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El tiempo de Roberto

Tiempo de lectura 13 minutos

Termina de fumar y aplasta la colilla del cigarrillo con la suela del zapato, mueve el pie de un lado al otro hasta desintegrarla. Saca de la campera el atado de Philips Morris, pero desiste y lo vuelve a guardar. Tiene ganas de seguir fumando, pero no le gusta ser impuntual. Es una de las costumbres que le quedó de sus largos días en el servicio militar. La única que con el paso de los años valora. Mira la hora en su reloj de bolsillo y son las cinco. Respira hondo un par de veces y antes de tocar el timbre se persigna. Es como un acto reflejo, un impulso de su cuerpo que no puede controlar, porque desde hace mucho tiempo Roberto Manríquez no cree en nada.

—Rober, qué haces viejito querido.

José abre la puerta y se le viene encima y lo abraza. Aprieta el cuerpo del recién llegado contra el suyo. Roberto se queda inmóvil, sin devolverle el gesto. Afloja los abrazos y los deja a un costado de su cuerpo, y sólo intenta sonreír. Ensancha su boca y deja al descubierto sus pocos dientes amarillentos. Cuando se da cuenta, se avergüenza y aprieta sus labios. José se separa de él y lo mira de arriba a abajo; en un primer golpe de vista nota que el paso del tiempo no fue complaciente con su viejo conocido.

—Pensé que no ibas a venir, che. ¡Tuve que insistir bastante! Mirá que acá no cobro peaje, je.

—Es que…

La explicación de Roberto queda a mitad de camino porque José lo interrumpe.

—Ya casi que me lo estaba tomando personal, ¿Cuántos años pasaron sin que nos veamos? Y ni sé por qué…

El eco de la voz retumba en la casa, que luce a oscuras y emana un fuerte olor a humedad. Roberto se refriega los ojos, lo mira y encoge los hombros.

—Dale, pasá y sentate. No te vas a quedar ahí parado al lado de la puerta. Ahora preparo unos aperitivos, livianitos, como para arrancar la velada.

—Por mí no. —Roberto hace una pausa para certificar la severidad de su negativa—Tuve que dejar el alcohol hace años ya… pero unos mates te acepto con gusto.

—¿En serio? No lo puedo creer, viejo y aburrido te volviste, Rober.

José larga una carcajada estruendosa y contagia a Roberto, que se lleva la mano a la boca para contener la risa. El chiste no le causa gracia, pero el sonido de la risotada, sí. Hay cosas que no cambian, piensa.

—Con mate, estamos bien.

—Bueno preparo unos mates entonces. Empecemos con eso, después quién te dice metemos algo más y terminamos en algún baile, como en las viejas épocas, je.

José va hasta la cocina, pone la pava y saca de la alacena uno de los mates tipo imperial, de calabaza natural y alpaca, que usa para ocasiones especiales. Mira las botellas vacías que quedaron sobre la mesada de la madrugada anterior y siente de repente una extrema sequedad en la garganta. Le dan ganas de apagar ese fuego interior, pero se contiene. No quiere perder el control. La noche siempre tiene lugar para un par de tragos, murmura, y se tranquiliza. Roberto se sienta en uno de los sillones del living y aprovecha a observar la casa. Queda perplejo al darse cuenta de que está todo igual que antes, o casi. La mesa y las cuatro sillas de pino, el mueble con puertas de vidrio verde esmerilado repleto de vajilla, el televisor Grundig, el cuadro con una foto del abuelo de José en la pared y a su lado otro cuadro de las Islas Malvinas cubierto por un rosario y una cinta celeste y blanca. Sólo faltan las plantas, Roberto advierte ese detalle luego de unos minutos. Faltan las plantas y los dueños de casa.

—Te habrás dado cuenta de que no le hice muchos cambios a la casita…

Roberto asiente con la cabeza y le esquiva la mirada a José, que le ofrece un mate y lo vuelve a escrutar de pies a cabeza, el aspecto desvencijado del hombre que tiene enfrente le produce una sensación que le cuesta descifrar; una mezcla de nostalgia, tristeza y culpa.

