Perón

Perón: legado para ideologistas

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Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas

Es el año 1972 y el CTP (Comando Tecnológico Peronista) publica en el semanario Primera Plana un texto llamado “Documento de Información Doctrinaria para la Juventud”. Allí se alerta sobre las deficiencias más comunes que se deben superarse en el campo orgánico-metodológico. Y señala:

36.— Ideologismo: Es el error de pretender ver con una ideología, correspondiente a otra realidad, la propia situación histórica. Como tal, tiende a cristalizar las formas de lucha dentro del movimiento de masas por importación o por impostación de modelos.

37.— La utilización de modelos errados, o variantes orgánico-metodológicas independientes de la propia trayectoria y experiencia de conjunto, es la consecuencia de la falta de conciencia en la perspectiva del tiempo, y la causa de la impotencia para actuar dialécticamente en el curso mismo del proceso.

38.— La consecuencia de esta desconexión con el grueso del movimiento, lleva al tremendismo verbalista, a la apelación al eticismo, o a la contraposición de las figuras centrales e inseparables de nuestro movimiento.

Salvando las enormes distancias entre épocas, podemos señalar que los huracanados vientos de los ideologismos siguen soplando de manera más o menos crónica, pero ya no exclusivamente en “la juventud”, y en un contexto que amplifica sus efectos nocivos.

El cambio de patrón de acumulación inaugurado por la dictadura cívico militar; las crisis de deuda; el crujir de la sociedad salarial; los años del consenso de Washington que estacionaron al menemismo; la individuación creciente y la desindustrialización. Es en esos fermentos donde pueden rastrearse los pliegues erosionados de la actualidad.

El propio mundo del trabajo, que edificó la identidad del peronismo, es otro mundo.

La precariedad dejó de ser una excepción para exoandirse bajo formatos diversos: monotributo, plataformas, empleos temporarios, pequeños emprendimientos. La fragmentación distorsionó la potencial  correspondencia entre posición en el mundo del trabajo e identidad política.

El trabajador de los cuadros de Carpani, típico de la liturgia peronista, se estrella contra la sociología real de una matriz social transformada. Esta es la alfombra por la que, desde hace décadas, camina otro tipo de conflictividad, más dispersa, inorgánica y difícil de conducir.

En un mar de changas, rebusques e informalidad, el obrero industrial clásico  ya no es mayoría ni en China, «el taller global». En el actual capitalismo de descarte, existe un nuevo «tipo común» difícil de cartografiar con la escuadra y el compás clásico de las ciencias sociales. No es pobre estructural ni élite económica. Trabajó en empleos más o menos estables, a los que nunca pudo volver. Tiene una relación compleja con el Estado, pero no organiza su identidad política a su alrededor. Paga impuestos y manda a los pibes a la escuela. Se endeuda crónicamente, se da algún gustito cuando puede, se vuelve a endeudar, y a pesar del esfuerzo convive con la caída de su propio estándar de vida. Es ese argentino de zona híbrida, con un pie adentro y otro afuera del plato, sobre cuya idea de justicia, seguridad y futuro se definen muchas cosas, por ejemplo las elecciones. Es a ese argentino al que ninguna fuerza política en general pero el peronismo en particular no ha sabido nombrar ni organizar.

En este presente complejo, con un occidente en plena decadencia y el nihilismo como su síntoma transversal, como su “náusea”, la obra de Juan Perón se presenta como una alternativa propia y original para despabilar un músculo mental que parece no recuperarse de un prolongado letargo.

El ideologismo es el uso deportivo y degradado de la ideología. El arma de riña entre facciones. En un clima de polarización como el actual, el saldo del ideologismo es una prevalencia absoluta de lo declamativo e identitario. Un festival de impostaciones donde lo que se gana en intensidad hacia adentro se paga en distancia hacia afuera. Cada espacio se habla y se repliega sobre sí mismo; se aplaude, se valida, se vigila. Mientras tanto, «el afuera» de la política no para de crecer y de romper puentes con la burbuja de dirigentes y militantes, que de a poco se van quedando sin sociedad.

¿Cómo pensar la Argentina en un partido de sordos cuya falsa y sobreactuada antítesis es hoy progresismo vs antiprogresismo?. ¿Cómo atravesar las mudanzas de los fangosos tiempos que vivimos sin esa “sólida verdad en la que creer” a la que aludía el padre del movimiento?.

Peron creía que la filosofía tenía por misión educar al hombre en su dignidad, que es un concepto bien amplio en su obra, un componente de sentido para vivir. Pensaba que ningún movimiento político importante del mundo podía prescindir de principios axiomáticos y doctrinarios. 

