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Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas
¿Cómo se recompone una fuerza política que, mientras busca candidato para mañana, todavía no terminó de entender por qué perdió ayer? La pregunta llega con otra campaña acercándose, con el calendario empujando y con un hecho consumado que vuelve todo menos normal: una de las principales referencias del campo opositor sigue siendo, para buena parte de la sociedad, una dirigente presa y proscripta.
Persisten, así, los síntomas de una transición inconclusa. El kirchnerismo —que excede largamente los límites de la organización conducida por Máximo Kirchner— sigue movilizando adhesiones y rechazos sin lograr, por sí mismo, articular un proyecto de futuro; pero sus alternativas tampoco consiguen encarnar algo verdaderamente distinto, consistente y viable. En esa intersección aparecen los muchachos postkirchneristas (de los que nos ocupamos antes): la expresión ansiosa de ese vacío, convencida de que la impugnación estética de un ciclo o su disección crítica constante equivale a haberlo superado políticamente. Muchachos que no habitan solo en las orillas del peronismo: también prosperan en ciertos pliegues del círculo rojo, donde se cuestionan las formas, los modales y la cosmética del oficialismo sin tocar nunca su arquitectura material.
Por eso, vale la pena recordar que el kirchnerismo, mirado como proceso histórico y social —y no como una mera estética de época— devuelve en el espejo del peronismo una verdad que kirchneristas y no kirchneristas deberían aceptar de una vez: no se gobierna la misma sociedad dos veces.
En ese sentido, CFK, además de funcionar como chivo expiatorio preferido de un movimiento macho cuyas alternativas a ella siguen careciendo de vigor, ocupa, aun con su libertad restringida, un lugar clave. En una época de amateurismo crónico —donde la política se confunde con una farsa, o con su consumo cultural vía streamings, y donde la destrucción del Estado se celebra como virtud— su experiencia vuelve a adquirir valor. No porque sea portadora de una clarividencia estratégica, sino porque sigue siendo la dirigente con mayor capacidad para ordenar el discurso disperso de un peronismo errático en sus lecturas del presente. Leer el contexto desde esta perspectiva evita el desgaste psíquico de quienes todavía se sorprenden por el desfile de dirigentes que pasa por San José 1111.
Puede que CFK ya no active las pasiones de las mayorías o que haya equivocado el rumbo. Pero sostener, como se ha vuelto costumbre, que su sola presencia explica el atasco del peronismo sería una simplificación demasiado piadosa para el resto. Sin nuevos cantantes, las distintas tribus siguen orbitando alrededor de la expresidenta, única figura que todavía encarna algo parecido al liderazgo político. La centralidad simbólica de Cristina se volvió, así, la estación terminal de una renovación que no llega: menos por cálculo de ella que por pereza, impotencia o falta de imaginación de una dirigencia acostumbrada a hacer política con cuerpo ajeno. “Animémonos y vayan”, decía Jauretche.
Su drama personal, lo que sus opositores declaman sobre su condición de “presa VIP”, su “relato judicial”: todo eso opera también como una especie de habitación sellada donde el resto del peronismo se ha detenido a esperar. Como si la proscripción a su figura hubiese evidenciado que todo lo que venía debajo hubiese evidenciado un desierto.
A pesar de estas dificultades del gigante invertebrado, de ahí no se desprende, ni lógica ni políticamente, que la solución consista en amputarse el kirchnerismo para “salvar al peronismo”. Ensanchar el perímetro de una coalición no marida bien con extirpar de un plumazo el último proceso político que todavía conserva gravitación real dentro del campo propio.
La pulsión por imaginar a CFK encerrada hasta el fin de los tiempos desconoce que la historia argentina tiene sus propios ritmos pendulares y sus propias recaídas. En eso, curiosamente, los muchachos postkirchneristas comparten algo con Milei: el culto al puro presente. El sonambulismo lúcido de una época de negaciones. Porque, en rigor, solo dos tipos humanos podrían afirmar con tanta certeza una escena semejante: el ignorante y quien la desea. Y en el caso del Presidente, más que diagnóstico parece voluntad.
Pero el problema no termina ahí. Esa fantasía de clausura también funciona como coartada para no discutir otra cosa: la estrechez del propio peronismo. No se trata solo de Cristina. Buena parte de los liderazgos peronistas padecen , en general, de una falta de apertura flagrante. Por la sencilla razón de que también cargan, en su orientación táctica, con anillos de progresismo bienpensante que siguen leyendo a figuras como Miguel Pichetto o Martín Llaryora como si fuesen el mal encarnado. Mientras ese reflejo de secta esclarecida no ceda ante una lógica más ancha de frente nacional, toda renovación seguirá chocando contra su propio techo.
