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Perón y la masonería – De puño y letra

Tiempo de lectura 15 minutos

@zoncerasabiertas

El fragmento que se publica a continuación pertenece al libro Yo, Perón , de Enrique Pavón Pereyra, y está transcripto literalmente , sin cortes ni interpretaciones.

Los juicios respecto a la institución de la masonería son tarea quizás de historiadores. Aquí simplemente ponemos la mirada en lo que el propio Perón,  en su biografía, relata con detalle. El episodio que lo vinculó con la logia Propaganda Due, y la forma en que Licio Gelliy Giulio Andreotti —presentados como mediadores— le «devolvieron» el cuerpo de Eva Perón tras años de profanación.

Sin más preámbulo, se transcribe el fragmento completo para que sea el lector el que extraiga su propia mirada del asunto.

 

Cómo y dónde se encontraron los restos de mi Evita.

«El tiempo pasó y fue mucho después, por intermedio de ella (Isabelita) y de José López Rega, que conseguí relacionarme con las únicas personas que no sólo me prometieron recuperar el cadáver de Evita sino que así lo hicieron. Quiso el destino que, paradójicamente, mi última mujer fuese la persona destinada a lograr lo que muchos hombres habían intentado infructuosamente.

Cierto día, dos hombres se acercaron a hablar conmigo . Se presentó como Licio Gelli y Giulio Andreotti. El primero era jefe de la logia internacional conocida como Propaganda Due, la P2. Los mencionados me refirieron que estaban frente a mí porque se habían entrado por intermedio de López Rega, a quien decían conocer casualmente, que yo tenía problemas serios con referencia a la desaparición de los restos de Evita. Me pidieron que por favor les expresara todo lo que sabía acerca del hecho, en forma pormenorizada, que ellos estaban allí y habían venido a escucharme para encontrar una solución que pusiera punto final al dilema.

-Pero, ¿quiénes son en realidad ustedes? -les dije- ¿Qué es lo que finge? —insistí.

-Estamos dispuestos a colaborar para contribuir a una reparación histórica. Los restos de su mujer le pertenecen en primer lugar a usted ya sus deudos. Es usted quien debe resolver qué quiere hacer con ellos.

Tenían ambos una confianza ciega en lo que decían. Parecía que conocían con absoluta certeza el lugar donde moraba Evita.

Todo era demasiado raro.

—Sólo díganos cuánto está dispuesto a esperar, general; nosotros después le diremos si podemos aceptar el reto.

Los miré fijos y me quedé pensando un rato en silencio; poco después afirmó:

—¡Esperé tanto tiempo!

—Díganos, general, por favor, un cálculo más o menos…

-Y bueno —respondí—, esperé tanto que ahora pienso que entre la pesquisa que supongo deberá hacer, el rescate, los trámites burocráticos de traslado y demás papelerío y manoseos desagradables, tendré todavía una demora de alrededor de tres años por lo menos, que en resumidas cuentas poco importan si son invertidos con el objetivo de alcanzar un final feliz.

Gelli y Andreotti se miraron… El primero sonriendo y me dijo:

—Mire general, ni tres años, ni tres meses tardaremos. Yo le prometo —porque a pesar de estar acompañado Gelli hablaba por sí— que en tres días tiene el cadáver de su señora frente a usted en Puerta de Hierro.

—Imposible —les dije.

-General Perón, hoy estoy en condiciones de asegurarle que después de recuperar el cadáver, se acercará hasta aquí la persona que lo tenía en su poder para pedirle disculpas personalmente…

-¿Pero todo esto cuanto me va a salir?

-No se preocupe —me contestó, Más adelante, una vez que estemos en Buenos Aires, arreglaremos.

El cuerpo de Evita se reencontró con nosotros a los tres días de la visita, y, una semana después, en la quinta, recibió a un oficial argentino que decía querer verme para presentarme sus excusas y sus «sinceras condolencias». No acepté que pasara y no quise enterarme de quién se trataba, pero era evidente que ese individuo venía a mí con el único objeto de cumplir una orden. Prefiero negarme.

La historia de Evita y de su deambulación fueron lo suficientemente fuertes como para formar una llama difícil de sanar. En aquel momento, después de tanto tiempo transcurrido, sentí un poco de paz con mi conciencia, y preferí no seguir escarbando la herida, disponiendo que ese oficial se quedara en mi memoria como lo estaba, sin rostro; conocerlo no remediaba nada.