Cuenta Claudia Peiró en Infobae que Carlos “Chango” Funes, autor de Perón y la guerra sucia, un libro ineludible sobre el breve tercer gobierno del General, sostiene que uno de los motivos del desencuentro de los cuadros juveniles con Perón fue su escasa formación “justicialista”. Y agrega: “El prejuicio academicista y la censura antiperonista habían privado a toda una generación de estudiantes universitarios, políticos y militares, de un acceso sistemático a la doctrina justicialista (…) Los exponentes de una y otra corriente [liberales y marxistas] coincidían en descalificar al justicialismo ‘como materia no digna de estudio’”.

 

Sin embargo, y a contramano del bachillerismo digital del presente, el peronismo no se trata de una cuestión profesoril desprovista de lo vivencial. Sino más bien todo lo contrario. Educar en el pensamiento para la acción fue su gran obstinación pedagógica. La obsesión del General como docente era “poner a trabajar el criterio” de los cuadros. Es así como aparece “Conducción política” que recoge  las clases que dictó en la Escuela Superior Peronista, en pleno ejercicio de su primera presidencia.   

Sin embargo, si existe una dimensión tangible del peronismo se la puede rastrear en  los vectores doctrinarios asociados a las prácticas concretas de su fundador. Perón no sólo “la veía”, la “hacía”. Por eso podemos hablar de la obra de Perón como mensaje realizado.

Desde los orígenes del pensamiento doctrinario de Perón, todas sus ideas estaban necesariamente elaboradas y supeditadas a la acción concreta. Tal es así, que busca darle consistencia a la constitución de 1949, legitimándola con un congreso de filosofía que se va a realizar en Mendoza, cuyos lineamientos serán la base de “La comunidad organizada”. Como texto, esta obra en la que colabora fuertemente Carlos Astrada, es producto de aquel discurso de clausura de Perón. El General tenía una metodología de síntesis, por lo cual, prefería hablar al final. 

Aquel congreso contó con importantes figuras de la filosofía a nivel mundial como Hans Georg Gadamer, José Vasconcelos, Benedetto Crocce, Karl Jaspers, Bertrand Russell, Juan Pichón Riviére, Rodolfo Mondolfo, entre otros. A ellos, el líder justicialista no va a mencionarles lo que está “pensando”, sino lo que está haciendo con  lo que pensó. En este sentido el filósofo argentino Armando Poratti sostenía que los textos de Perón no son nunca meros textos, sino momentos de una acción. 

En esta obra Perón no rechaza en bloque a la modernidad. No rechaza la técnica por ejemplo, sino que propone un desarrollo tecnológico que esté acorde con un correspondiente desarrollo espiritual. Y razona que la modernidad capitalista no ha dado lugar a esto. La ideología del progreso técnico afecta la dimensión humana integralmente, haciéndola vagabundear, o por el extremo ingenuo y melancólico de volver a la edad media, y por su opuesto de  afirmar un presente sin raíces. La náusea nihilista, el vacío, es lo que los extremos tienen en común. 

Por sobre estos dos extremos se erige la tercera posición, donde el verdadero sujeto político es la comunidad. La comunidad se articula por las organizaciones libres del pueblo, que son PREEXISTENTES AL ESTADO. Es en este sentido en el que la tercera posición no es pasiva o “neutral”. Es una posición de lucha contra los extremos, por eso el concepto clave en el pensamiento justicialista es la armonía, una armonía que es un resultado de la conducción de lo heterogéneo.

En su obra nodal, explica filosóficamente por qué el pensamiento justicialista, para ser auténtico, debe tomar distancia de lo que denomina “la tesis del pesimismo”, compartida tanto por el egoísmo liberal como por el materialismo marxista:

“Hegel convertirá en Dios al Estado. De allí derivará la traslación posterior: el materialismo conducirá al marxismo, y el idealismo ya no se acentúa sobre el hombre sino el endiosamiento del Estado con su consecuencia necesaria, la insectificación del individuo.

(…) El individuo está sometido ambos casos a un destino histórico a través del Estado, al que pertenece. Los marxistas lo convertirán a su vez en una pieza, sin paisajes ni techo celeste, de una comunidad tiranizada donde todo ha desaparecido bajo la mampostería.” 

(…) Lo que en ambas formas se hace patente es la anulación del hombre como tal, su desaparición progresiva frente al aparato externo del progreso, el Estado fáustico o la comunidad mecanizada. (…) El individuo hegeliano, que cree poseer fines propios, vive en estado de ilusión, pues sólo sirve a los fines del Estado. En los seguidores de Marx esos fines son más oscuros…(…) El individuo marxista sólo  vive para una esencia privilegiada de la comunidad y no en ella ni con ella. El individuo marxista es, por necesidad, una abdicación.””


El problema es que nuestra  actual cultura política, atravesada por el narcisismo y la dopamina del like,  nos presenta limitantes al punto de que el arte del hacer, se ha transformado en el arte del decir. La disciplina olímpica del “empezar a verla” hace que el problema de los politizados no sea la carencia de comentarios, sino la abundancia. 