En este marco, creemos que el presente terrible tiene una virtud: vuelve secundarias diferencias que ayer parecían irreconciliables. Incluso los hijos más rebeldes han vuelto a la casita de los viejos. Parecen haberse disipado, aunque sea momentáneamente, los resquemores por los terrenos de la abuela o por el color de las cortinas. Se abre paso, una vez más, el motor que desde hace siete décadas mantiene latiendo al peronismo: no, no son los consensos programáticos, sino el instinto de supervivencia.
Parece que “afuera” el mundo es más hostil de lo que parecía.
Derecho al futuro
Buena parte del peronismo no axelista —que es mucho— empieza a rodear la manzana de una eventual candidatura presidencial de Axel Kicillof. En la provincia que el peronismo necesita arrasar para seguir siendo competitivo a nivel nacional, el gobernador corre el riesgo de volver a su posición más conocida: ser algodón entre dos cristales y, con eso, diluirse otra vez como candidato presidencial.
Ya el año pasado hablaba de fortalecer un “escudo”, mientras otros querían discutir quién portaría la espada. Esa armonía imposible lo volvió blanco fácil de una interna que sigue confundiendo polarización con rumbo. Para los politizados, Axel puede ser el líder; para el resto, todavía no. En el peronismo de hoy, tener el óleo de Samuel significa primero sobrevivir al puente chino de «la compañerada». Un repertorio de internismos (que en en el axelismo también abundan), exámenes de identidad y pruebas de pureza; recién después, erizar la piel de suficientes personas como para que el liderazgo no dependa de la paciencia interna sino de una demanda política real. Axel, por ahora, parece no poder —o no querer— dar ese salto. Pero ha sabido ejercer el rol del buen tiempista, de modo que su futuro todavía está abierto.
Además, el problema no se desarrolla en condiciones normales. No es lo mismo construir una jefatura nueva cuando la referencia anterior se retiró o se agotó, que hacerlo con la principal figura opositora del espacio presa, proscripta y todavía activa como organizadora de sentido. Esa anomalía vuelve más difícil cualquier operación de sucesión: el candidato no solo debe demostrar que puede conducir, sino también que su legitimidad no parezca ni prestada ni usurpada.
Y como si ese equilibrio ya no fuera lo bastante tensional, el tablero bonaerense insinúa otras graviticaciones posibles. Massa, con una última bala en el tambor, también merodea como recordatorio de que la Buenos Aires no puede quedar reducida a la novela de formación del axelismo.
A esa lista se suman los intendentes. En un clima de apatía, la representatividad de los liderazgos municipales sigue siendo el último bastión relativamente sano del vínculo entre ciudadanía y política. No es poco. Desde ese punto de vista, no resulta descabellado que una parte del peronismo bonaerense empiece a pensar que de esa familia debería salir el próximo candidato a gobernador.
Perdonadores y perdonados
La unidad que hoy necesita el peronismo no será una fila prolija de obedientes. Un frente nacional solo puede tener forma poliédrica e irregular, un mismo cuerpo, pero con matices, tensiones y contradicciones.
Eso ya se ve en movimiento. Desde Guillermo Moreno hasta Juan Manuel Olmos, hay una vocación de construir puentes entre dirigentes que antes no podían ni tomar un café; armadores que vienen ensanchando el perímetro de lo aceptable para acercar al hogar a esos peronistas “perdonables” de los que habla Jorge Asís. El desafío no es borrar diferencias, sino darles cohesión. Mirar la experiencia brasilera en este sentido es fundamental.
Esa recomposición parpadea en la rosca parlamentaria. En Diputados, Guillermo Michel y Victoria Tolosa Paz ensayan una agenda propia dentro de Unión por la Patria, con Miguel Ángel Pichetto orbitando como socio externo y puente con otros sectores.
Todavía no es una corriente política definida, pero sí un indicio de que el peronismo empieza a reacomodar sus líneas de flotación.
Hasta ahora, una barrera invisible pero densa separó el argumento de la persuasión. Cualquiera que hablara en nombre «del peronismo» tenía casi vedada la posibilidad de «tener razón». Pero eso puede cambiar si la economía sigue empecinándose en hacerle el juego a los kukas.