Después del golpe del 55, sentí que había defraudado a la única persona que tal vez me había querido con toda su alma.

Evita había dejado la vida por mí. ¡Tan poco fui yo comparado con ella y, sin embargo, ella se había entregado a mí ya la causa de los desposeídos!

Cuando los salvajes enemigos golpearon sin piedad el ya frágil gobierno del pueblo, y con total impunidad castigaron a mansalva a quienes se resistían, yo pensé en ellos y pensé en mí, y en un momento no supe quién había sido más salvaje. La actitud de haber embalsamado el cuerpo de la más grande mujer que existió en la historia de nuestro pueblo no me libra de semejante juicio. En ese fatídico momento, que fue el indicio del final de toda una época, yo advertí que dejaba vivo tal vez su emblema más significativo. Profané primero el cadáver de mi amada. Yo fui el primero que no demostró una actitud respetuosa por quien había dado todo por servirme. Quiero que estas palabras queden como un ejemplo cabal, como testimonio de que no fui consciente de mi accionar, que su pérdida me extravió el entendimiento.

Pido humildemente perdón a su memoria, y perdón al pueblo también porque supo quererla como ella lo merecía.

Muchas veces reflexionó sobre la obsesión que me persiguió gran parte de mi vida: el rescate de los restos entrañables de mi mujer. (…) admito que una sospecha punzante me acompañó a lo largo de sodo el exilio, el temor de no recuperar los restos de alquien que en sa sacrificio dio la rempuesta que cabla guardar de un ser extraordinario.

Lamentablemente, ese temor se cumplió. Tuve que contemplar a cajón abierto la profanación de esas reliquías, y en algún momento en que amainó mi dolor, recuerdo taberescrito a mi prima, Raquel Perón de Peñalva Torino, estas líneas que nunca hubiera querido redactar:

«Acabo de recibir tu carta del 6 pasado, y te agradezeo el recuerdo y el saludo que retribuyo con mi mayor afecto, con el pedido que también le hagas llegar a tu marido, a Haydel ya

Zalema. En cuanto a la devolución de los restos de Evita, como tú dices, ha sido para nosotros un hecho positivo pero, aunque los gorilas han querido dar un ‘golpe’ con ello todo se le va a venir abajo cuando el Pueblo pueda ver cómo han dejado el cadáver como producto de la profanación y el ensañamiento.

Imagínate que ha estado enterrado en tierra, en un cementerio periférico de Milán después de haber pasado las ‘mil y quinientas’ deambulando en el Vaticano y alrededores de Roma.

Lo que toda esta gente ha buscado ha sido la destrucción de los restos; el Vaticano no sé por qué y los gorilas para evitar que el pueblo mantuviera su mito, pero el tiro les ha salido por la culata. Por un verdadero milagro hemos podido restaurar el cuerpo embalsamado y cubierto por una capa de parafina que en ultimo análisis ha sido lo que ha impedido su destrucción después de estar en la tierra, que pudrió totalmente la madera del cojón y hojalata interior del mismo. Isabelita y las hermanas de Evita que han pasado con nosotros estos días, han trabajado una semana sin descanso, al cabo de la cual creo que lo peor ha sido subsanado.

Verdaderamente, al presenciar estas cosas, uno no puede sino pensar que los marinos y militares que se han prestado para semejantes actos, que no los cometen ya ni los negros del Congo, son individuos que no sólo deshonran a su profesión sino también a su patria, porque ensañarse cobardemente con un cadáver es un acto tan miserable que no merece calificativo humano. Sin embargo, esos mismos miserables, que fueron ca. paces de semejante vileza, quieren ahora que les agradezcamos que nos devuelvan los despojos.

Y todavía creo esos cochinos que yo anhelo vestir el mismo uniforme de los que han sido capaces de semejante hazaña, se pueden guardar su uniforme deshonrado, su título y su grado que a mí no me interesa. Yo no puedo ser camarada de semejantes ejemplares. Me basta y me sobra con ser solamente Perón, y no quiero agregar a mi apellido honesto un título deshonrado ante el pueblo y ante todo el que tenga un poco de dignidad.

Hay un castigo del que jamás se libran los profanadores de cadáveres.»

