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Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas
La idea de que el trabajo será opcional es uno de los pilares más seductores del evangelio tecnoliberal. Aquí podés escuchar a Elon Musk diciendo que gracias a la robótica y a la inteligencia artificial, “no hará falta que trabajemos. Los robots producirán todo lo que necesitamos”, y los humanos nos dedicaremos a pensar, crear… o simplemente a estar. Una sociedad post-trabajo, donde el dinero llegará vía renta básica y el “deseo” podrá ejercerse sin mediaciones. La promesa irrefrenable de la optimización infinita y la satisfacción permanente se abre paso ante «lo viejo», lo perimido, que no es otra cosa que la estructura moral y social de los países.
En la utopía futurista, la única imaginación política parece provenir de las élites de un occidente en decadencia, que promueven un horizonte monotecnológico donde el trabajo se vuelve opcional… pero, ¿opcional para quiénes? La geopolítica actual sitúa a los países ante la disyuntiva de la época: nacionalismo o sumisión. Actualmente, gobiernos como el de Argentina parecen ir a contramarcha de esta tendencia, ya que para los libertarios, el nuestro es «un lugar», no un país. Los libertarios son, en los términos de Giuliano Da Émpoli, «borgianos». El sociólogo italiano traza un paralelismo entre la figura histórica de César Borgia —que Maquiavelo consideró el epítome del poder moderno, pragmático y desprovisto de moral— y los «borgianos» contemporáneos. Da Empoli afirma: “En la hora de los depredadores, los borgianos de todo el planeta ofrecen los territorios que administran como un laboratorio a los conquistadores digitales, para que estos implementen su visión de futuro sin las trabas de leyes o derechos obsoletos.”
Lo interesante es que esta idea de «trabajo opcional» —enunciada por Musk, supuesto antagonista del progresismo global— no difiere tanto de lo que plantean ciertos referentes locales, aferrados a filantropías bien financiadas y ONGs tecno-optimistas. En nombre de la innovación o de la “inclusión 4.0”, muchos discursos tecno-progresistas coinciden con Musk en el diagnóstico y en el plan de acción: más algoritmos, más automatización, más subsidios. Tecnoliberales y tecnoprogresistas, dos extremos con el mismo libreto. La historia nacional muestra que cambian los actores, casi nunca los roles.
La pregunta entonces no es qué hará Musk. La pregunta es qué va a hacer el sector de la política argentina que se disponga a representar intereses nacionales, que en Argentina ha sido, con idas y vueltas, el peronismo. Qué va a hacer además de administrar la herencia identitaria de representar o haber representado “a los que trabajan”. ¿Va a quedarse oscilando entre la nostalgia y la visión del mundo del trabajo que aparece en los cuadros de Carpani o será capaz de desempolvar una tercera posición realista, que discuta con tanto con tecno-optimistas y tecno.pesimistas ?. Esta nueva postura debería ser capaz de situar a los trabajadores no solo como receptores pasivos (víctimas o beneficiarios), sino como sujetos activamente involucrados en la transición que se está viviendo. Esto implica contemplar la cartografía actual del mundo del trabajo, que dista bastante de aquella que dió orígen y estabilidad al modelo sindical argentino.
Futuro monotecnológico vs tecnodiversidad
El fin de la globalización unilateral y la aceleración tecnológica exigen, para Yuk Hui, una «cosmotécnica» propia, arraigada en cada tradición, superando la mera «regulación» técnica. En este contexto, el peronismo, que supo ser, hace unas cuantas décadas, una brújula al ofrecer un modo argentino de abordar problemas globales (trabajo, desarrollo, soberanía) con soluciones locales y exportables como ejemplo, corre hoy el riesgo de reducirse a un mero recuerdo.
Dicho de otro modo: no hay futuro en copiar el modelo tecno-hegemónico, ni en negar la técnica. La alternativa es producir formas propias de organizar la tecnología y el trabajo. Yuk Hui, en sus ensayos sobre tecnodiversidad analiza el desbalance actual: el siglo XX fracasó en articular la relación entre lo local y la tecnología. Y por eso la aceleración digital aparece como continuación de la Ilustración por otros medios; como una racionalidad monotecnológica que sincroniza todas las historias del mundo en un único eje temporal, definido por Europa primero y por Silicon Valley después.La formalización monocorde o, mejor dicho, la computación de lo social es la melodía del paradigma monotecnológico que golpea la línea de flotación del trabajo. Pero la salida del atolladero se parece más a una figura poliédrica, no a un único relato impuesto desde afuera, al que todo debe adaptarse. Crear una solución que conecte lo local con lo global desde nosotros mismos, como sugería, luminosamente, Francisco.
Esa sincronización forzada convierte a la tecnología en universal abstracto, produce desorientación —Oriente y Occidente convergiendo en un mismo tiempo vacío— y abre la puerta a respuestas identitarias, xenófobas o reaccionarias. La “conciencia desventurada” que describe Hui significa nada más y nada menos que, cuando no hay orientación estratégica, aparece la estetización política de la técnica o la fantasía de la superinteligencia como reemplazo del Estado.
