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Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas
“Soy un perro cristiano y me voy a aferrar al cristianismo hasta la muerte; aunque la muerte no existe. Yo soy un reencarnacionista.”
R.I.
Ricardo fue un amigo que nunca pude conocer en persona. El perro cristiano que ningún bienpensante podía domar. Que derrapaba casi en la misma medida en que iluminaba. Que tenía una tremenda profundidad en el decir, aún para cerrar la oración con una puteada. Todo al mismo tiempo.
Ricardo educó a muchos de mi generación en el arte de conectar con esa emoción que uno siente de ser argentino. A mi también. Por eso identifico ese sentimiento cuando escucho sus canciones. Y pienso que si esa era su misión como artista, lo ha logrado.
“No es lo mismo el folklore de los Hermanos Ávalos que el de Jose Larralde, y eso siempre lo intenté expresar”, dijo en 1997. Ricardo fue la persistencia por vincularse espiritualmente con “eso” que tiene lo autóctono: en una canción, en la prosa de Macedonio o de Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte). Toda su obra es exactamente eso. Un camino hacia lo nacional relatado por un poeta que fue también un educador.
Desde su partida muchos nos sentimos más solos. Lo genuino es escaso. Muy escaso.
Con él se fue un gran argentino que, por lo menos a mi, me dejó muchísimo más de lo que él mismo hubiese imaginado.



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