La última referencia del féretro que contenía presuntamente el cuerpo de Evita se había cortado en 1956. Me resultaba imposible aceptar como veraces las mil historias que me había hecho llegar. De la larga lista de versiones, la que juzgué con mayor grado de veracidad era la que sostenía que el cadáver había sido registrado como María Maggi de Magistris, viuda de mediana edad, que había emigrado a la Argentina, donde falleció, y cuyo cuerpo había sido devuelto a Italia cinco años después de la fecha del deceso.

Al contar con la aprobación manu militari del gobierno ar gentino, el coronel Cabanillas se presentó, con falsos, como Carlos Maggi, hermano de la viuda; y con los buenos oficios de la Propaganda Due, obtuvo la autorización para trasladar el cuerpo de su hermana a España.

El miércoles 2 de septiembre de 1971, un sepulturero, un responsable de la Sanidad de Milán, el padre Rotger y el coronel de Marras, se reunieron junto a la losa de mármol del espacio del jardín. La tumba había cuidado del más mínimo cuidado y era evidente que las monjas que debían ocuparse de ella la habían abandonado por completo. El féretro fue exhumado y su recipiente interior de cinco fue colocado en un nuevo ataúd.

Luego de finalizada la parte formal del trámite y firmada los documentos, un coche fúnebre partió del cementerio conduciendo al supuesto hermano y al ataúd.

Ningún problema se suscitó en el doble cruce de la frontera ítalo-francesa ni en la franco española, merced a la mano maestra de la P2, extendida como un pararrayos sobre la carretera. A treinta kilómetros de Madrid, el vehículo abandonó la ruta para dirigirse, por caminos privados, hacia un punto de la provincia de Madrid: Puerta de Hierro. Se le pidió al conductor italiano que trasladarse el féretro a la furgoneta que allí esperaba, explicándole que su tarea había concluido.

En ese instante, me disponía a abandonar mi chalet «17 de Octubre» rumbo a Benidorm, en compañía de Chabela y un par de conocidos. Nada hacía vislumbrar las siguientes escenas, que no quiero evaluar con ligereza. La película comenzó con la presencia sin aviso de un sacerdote amigo, el mercedario P. Valentín Gómez, y el anuncio de que la representación argentina en España se disponía a tomar contacto con el «General Perón».

Apenas fui impuesto de los alcances de aquella inesperada maniobra por boca de mi ex edecán subido a embajador, Rojas Stiveyra, y el propio Cabanillas, con el estómago acostumbrado a cualquier enjuague desde la época en que ejercía la dirección de los Servicios de Informaciones.

Procuré abreviar el trámite del expolio y sin mayores tapujos fuimos al encuentro de los restos de Evita. Yo mismo rasgué la cutícula de plomo que resguardaba los despojos o, más bien, los profanados despojos de quien no hizo mal a nadie. No advertí, en mi apuro, el evitar los bordes filosos de la sábana de metal y me corté las manos hasta la altura de la muñeca, El P. Valentín acudió con su pañuelo tratando de restañar la herida de donde emanaba incesantemente un hilo de sangre que acabó por teñir de rojo el rostro desvaído de mi fina esposa, Me dijeron los abogados Ventura Mayoral y Michelini que exclamé ante los «veedores»: «Son ustedes unos canallas», y que corté todo trato o cordialidad posible.

Todo cuanto relato tiene testigos de excepción. Y sostendré con la energía que me reste que todo configuró una burda y alevosa maniobra que no merece la menor consideración del mundo civilizado. Desde luego, los restos —que habían estado cubiertos directamente por la tierra— reflejaban la locura de estos bandidos que deshonraron el uniforme militar. Y contra el temperamento del Maestro Pedro Ara, que asumió la responsabilidad absoluta de tornar esta reliquia a su estado original, se me va a permitir recurrir al testimonio irrefutable de un memorándum que explica el ultraje perpetrado:

El cuerpo de Evita presenta un corte alrededor del cuello, filoso, que secciona parcialmente el cuello del tronco. Se comprobó que el cadáver presentaba también las siguientes lesiones:

  1. a) hundimiento y fractura del tabique nasal;
  2. b) golpes en la región frontal de la cabeza y una herida producida por un instrumento filoso;
  3. c) en la región pectoral, cuatro cortes que toman ambos senos de la extinta, con una extensión de 16 centímetros cada uno, con un instrumento con filo;
  4. d) corte en el brazo izquierdo a la altura del húmero, con visualización del colgajo de carne y músculos, por instrumentos con filo;
  5. e) fractura de ambas piernas a la altura de las rodillas.
  6. f) heridas esparcidas por presión, o por un cuerpo pesado, posado sobre ambas extremidades 

