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Por Sebastián Reniaga
“Yo tenía nueve años, no sabía que iba a escribir. Pero sucedió un mundo imaginario, compensatorio (…) Siempre en toda mi infancia y en la adolescencia me sentí el último orejón del tarro. Entonces inventé un mundo donde yo era poderoso”, confesó alguna vez Alberto Laiseca. El próximo 22 de diciembre se cumplirán diez años de su partida, pero el “Maestro Lai”, el autor de “Los sorias”, la novela más extensa de la literatura nacional, no pierde vigencia, todo lo contrario: su nombre se expande y su figura se robustece en la escena de la cultura nacional. En septiembre del año pasado, se inauguró en la Biblioteca Nacional “Laiseca: el iniciado”, una muestra que recorre su vida y obra, y, casi en simultáneo, cinco de sus discípulos, entre los que se encuentra la consagrada Selva Almada, publicaron “Chanchín, Laiseca, el maestro. Un retrato íntimo”, un libro “polifónico” que rescata testimonios y entrevistas para construir “una biografía inicial”, de un personaje único, que entrelaza su turbulenta infancia con sus últimos días en un geriátrico.
Laiseca, el Iniciado
“Cuando esa mañana Personaje Iseka abrió los ojos, lo primero que vio fue un Soria”. Así comienza la novela más larga de la literatura argentina, Los sorias (1998). Única por su contenido y originalidad. Alberto Laiseca tardó diez años en escribirla y dieciséis en publicarla. Esa persistencia y obsesión sólo pueden ser explicadas por el genio que imbuía el libro y su creación”.
Desde el año pasado, en la Sala Juan L. Ortiz de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno se respira un aire inquietante, una atmósfera sobrenatural. Allí se encuentra abierta al público la exposición “Laiseca, el Iniciado”, que propone un recorrido por la vida del escritor a partir de los tres momentos de la iniciación esotérica: el deseo, la perseverancia y el dominio. Así, a través de paneles y biombos color rojo tierra y verde olivo, se revelan desde sus lecturas de infancia y los conflictos con su padre; las noches del bar Moderno y su lucha por la publicación de su legendaria novela Los Sorias; su consolidación en el circuito cultural como personalidad mediática gracias a su rol como conductor y presentador de cuentos de terror en la señal de cable I-SAT; y su inconfundible huella como heterodoxo maestro tallerista.
“La Biblioteca Nacional se propuso armar una muestra que desbordara el imaginario laisequiano. Atravesar la obra de Alberto Laiseca penetrando en su delirio, fusionándose con la exageración y con la totalidad inabarcable de la magia perpetrada en sus ficciones. Para ello fue necesario abrir dos planos de interpretación, el real y el astral. En Laiseca, por momentos, ambos son indistinguibles, superpuestos y, prácticamente, inasibles. Leerlo es pactar con esos mundos en continuo cambio, comprender sus reglas esotéricas o someterse a sus rispideces sadomasopornos. Es imprescindible iniciarse. Y, para ello, solo conocemos un conjuro: leer su grimorio. En otras palabras, la propia obra del autor”, sostiene Mariano Buscaglia en el catálogo que presenta y acompaña la exposición.
Laiseca nació el 11 de febrero de 1941 en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, pero su lugar en el mundo fue Camilo Aldao, en la provincia de Córdoba. En ese pequeño pueblo, que tiene menos de cinco mil habitantes, forjó su personalidad y construyó su figura de escritor. Según cuenta, desde sus primeros años su vida no fue fácil, la muerte temprana de su madre y el carácter irascible de su padre provocaron que se inventara un mundo de fantasía para defenderse. Desde ese pequeño universo se hizo “poderoso” y dio el puntapié inicial para lo que vendría después: su trayectoria como uno de los escritores más célebres de la literatura nacional.
“Laiseca: el Iniciado” se podrá visitar hasta el 30 de junio de 2026, de lunes a viernes de 9 a 21 hs., y sábados y domingos de 12 a 19 hs., en la Sala Juan L. Ortiz de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, Agüero 2502, CABA. La entrada es libre y gratuita.