Sacrificio não tem fim
No es nuevo. El peronismo espera el declive de Milei como espera, durante cada elección, “los votos de La Matanza”. Nosotros mismos hemos calificado —el tiempo dirá si demasiado temprano o no— al proyecto libertario como una revolución precoz desde sus inicios. La reforma macroeconómica profunda para el derrame —“controlar la economía”— y la intervención social para contener la protesta —“controlar la calle”— no se están materializando de modo sincronizado. Milei, a diferencia de Macri, para quien Menem es un tío exitoso pero “grasa”, quiso y quiere parecerse al riojano, pero hasta ahora luce más como una criatura moldeada por la crisis que como un conductor capaz de domesticarla.
“Se pierden empleos, pero se van a crear nuevos puestos en otros sectores”, dice el golem libertario. Sin embargo, esa noción optimista de que la simple pérdida de empleos libera y reasigna recursos de manera automática hacia sectores más dinámicos —la vieja confianza en una destrucción creativa que siempre llega en el momento justo— choca de frente con la evidencia actual. La destrucción de empleos genera una caída inmediata de la demanda agregada, deprime la inversión y desalienta la creación de nuevos puestos; al mismo tiempo, el mercado sufre un severo desajuste de habilidades, ya que los trabajadores despedidos no se convierten instantáneamente en profesionales de industrias emergentes. Además, la supuesta dinamización termina traduciéndose en la foto que estamos viendo hoy: empleos precarios y mal pagos, más desigualdad y menor productividad a largo plazo.
Ese deterioro también aparece en la estructura territorial de la economía. Entre enero de 2023 y noviembre de 2025 el empleo privado formal cayó en casi todas las provincias del país, y el número de empresas retrocedió en la amplia mayoría de las jurisdicciones. Las excepciones son escasas y no cambian el cuadro general. Lo que aparece no es una reconversión virtuosa sino una retracción extendida de la base material sobre la que después se pretende montar cualquier relato de modernización.
Pero el fenómeno más profundo no termina ahí. La caída del salario no solo castiga el bolsillo individual: reorganiza el reparto del ingreso en favor de otros sectores. Desde la asunción de Milei se produjo una transferencia regresiva de 71,2 billones de pesos constantes vinculada al derrumbe del costo salarial. Solo del bolsillo de los asalariados salieron 51,8 billones; a eso se suman pérdidas para la seguridad social, las obras sociales y el sistema sindical. La motosierra no recorta solamente ingresos, sino que debilita también las mediaciones, instituciones y soportes que organizan la protección social.
Esa transferencia tiene, además, un correlato muy concreto en la vida cotidiana. Los salarios públicos y privados van en picada. Las jubilaciones medias tienen un poder de compra 24% menor al de 2023, con una pérdida promedio de 5,4 millones de pesos por jubilado; entre quienes cobran la mínima, la caída llega al 29% y equivale a siete jubilaciones de 2023.
Pareciera que ningún sacrificio alcanza para clausurar el problema argentino por excelencia. La inflación de enero fue de 2,9%, el registro mensual más alto en nueve meses. La curva que había logrado moderarse desde el pico de marzo empezó primero a frenarse y luego a invertirse. Debajo de la épica de la motosierra y del relato de la estabilización, reaparece la vieja sospecha: que el sacrificio no termina nunca.
Excepto por el respirador artificial financiero del señor naranja, Milei parece haber liquidado demasiado rápido su stock de antagonistas y de escenas. Ya hizo de la batalla cultural un decorado, ya repartió apodos, ya convirtió a casi todos sus enemigos en estampitas de una guerra que empieza a repetirse. Quizás lo de Adorni tenga algo de eso: como esos arqueros que salen confiados hasta mitad de cancha porque sienten que el partido está ganado, hasta que alguien se anima desde lejos y les clava un zapatazo imposible.
Este escándalo permite observar una dinámica al interior de un círculo de poder donde el gobierno dejó demasiados heridos. El hecho generó ruido en la conversación pública, pero conviene ser prudentes antes de convertir ese ruido en un indicador social concluyente. No hay registros empíricos robustos que permitan afirmar que haya provocado una indignación mayoritaria; lo que circula son estudios de consultoras dedicadas a monitorear la conversación digital, instrumentos útiles pero de rigurosidad metodológica discutible cuando se los toma como termómetro social. Aun así, el episodio deja una señal interesante: impactó en ciertos sectores y, sobre todo, produjo una reacción inusualmente homogénea en el ecosistema mediático. Desde C5N hasta TN, pasando por Canal 13, Telefe y otros grandes actores del sistema informativo, las coberturas coincidieron en un tono marcadamente crítico con el gobierno.