En las puertas del desconcierto occidente, orgulloso de su papel histórico, descubre que fue superado en su propio credo aceleracionista. China convirtió su industrialización en vanguardia tecnológica. Shenzhen pasó a ser una suerte Silicon Valley sin ética protestante. Ya circula en Washington un soneto que captura el espíritu de época: “solo hay algo más barato que un trabajador chino: un robot”. Los puestos que Estados Unidos tercerizó hace treinta años no están “viniendo de vuelta”, sino que están siendo absorbidos por máquinas.
En junio de 2018, Henry Kissinger publicó un artículo en The Atlantic titulado «How the Enlightenment Ends». De cara a este fin de la Ilustración, Kissinger sostiene que es necesario buscar una nueva filosofía: «La Ilustración comenzó con intuiciones esencialmente filosóficas propagadas mediante una nueva tecnología. Nuestro período avanza en la dirección contraria. Ha generado una tecnología potencialmente dominante en busca de una filosofía que la guíe». Sin esa filosofía —dice Hui—, la técnica ocupa el lugar del fundamento y se vuelve incapaz de ver su propia contingencia. El resultado es un mundo monotecnológico que ignora la necesidad de coexistencia y reduce la Tierra a stock. De ahí la pandemia, de ahí el reciclaje infinito de catástrofes, de ahí la fantasía de agotar la Tierra para luego agotar Marte.
La única salida, sostiene el filósofo e ingeniero chino, es diversificar las tecnologías para diversificar los modos de vida, de cooperación y de economía. No como escapismo, sino como forma concreta de evitar que la tecnología, convertida en obsesión monocultural, destruya la posibilidad misma de futuro. Sin tecnodiversidad, dice Hui, tampoco hay biodiversidad sostenible.
Ante la envolvente aceleración tecnológica, ¿cuál debe ser la postura de nuestro país? ¿Nos limitamos a debatir dentro de los parámetros ya establecidos por centros de poder como Silicon Valley y Shenzhen, o nos atrevemos a forjar una visión de la técnica arraigada en nuestra propia geografía política, en nuestra historia y en nuestra tradición de autonomía? Es imperativo abordar estas discusiones y, fundamentalmente, incorporar a ellas al diverso y fragmentado mundo laboral actual. Básicamente pór la sencilla razon de que casi todos los proyectos de reforma o «modernización» laboral elaborados fuera del peronismo, parecen más una revancha de medio siglo contra el modelo sindical argentino que una hoja de ruta para resolver problemas.
Las organizaciones sindicales cuentan con recursos económicos y territoriales por medio de los cuales pueden activar “músculo” para limitar y poner ciertos frenos y reparos al aceleracionismo libertario. Sin embargo su influencia electoral está disminuyendo debido a la desindustrialización y cambios en la naturaleza del trabajo. Encuadran a menos personas dada la fragmentación creciente y los cambios culturales y tecnológicos recientes.
Este no es un fenómeno estrictamente local, claro. En realidad, en ningún país del mundo el obrero industrial, sujeto histórico del peronismo, es hoy la mayoría. Ni siquiera en China, el “taller global”. Pero es necesario asumir el modo en que nuestro país se ha ido “latinoamericanizando”: incremento del trabajo informal, sin estabilidad, sindicatos, ni protección legal, que se concatena con un auge de la ética “freelanzer” en las capas más jóvenes. Porción de la sociedad en la que la mayoría de su población económicamente activa, son empleados informales, emprendedores, cuentapropistas y jóvenes pobres. Esos muchachos y muchachas mejoristas, más allá de las decisiones electorales, han forjado su identidad en enfrentar lo adverso de manera aislada. Encuentran épica debajo de las piedras al, por ejemplo, poder “manejar sus tiempos” en los mares de la informalidad. Vale señalar que el más grande empleador “en negro” es el propio Estado Nacional, con “contratos de locación de servicios” que, como ocurriera en 2016, ahora hacen más fácil al experimento mileísta despedirlos.
El peronismo sigue siendo atractivo para ciertos sectores de la sociedad, pero necesita adaptarse a estas nuevas realidades económicas y laborales. Y el movimiento de trabajadores organizados tiene en esto un rol fundamental. Es poco probable que alguna propuesta superadora surja de otro espacio político, por lo que presentar una solución que pueda descomprimir la litigiosidad, ordenar el sistema y anticipar cambios tecnológicos sin sacrificar el principio protector ni liquidar la trama productiva que todavía, aunque a duras penas, existe.
Las quimeras sobre “trabajo opcional” son una forma elegante de renunciar a intervenir en el complejo mundo laboral. La gran reforma laboral argentina fue impulsada por el justicialismo, que supo ver el tiempo histórico. Para recobrar ese protagonismo, debe volver a mirar a quienes trabajan —saber quiénes son y cómo cambió la geografía social de su base— y, desde ahí, actualizar su ética y su mirada sobre el trabajo, si no quiere ver cómo su propia tradición se apaga.


Fuente: Poliedro Data
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