 

Todas estas lesiones -sigue explicando el doctor Ventura Mayoral, a través del memorándum— han sido burdamente cubiertas por una capa de cera o parafina, pero son visibles a simple vista del observador. El cadáver, por razones técnicas de embalsamamiento, se encuentra intacto en general, y fue reconocido como tal por el esposo de la extinta. El ataúd que contenía los restos, estaba cubierto por cinco, que hubo que cortar y en el interior del mismo se había colocado abundante cal con el objeto de perjudicar los restos; lo que resultó imposible, por el trámite técnico realizado sobre el cadáver…»

Este estremecedor relato explica el motivo por el cual me negué a mostrar el cadáver de Evita al periodismo.

 

Yo Perón

(….) Por eso la explicación del incidente que recuerda la reaparición de los restos de Evita, también es de índole económica.

Cuando Gelli y Andreotti vinieron a verme a Madrid para ofrecerme los servicios de la logia que comandaban, yo no sabía bien por qué lo hacían, ni cuáles eran sus intereses más profundos. El contacto lo había logrado López, pero después me enteré de que había varios viejos peronistas que conocían la Propaganda Due no sólo de nombre.

Ellos recuperaron el cuerpo de Evita como habían prometido, pero no me cobraron nada. Es más, cuando les preguntaron cuánto me saldría, me contestaron que después hablaríamos en Buenos Aires. Resultó ser que los muy atorrantes especularon con algo que ni siquiera yo sabía que pasaría, ¡imi vuelta a la presidencia! ¡Lógico, una vez en el cargo me pasó la factura!

Pretendieron que la P2 manejara todo el comercio exterior del país. Les contesté:»¡Ni loco pago una deuda personal hipotecando la economía nacional!». Vicente Saadi, que los conoce bien, no me deja mentir. El tuvo siempre un contacto fluido con la lógica y sabe cómo se manejan en todo lo referido a deudas privadas.

Por Saadi me enteré de la exigencia descabellada. Lo miré y le dije: «Saadi, usted que los ve, dígales que lo que piden no es más que una extorsión abusiva. Que están jugando con el sentimiento de una persona que sabía muy bien que el cuerpo de Evita estaba en manos de ellos, porque si no de lo contrario no lo habrían encontrado rápido. Que su actitud no es más que una canallada y que antes de pagar con tamaña desproporción me cortaría las manos. Que si no me dejaría de pedir semejante cosa, los denunciaría ante la opinión pública». Ya se había jugado bastante con el cadáver de Eva; ahora tenían derecho el pueblo y su memoria de descansar en paz, uno sabiendo que recuperaba los restos de un ser querido y la otra, morando en un único lugar, amparada en el reconocimiento que la moral y las costumbres cristianas exigen.

Vicente Saadi me informó que a los miembros de la logia no les gustó mi decisión, que hicieron un juramento de venganza por mi incumplimiento. Nunca les prometí nada, es más, cuando les preguntaron por el costo del procedimiento me afirmaron que hablaríamos más adelante. Así es fácil culpar el incumplimiento a alguien que no se comprometió a nada. Hoy pienso con total honestidad que ellos obraron mal. Si me hubieran dicho el costo antes, quizás hubiera pisado el palito; Era tanta mi desesperación que hubiera dado cualquier cosa. Pero ahora, venir a cobrar un despropósito sin siquiera haberlo insinuado, ya es tarde, ha comenzado una nueva historia en el pueblo argentino, después que organice la política nacional pueden hacer con este viejo lo que quieran. Si es que pueden…

Pedir el manejo del comercio internacional significa pedir el control de las exportaciones. Estamos abocados a la tarea de sacarnos de encima el control monopólico de las grandes compañías internacionales que actúan como verdaderos centros de succión de la riqueza nacional, ¿y les voy a otorgar el beneficio a una logia internacional por deudas privadas? ¿Se imagina qué diría la posteridad de mi persona? ¡No, jamás podría permitirlo!

La historia se termina enterando de todo y al final, la memoria de este viejo luchador quedaría enlodada sin posibilidades de salvación. El político trabaja para la posteridad y para la gente, con la especial característica de que la gente también es la posteridad porque es la memoria colectiva.»

 

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