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Este no es un texto sobre posibildades electorales. Sino un diálogo hacia adentro de una burbuja. Otro más.
Ya hemos señalado que en la política argentina actual, abundan los síntomas de una transición inconclusa. El kirchnerismo sigue organizando lealtades y rechazos, pero ya no alcanza para estructurar el futuro. Y sin embargo, sus posibles reemplazos todavía no logran encarnar algo distinto: una propuesta nueva, consistente y viable.
Esa ansiedad orbita a todo un ecosistema de actores que intenta reemplazar demasiado rápido a un tipo de prácticas. En un intento de mutilación similar al que el kirchnerismo hizo con el menemismo, hoy se mira hacia atrás con una vocación de casi negación de la propia sombra kirchnerista, la última corriente interna del peronismo. Como si todos fueron “víctimas” de sus costados discutibles pero nadie beneficiario de sus contornos luminosos. Como si criticar las posturas estéticas y las camperas Adidas originals devolviera una mirada superadora en términos de programa político. Como si indignarse por impostaciones no fuera, también, una forma de impostación.
Así las cosas, el punto es que el peronismo está infectado por una tara: hoy es impotente para producir novedad. La melancolía del patio de las palmeras se pierde por varios cuerpos con el Movistar arena de Milei, el Golem. El presidente triplemente encamperado está más seguro de entender la época que sus adversarios, que padecen de una inautenticidad desoladora. Esto deriva en un quietismo marcado en términos de innovación política. No se trata de «nuevas canciones», sino de aprenderse la partitura a través de la escucha activa del pulso argentino, o cambiar de músicos.
Peronismo onlyfans
El adversario más potente del oficialismo sigue siendo el peronismo y sus periferias. Pero, aunque por supervivencia táctica permanece razonablemente amontonado, se evidencia fragmentado en lo estratégico, sin consenso sobre cuál es el centro de gravedad, cuáles son los factores morales y materiales y cuáles las circunstancias de tiempo y lugar desde dónde poner en marcha algo parecido a un proyecto nacional. Algo que convoque a alguien más que a sí mismo.
Un peronismo onlyfans, apto solo para convencidos, al que -aun con movimientos tectónicos en algunas capas de la realidad- definimos así en 2024, señalando que:
«CFK, aún con la variante de sus condiciones judiciales, sigue poniéndole reflector en la cara al complejo de Edipo de un post kirchnerismo no nato y de un peronismo en posición fetal, que no arriesga, que descansa sobre lo que supo ser. Como en la película “Good bye Lenin”, resistiéndose a aceptar que la sociedad que quiere no es la que tiene. Que el costo de su miopía deriva del complejo de querer estar siempre seguro, refugiado en la idea de que “todo volver a la normalidad”, cuando no hay ninguna normalidad a la que volver. Como si el contexto maridara solo con endogamia. Como si el peronismo fuese algo que ocurre dentro de la política, pero fuera de la sociedad. Un no tan gigante, y menos vertebrado que hoy es más intenso que extenso. (…)un peronismo “onlyfans”, sólo apto para convencidos; que aguarda en posición fetal ; donde hay demasiados patovicas ideológicas para un boliche donde no ingresa gente tanta.»
El peronismo está lleno de solemnidades. Sobrehistorizado y anclado en la figura del “trabajador” de los cuadros de Carpani. Sobrenarrado. Sobreinterpretado. Tribalizado. Asiste a un reducido pero ruidoso festival de «militantología» de quienes, con o sin experiencia militante, hablan a la dirigencia ya la militancia realmente existente armadas con el derecho de época a estar frustrados, enojados, pero legitimados por el peculiar virtuosismo de estar «limpio» de pasado.
El tremendismo verbalista de sus tribus progresistas produce un estruendo casi tan estéril políticamente como el de sus sectores antiprogresistas. Todo ocurriendo en una burbuja de intensidades que toma distancia de la sociedad por un lado, y por el otro sobreactua distancia con “la política” para regocijarse en un diagnóstico confortable y auto indulgente de quien no porta la mancha venenosa de “lo anterior”.
Decíamos en nuestro texto de septiembre que:
«en el actual estado de las cosas, hechos rrelevantes se conviertían en sagas sobre giradas. Que toda la industria del comentario es un espejo de la grandilocuencia absurda del gobierno: “triángulo de hierro”, “magos del Kremlin”. Que existe una treintena de personas que hablan, con sutiles variaciones de estilo, de las mismas cosas en los mismos veinte lugares, y trazan el perímetro de lo decible.
Lo que Perón llamaba “cultura política” no era otra cosa que la capacidad de procesar diferencias sin dinamitar los puentes. Pero no hablaba de los “puentes” que se construyen hoy. Efímeros y superficiales como los de la digitalidad, van de un estudio de streaming en Palermo a otro que queda a unas cuadras de diferencia. De Tenenbaum y O’Donnel a Gelatina. De seminarios sobre rosca política impartidos por contrabandistas de rumores a politización de comida rápida.
Aquel diagnóstico de Perón sigue respirando. Lo que se agotó no es la politización, sino la cultura política que permite metabolizarla y darle dirección. El vacío que deja se llena con comentarismo, con palabras cuya eficacia simbólica es igual a cero . Palabras que ya no dicen nada. La política convertida en consumo cultural, en producto de burbuja. Un repertorio acotado de personas y relatos redundantes, empalagoso, que ensancha cada vez más la distancia con el afuera social.
En ese proceso, los propios dirigentes se convirtieron en comentaristas de su impotencia. Ante una realidad cada vez más difícil de transformar, encontraron refugio en el mismo ecosistema de paneles, streamings y auditorios digitales. Una muleta ortopédica en su desierto de ideas. Así se produjo una simetría artificial: los que alguna vez decidieron se sientan a opinar al lado de quienes jamás tuvieron que decidir nada.»
La política queda reducida a un intercambio horizontal que borra jerarquías de experiencia y responsabilidad, como si la práctica concreta de gobernar y el ejercicio de comentar sobre ella fueran equivalentes. Los flujos de la vida se confunden con los flujos digitales: los likes con votos, las audiencias de marketing con cartografías electorales. La vida espectral.
La burbuja politizada funciona como loop de expectativas: que el mundo vuelve a girar en torno a sus inquietudes, que alguien los mire, los valide; los perdonó. En esa lógica, dirigentes y comentaristas se confunden y se celebran entre sí: audiencias percibidas como bolsón de electores, métricas de redes que validan el criadero de narcisistas que consumen la que venden. En realidad no hay nada para decir, solo la necesidad compartida de prolongar la ilusión de centralidad.
El saturador deporte fraseológico de los politizados poco le importa a una sociedad que no está interesada ni – más que probablemente – debería estarlo, en el debate entre Rucci y Tosco. En identificar quiénes usan camperas Adidas originales.
La venganza del espectador sigue su curso en el tiempo. Este tiempo. Y ahí viene otro reel con una “posta”. Ahí viene otro “futuro candidato del peronismo” surgido de la mas absoluta orfandad política, que todavía no sabe que su posibilidad de producir novedad es casi igual a cero. Porque esa pretensión de novedad se topa siempre con la misma maldición: que su materia prima es el pasado. En una lógica pendular que lo metaboliza o con una delirante vocación de restauración, o con un enojo que día tras día va perdiendo autenticidad para convertirse en prédica fetichista. Una especie de museo vivo que se dirime entre cuidar sus vitrinas o dinamitarlas, al costo de descuidar el presente, al que prefiere no contemplar.
Ese es el divorcio de época. Comentarismo intenso hacia adentro, indiferencia absoluta hacia afuera. El gran afuera .

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