La nueva generación de políticos -por lo menos los que cuentan con mayor exposición pública hoy- es una generación de comentaristas y o exegetas sin imaginación política. Porque ante una realidad cada vez más adversa y difícil de transformar se fue ponderando cada vez más la capacidad de análisis de un político, por encima de su capacidad transformadora. 

Así es que proliferan muchos castillos de lucidez desde se  invita a “entender”, a “estudiar” al peronismo. Se plantea que para avanzar políticamente solo se trata de “saber”. De “leer a Perón”. El peronismo sería, en esta forma de pensarlo, una dimensión del campo del conocimiento. Un tema del saber positivo. Degradado ya a un consumo meramente estético.

Es por eso que el gigante invertebrado va perdiendo sustancia y se ha ido transformando, para una mayoría de la sociedad argentina, o bien en algo oscuro y ajeno, o bien en un empalagoso conjunto de  ritualismos que se fueron vaciando de sentido;  liturgias desde donde se declama una identidad errante y melancólica. Una foto en blanco y negro en la que está sociedad no salió.  Tributarle al pueblo embalsamado que se desea y no al que tiene explica que los fantasmas del peronismo no sean los del pueblo.  La falsa idea de que el peronismo está donde están los símbolos que le dieron origen.

El álbum peronista está lleno de estampitas y fotos que guarda con celo; casi todas dicen lo mismo: vuelve. Vuelve el conductor a la plaza; vuelve el general con el rugido del avión que la Resistencia imaginaba siempre  inminente. El peronismo se pensó siempre con un ropaje de  retorno, como restitución de un orden o tiempo inconcluso. Como novedosa repetición.

El contexto actual amerita retomar varias preguntas que nos hacíamos en abril de 2023: ¿está en condiciones de interpretar este “espíritu de la época” y volver a “proponer un sueño”?; ¿alcanza con encontrar un liderazgo detrás del cual organizarse?, ¿o debería primero recuperar la brújula para no incurrir en otro extravío a la hora de gobernar, si es que logra hacerlo otra vez?. 

Es un hecho: todos los intentos por desperonizar el país han fracasado. La máxima de Perón acerca de que para que el justicialismo vuelva a gobernar “todo lo harían sus enemigos” viene cumpliéndose a rajatabla. Pero con un desgaste evidente en el acervo de ideas y metodologías a las que el gigante invertebrado echa mano cuando retoma el ejercicio formal del poder. En este marco el de CFK es, hasta hoy, el último liderazgo de un esquema político conurbanizado donde los mariscales son más escasos que los bastones. 

Este interregno, comparable a la Década Infame, debería ser un período de gestación. Así como F.O.R.J.A. tramitó en el plano de las ideas el fin del régimen oligárquico, sentando las bases de lo que vendría después. Es que el 17 de octubre de 1945 no fue una explosión espontánea, sino la culminación de una acumulación silenciosa que le dio expresión política a un sentir social confuso pero indetenible. Un sentir que se tejió desde las entrañas de algo que vivió innominado, que iba más allá de la mera supervivencia y buscaba la posibilidad de vivir mejor, y que ese anhelo era inalcanzable de modo aislado e individual. Hoy la pregunta clave no es cómo volver a ser gobierno, sino para qué quiere el peronismo volver a serlo.

Lo cierto es que la doctrina de aquel general miembro del GOU sigue siendo atractiva para ciertos sectores de la sociedad, pero necesita adaptarse a las nuevas realidades económicas y laborales. Distribuir riqueza , si, pero también pensar en mecanismos para generarla. Defender el rol del Estado, pero encontrando nuevos y mejores argumentos que esa obstinada vocación soviética -no peronista-  donde todo es Estado.  Defender el rol de los sindicatos, pero modernizar las políticas laborales y darles mayor participación programática en el rumbo del país. 

Esa actualización tiene por lo menos cinco nodos. El primero es una perspectiva nacional centrada en el mundo del trabajo, que no se deje contrabandear por el rumeo ideológico del post-trabajo. El segundo, una concepción de Estado que asuma al sector privado como motor de la generación de riqueza y se reserve la conducción estratégica de los objetivos nacionales: ni estatismo ideológico que promete redistribución eterna sobre una base económica menguante, ni gestionismo tecnocrático que administra la decadencia. El tercero, un programa hecho con los problemas reales del país y no con los de los dirigentes. El cuarto, una lectura que metabolice el pasado sin tomarlo como mancha venenosa, porque nadie adhiere por meditaciones metafísicas sino por conveniencia compartida. Y el quinto, una renovación no solo dirigencial sino organizacional apoyada en la sociabilidad realmente existente, en tramas comunitarias que existen y funcionan.

¿Podrá el peronismo volver a bañarse en la fuente de la juventud y empuñar otra vigorosa versión de sí mismo?. Argentina necesitará, después del experimento libertario, de una fuerza capaz de, con una buena dosis de imaginación política, apretar su esfínter para revivirla. 

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