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Make Argentina Colony Again

Tiempo de lectura 3 minutos

@zoncerasabiertas

El gobierno de Estados Unidos formalizó hoy jueves la firma de un convenio marco sobre Comercio e Inversión Recíprocos con Argentina. Se trata, para ir al punto, de un TLC de facto, redactado desde Washington, que Argentina firma desde una posición de completa asimetría estratégica . El pacto Roca-Runciman parece, al lado del presente acuerdo, una gesta patriótica. Milei, en el día del pensamiento nacional, consolida con este documento lo que ya venía insinuando. La intervención del Estado no es un problema cuando este es un Estado extranjero.

Es el punto más alto —hasta ahora— del alineamiento subordinado de la periferia con el centro, un viejo patrón de la historia latinoamericana.
El acuerdo instala un “doble estándar” jurídico y regulatorio. Argentina acepta que productos estadounidenses ingresen bajo normas estadounidenses, sin validación técnica local. En otras palabras: Argentina acepta la equivalencia regulatoria norteamericana; Estados Unidos NO acepta la argentina. El principio básico del derecho internacional —reciprocidad— desaparece.

Respecto de la Propiedad intelectual, el documento avanza sobre los puntos que más preocupaban a la industria farmacéutica argentina: extensión efectiva de patentes, criterios de patentabilidad, alineamiento con estándares ADPIC-plus, cumplimiento en línea. Esta es la agenda histórica de los Múltiples que ahora, bajo el ropaje de la «innovación», encarece medicamentos, consolida oligopolios y destruye capacidades locales.

Por otra parte Estados Unidos se reserva el derecho a usar el acuerdo como “factor de seguridad nacional”. Un párrafo del rincón —pequeño, técnico— es el corazón político: “…podrá tomar en consideración el Acuerdo al emprender acciones comerciales conforme a la Sección 232…”. La Sección 232 permite a EE.UU. bloques bajo importaciones criterios de seguridad nacional. O sea: es un acuerdo donde una parte puede incumplir en nombre de su seguridad, pero la otra no. Más claro: la Argentina queda sometida a una regla que Estados Unidos NO se aplica a sí mismo.

En otro apartado, el acuerdo propone una «convergencia estratégica»: el plan anti-China por vía comercial . El documento dice que Argentina “alineará herramientas” con para combatir el ingreso de China, sin nombrarla. Esto implica: alineamiento en controles de exportaciones, supervisión de inversiones chinas y restricciones en infraestructura crítica.
Esto tiene un precio que el gobierno está dispuesto a pagar: Argentina pierde autonomía para negociar con quien hoy es su primer socio comercial.

En términos de agricultura y alimentos, los norteamericanos logran: acceso pleno para bovinos vivos, acceso para porcinos y aviares, eliminación de denominaciones protegidas, simplificación administrativa, fin de equivalencias sanitarias asimétricas.
Argentina solo obtiene un gesto retórico sobre la soja. Nada de lo que la Mesa de Enlace hubiera pedido históricamente.

Un punto descollante en términos de entrega es el de datos y firmas digitales que implica la cesión del espacio regulatorio más estratégico del siglo. Argentina reconoce a EE.UU. como “jurisdicción adecuada” para el flujo de datos personales.
Esto implica: traslado de soberanía digital; marco jurídico pensado para Big Tech; Imposibilidad futura de plataformas regulares. Además, Argentina acepta firmas electrónicas “válidas bajo ley estadounidense”. Eso sí que no se había visto jamás. Ni Menem se animó a tanto.

Por el lado de inversión y minerales, Estados Unidos declara “cooperación en minerales críticos”. Traducción: Argentina se compromete a no permitir que China ni ningún otro actor tenga preeminencia en litio y cobre. Eso sí, no hay ningún compromiso concreto de inversión estadounidense.

Trump obtiene la sumisión absoltura de un socio dócil. Un triunfo diplomático en el hemisferio. Un mensaje a China. Una plataforma para las Big Tech, farmacéuticas y automotrices.
Milei obtiene otro Certificado ideológico. Un respaldo discursivo en el momento en que su proyecto interno está erosionado.
¿Qué gobierno firma un acuerdo de “reciprocidad” donde todas las obligaciones recaen sobre él y todas las prerrogativas recaen sobre la otra parte?
Veremos los frutos del arbol aceleradamente. Los riesgos tangibles de confundir ideología con geopolítica, porque los países más poderosos del mundo no tienen amigos sino intereses.

Prepárese, lector, para ver la procesión de rostros y escuchar el diluvio de las voces más inesperadas hablando, durante los próximos meses: o de las bondades del acuerdo por el lado del círculo rojo, o de la «inevitabilidad» del mismo y las «culpas del peronismo» en este punto por el lado de los jóvenes periodistas y comunicadores del progresismo culposo.

 

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