Castificado
Hay otro síntoma de debilidad que no pasa por los números sino por la arquitectura del poder. El outsider que venía a incendiar el sistema empieza a buscar refugio en él. Ya no le alcanza la épica del infantilismo del que se hace gala cuando, como buen wokista libertario, elige confrontar con influencers y streamers en la superficialidad digital. Se agotó la fábula del león solo contra la casta, ahora necesita operadores, jueces, mediaciones, cobertura. Las causas Libra y Andis le comen los talones.
Esa misma indigencia estratégica se ve en política internacional. Claro, el alineamiento sin reservas con Estados Unidos e Israel no exige demasiado talento de estadista; es, en el fondo, el consejo que le darían a cualquier presidente sin espesor, la variante menos compleja de todas. Ir a Washington y Tel Aviv, sobreactuar alegría y fanatismo por las ideas de los nuevos jefes y llamar a eso política exterior. La pose «occidental» es el mascarón de proa para entregar recursos, firmar lo que le pongan adelante y convertir la subordinación en una doctrina de gobierno. El volcánico contexto mundial lo es todo, y convierte al presidente en un verdadero chimpancé con navaja.
El mileísmo, que debutó prometiendo dinamitar la política profesional, empieza a entregarle zonas sensibles del Estado a los profesionales. No es una anomalía moral, sino una señal política de un experimento que pecó de puritanismo amateur y ahora empieza a pactar impunidad con aquello mismo que juró destruir. En este estado de cosas, muchos analistas sostienen que Milei “necesita” subir al cuadrilátero al kirchnerismo, con la expectativa de reactivar el fantasma del regreso al pasado como defensa de su propia gestión.
En este punto, creemos que confundir el uso instrumental que Milei hace del kirchnerismo con una receta para el peronismo implica comprarle al adversario tanto el diagnóstico como el tratamiento. Que el oficialismo, como insiste Carlos Pagni, necesite agitar el fantasma del kirchnerismo para cohesionar su propia y destartalada coalición no prueba, de ninguna manera, que el peronismo deba amputar esa parte de su historia para volverse competitivo. El salto analítico consiste en pasar de describir una estrategia oficialista a prescribir una cirugía opositora. Confunde, en otras palabras, la utilización que el adversario hace de un antagonista con una hoja de ruta para el campo propio. Pretender que el peronismo resuelva su problema extirpándose el kirchnerismo es tan ineficaz como recomendar cortarse el brazo para aliviar una picazón en el codo. Suponer que la salida pasa por desperonizar al peronismo en nombre de una supuesta sensatez de época no reviste ninguna audacia. Consumos problemáticos de anti kirchnerismo que nublan la comprensión.
Ahí es donde la discusión deja de ser quién hereda y pasa a ser con qué andamiaje político, territorial y social se gobierna lo que viene. Porque si el peronismo logra aprovechar ese deterioro, no va a heredar una mesa servida sino un tendal de problemas: deterioro productivo, fragilidad social, salario demolido, jubilaciones saqueadas, recaudación agujereada y un Estado reducido en su capacidad de acción. La unidad, entonces, debiera servir no tanto para acelerar trámites de jubilaciones políticas, sino para asumir que no sobra nadie si de verdad se quiere construir una alternativa capaz de caminar sobre estas ruinas.
El peronismo no enfrenta a un loco suelto, sino a una coalición; y, por lo tanto, solo puede derrotarla construyendo otra. La de Milei no se sostiene únicamente en su extravagancia personal ni en la sobreactuación de la batalla cultural, sino en una mezcla bastante más densa de exitismo social, antiperonismo persistente y una esperanza todavía activa —aunque cada vez más fatigada— de que el sacrificio presente termine abriendo la puerta de “otra Argentina”. El problema es que esa promesa empieza a agrietarse: como venimos diciendo, el sacrificio parece no terminar nunca. Pero aun así conviene no confundirse. Derrotar a Milei en las urnas no equivale a derrotar la época que lo volvió posible. Por eso la coalición que se le oponga no puede nacer apenas del espanto dirigencial o del rejunte táctico, sino de una lectura honesta lo que se mueve abajo.
Solo así puede surgir algo mínimamente potable en la superestructura dirigencial.
PH de portada: Reuters









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