Chanchín, Laiseca, el maestro. Un retrato íntimo.
“Para mi padre yo no era un ser humano con deseos propios sino una emanación de su persona. Y algo más grave: no era un hijo sino un rival. Tardé muchísimo en comprender todo eso”, relata Laiseca, en un testimonio que sus discípulos rescataron para el libro que publicaron como un modo de tributarle todo lo que les legó en sus clases. “Laiseca, el maestro. Un retrato íntimo” (Random House 2025) fue escrito por Selva Almada, Rusi Millan Pastori, Guillermo Naveira, Sebastían Pandolefeli y Natalia Rodríguez Simón, quienes llamaron a la autoría colectiva de esta obra “Chanchín”, el mote que el escritor utilizaba para referirse a sus discípulos.
La obra presenta a lo largo de sus páginas un recorrido cronológico de la vida del escritor, desde su infancia en Córdoba hasta su etapa como maestro de taller, en dónde construyó un espacio mítico atiborrado de humo y cervezas, hasta sus últimos días en el geriátrico Osiris, pasando por otras múltiples facetas. Hay muchos Laisecas que el libro revela.
*Imagen extraída del Facebook de la librería Gambito de Alfil
Los autores retratan la historia de un niño atormentado por el autoritarismo de su padre, un jóven que trabajó como jornalero en Mendoza y que luego decidió probar suerte en Buenos Aires y que mientras realizaba trabajos de limpieza y mantenimiento tenía una idea fija: ser escritor.
“Trapeaba el piso gris de una oficina gris de Buenos Aires cuando vio la silueta de un hombre que se le hizo luz: barba, pelo largo, la actitud inconfundible de un intelectual de la época. Se acercó y le dijo que estaba recién llegado a la ciudad y necesitaba saber dónde se reunían los escritores. El hombre lo miró pensativo. Le mencionó la zona de “el bajo” en el centro de la ciudad. Con esa referencia terminó su turno. No encaró para el centro ese mismo día. Pensó bien, escribió un poco más lo que esperaba poder leerle a esa gente de la que no sabía absolutamente nada. Esa noche le costó dormir. Al otro día, después del trabajo, salió con varios manuscritos desordenados. Fueron calles y calles imaginándose un montón de cosas, cargado de inseguridades. ¿Podía confiar en el bar- budo ese? Como una señal, volvió a cruzarse con un tipo similar. Ese otro barbudo fue el que le mencionó el lugar: el bar Moderno. Por la avenida Corrientes pasó frente al café La Paz, donde se reunían artistas más politizados”. (Fragmento de “Laiseca, el maestro. Un retrato íntimo”).
La historia continúa con su ascenso a la popularidad: su relación con Ricardo Piglia y Rodolfo Fogwill, su virtuoso desembarco en la televisión por cable y en la pantalla grande a través de la película “El Artista”, de Mariano Cohn y Gastón Duprat. “Un raro tipo, versión sajona de la cara de David Viñas, pero construyendo una obra mitológica, ciencia ficción y delirio, quiere irse a vivir a Estados Unidos, escribir en inglés, ser como Pynchon o como Philip K.Dick o Vonnegut. Pero es muy pobre, un pobre que cuenta los fósforos y no ya los cigarrillos, desde luego que no sabe una palabra de inglés (…) lo que escribe es muy bueno, tiene un estilo arisco y muy fluido, por momentos casi un idiolecto”, señala Piglia en uno de los testimonios que aparecen en el libro.
La trama biográfica es construida por los autores a partir de anécdotas escuchadas al propio Laiseca, entrevistas a sus familiares y a quienes lo trataron, reportajes gráficos o audiovisuales e interpretaciones que pueden extraerse de sus novelas que, por debajo de la máscara del “realismo delirante”, escondían alusiones a su propia vida.
Principalmente, sus discípulos refuerzan la idea de la importancia que tuvo el espacio que construyó Laiseca en su taller: ese fragmento de su universo personal que les compartió, en encuentros exentos de toda convención, para dejar en ellos, y en tantos otros, una huella, una marca indeleble, que sólo personalidades como él pueden dejar.





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