—Pasa que hace poco tiempo que me vine a vivir acá. Cuando me separé, hace unos meses. Ya es el tercer divorcio, ¿podés creer?… y esto estaba cerrado desde que los viejitos se me fueron. Mi hermana viene poco y nada, dice que entra acá y se llena de recuerdos y le hace mal. No puede parar de llorar, dice. ¡Qué cosa la gente que no sabe lidiar con el pasado!

“P a s a d o”…a Roberto le queda dando vueltas esa palabra, la deletrea mentalmente para digerirla; le devuelve el mate y se pasa la mano por la cabeza, como si estuviera acomodando su pelo perfectamente peinado y engominado.

—Si habremos pasado tardes acá en casa y en el barrio. ¿Te acordas, Rober?

Por primera vez en la tarde Roberto le fija la mirada. Se vuelve a pasar la mano por el pelo, pero esta vez se anima a hilar un par de palabras con un tono de voz que se va diluyendo al terminar la frase.

—Y algunas cosas no olvidé…

Se hace un silencio que incomoda al propio Roberto. Al instante se arrepiente de lo que dijo y el tono que utilizó. José simula estar entretenido revolviendo la yerba del mate con la bombilla, pero se le vienen a la mente un sinfín de imágenes que quiere evitar, pero no puede. Su cabeza le juega una mala pasada. Por un momento, piensa que no fue buena idea el reencuentro.

—Mmm, me parece que se tapó la bombilla.

—¿Te molesta si fumo?

—Uh, todavía seguís con ese vicio vos. Metele nomás…

—Gracias, te voy a pedir un cenicero si tenés por ahí.

José se levanta y va hasta el mueble en busca del cenicero, pero a mitad de camino gira sobre sus pasos y se pone de frente a Roberto.

—¿Y vos, te casaste? ¿Tenés hijos? Porque desde que volví al pueblo quise saber de tu vida y nadie me pudo decir nada.

El movimiento inesperado y la pregunta sorprende a Roberto; abre bien los ojos y solo atina a hacer una mueca que intenta ser una sonrisa. Encorva su espalda y desliza la yema de los dedos por su bigote. Repite el movimiento un par de veces. José lo mirá con un gesto de impaciencia. Resiste unos segundos y tapa su silencio.

—Sólo me enteré de que trabajas en la Municipalidad, eso se lo saqué a tirones a tu hermano cuando lo encontré en el supermercado de los chinos. Y ahí no perdí la oportunidad y le pedí tu número.

Roberto carraspea un par de veces. Le da una pitada al cigarrillo y hace transcurrir el tiempo, como si no hubiese escuchado la pregunta.

—En algo andás sabandija, que no me querés contar. Pasaron los años, pero sigo conservando los códigos che. Lo que me cuentes no sale de acá… ¿Será que andás con alguna casada? ¡Te digo que son las mejores!

—Mmm, no nada de eso…no tengo mucho que contar, vivo con mi vieja, porque mi viejo falleció hace unos años, y trabajo de maquinista en la Municipalidad.

—No sabía lo de tu viejo, lo siento mucho. Y a vos, la verdad que te hacía casado y con varios hijos. Los Manríquez siempre fueron muy fértiles, je.

—Y… se ve que soy la oveja negra de la familia.

—Si vos lo decís, para mí no hay cosa más linda que las minas. Capaz a vos te hizo falta juntarte más conmigo todos estos años. Te hubiese sacado bueno. Pensándolo bien siempre fuiste medio lenteja vos. ¿O no, Rober?

—….

—Si con los pibes del barrio te jodíamos que ibas a hacerte cura, porque te daba un miedo bárbaro hablarle a las chicas…

—….

—No te enojes, Rober, no te enojes. O no te acordas cuando te llevamos a debutar a lo de la Tía Mary y no quisiste. Qué plato fue ese día.

