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Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas
Que el presidente no está bien de salud mental no es ninguna novedad. Tampoco lo es lo que pasa cada vez que un dirigente o comunicador en remojo sale a señalarlo para «capitalizar» la conversación digital: la desgracia le sale más barata a Milei.
Las aventuras psíquicas del golem, sus costados bizarros y su verbalidad de adolescente resentido solo alimentan el depósito de pirotecnia ideológica para la clase media politizada. Una industria que circula en un segmento centrífugo e intenso, pero muy limitado e inofensivo. Por eso, ante el ruido de redes y el comentarismo generalizado el silencio puede ser un milagro; uno que ilumine mejor los saltos del golem a la pileta del error. Sus desopilantes andanzas mediáticas y digitales no necesitan comentarios; el boleto no se pica por eso, sino por el bolsillo.
Es que quien llega a fin de mes contando monedas no necesita que nadie le explique nada. Tomando los últimos sondeos más o menos serios puede observarse que 6 de cada 10 encuestados pretenden un cambio de rumbo. El punto es que si los dirigentes zombieficados salen del sarcófago antes de tiempo obstruyen lo que su ausencia táctica de la conversación garantizaría: que lo principal bajo el reflector sea el malestar acelerado por los precios de la góndola, las tarifas, y la sangría del poder de compra.
Tales emergencias no son arbitrarias. La política profesional peronista, aun exhibiendo una ferviente intención de mostrarse al tanto de la realidad, no termina de admitir su ceguera. Incapaz de superar los espejismos del microclima, la dirigencia se repliega entre pasillos, asesores, consultores, funcionarios y allegados de ocasión. Su sostén descansa en una multitud que, bajo precarias y diversas relaciones laborales, se ha entregado a la sola especulación de ocupar un cargo público sin definir su sentido ni su función.En las napas de toda esta estructura están capas y capas de militancias que pasaron de burbujear entusiasmo a depender, en el mejor de los casos, de contratos precarios y naufragan en ilusiones perdidas. Derrames de la política onlyfans.
Hablarle a la sociedad y no al microclima es la primera regla de cualquier aspirante a candidato, y en esta última etapa muy pocos la cumplieron. Conviene recordar lo que hizo CFK hace no tantos años, cuando eligió el «silencio activo» frente a la hemorragia del gobierno de Macri. Este apego al principio de economía de fuerzas le dejó dos cosas. La primera: conservó, y en algunos distritos hizo crecer, su caudal electoral en Buenos Aires, con sus 14 millones de electores, mientras otros candidatos vocacionales quedaban muy, pero muy lejos. La segunda: confirmó el viejo principio de que para saber cómo es el rengo hay que dejarlo caminar. Milei camina. Lo que ya no se ve es a nadie dispuesto a prestarle el andador.
Sin embargo, como venimos diciendo hace tiempo en este espacio, la caída de la imagen de Milei no puede ser el árbol que nos tape el bosque. Las proyecciones que miden la insatisfacción por sectores esconden lo más hondo: no crece sólo el rechazo a las políticas del gobierno. Crece el rechazo a la política como oficio y como actividad.
Con un ausentismo electoral que probablemente marcará otro récord, el trabajo silencioso para garantizar el uso de la maquinaria territorial será importante. Por lo menos, más que dar vueltas por los streamings y canales de TV sobrediagnosticando al presidente.
Hay una mayoría argentina que no encuentra qué trole hay tomar, y está demasiado atenta a su día a día como para preocuparse por la salud mental de Javier Gerardo, cuando está tratando de sostener la propia.

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