algo más humilde y más difícil: contemplar con honestidad dónde está parado. Un buen punto panorámico para responder a esta pregunta, son las organizaciones sindicales.

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