El viento sopla y la persiana hace un chasquido que los sobresalta. Roberto se queda callado y prende otro cigarrillo. Mira por la ventana que da hacia la calle y lo asalta el recuerdo del día en que conoció a José. Hacía pocos días había venido del campo y  pasaba caminando con sus hermanos por la vereda de enfrente y José ni bien los vió los invitó a sumarse a un picadito con sus amigos en el baldío de la esquina. Roberto primero se negó y gracias a la insistencia de sus hermanos terminó aceptando. José se burló de él toda la tarde por su impericia para patear la pelota, pero después se acercó y le ofreció ser su entrenador personal para que mejore su técnica. Nunca lo consiguió, pero a partir de esa tarde no dejaron de verse por varios años, los que para Roberto fueron los mejores.

—¿Pero nada de nada tenés, che?

—Así estoy bien. No todo el mundo es como vos.

La sequedad de la respuesta provoca otro silencio. José se levanta del sillón y va hasta la pieza. Roberto escucha cómo revuelve cajones y maldice al mismo tiempo, hasta que vuelve casi corriendo con una foto en sus manos.

—La encontré, la encontré… ¿te acordás de ese día? ¡Qué pinta teníamos con el uniforme!

 

Roberto asiente con la cabeza. Va a decir algo, pero se arrepiente. Lo mira y ve cómo José contempla la foto con los ojos humedecidos.

—Qué orgullosos estaban nuestros viejos. ¡Quién iba a decir, nosotros en el Congreso de la Nación, condecorados!

—Pensar que tuvimos que sacar la cara por esos milicos.

—Sí Rober, sí. Por eso nos merecíamos la medalla, la mar en coche, y muchas cosas más que nunca llegaron. Al menos sirvió para que nuestros viejos estén orgullosos de nosotros.

Hace una pausa, tratando de controlar la respiración. Recobra el aire y se seca las lágrimas.

—¿Vos la tenés a la medalla? Yo la perdí al poco tiempo y nunca la pude encontrar. ¡Me quise matar!

—¿No te acordás dónde la dejaste?… yo se la dí a mi vieja, seguro que ella la conserva.

Roberto extiende el brazo para agarrar el mate y nota cómo pierde el pulso con facilidad cuando estira su mano.

—No…andá a saber, capaz la perdí en alguna noche de borrachera. Cuando volvimos me gustaba salir con la medalla, me hacía sentir importante.

—Sí… de eso me acuerdo.

—¿Y vos nunca hablaste de lo que nos pasó allá con nadie?

—No…bah, al principio…

—¿Tenés todo guardado adentro? Si no vomitas eso te pudrís, Rober. Te echas a perder como una leche que dejan afuera de la heladera en pleno verano.

—…Al principio hablé con mi viejo y con mis hermanos, y ellos me decían siempre que tenía que ser fuerte.

—¿Ser fuerte? ¿Y qué es ser fuerte, Rober?

—Seguir adelante y no mirar para atrás. No vale la pena, decían.

—Entonces, les hiciste caso y quisiste cerrar la página, digamos…

—Esa página, sí..

—Y siendo fuerte, como decís, ¿podés dormir cuando apoyas la cabeza en la almohada?

La pregunta hace que Roberto le de un sorbo demasiado largo y apresurado al mate y se ahogue. Tose un par de veces y José se levanta y le da un par de palmadas en la espalda. Es un gesto más de burla que de caridad.

—Sinceramente no me acuerdo lo que es dormir de corrido —dice Roberto cuando se recompone.

—¡Y entonces!…¿nunca se te ocurrió buscar ayuda, ir al psicólogo? Yo fui durante unos meses para desahogarme y a mí me sirvió la verdad. Eso y las minas, je.

José despliega una sonrisa que ensancha toda su boca. Al mismo tiempo se le caen un par de lágrimas. A Roberto la escena le parece tan divertida como patética.

—No, no creo mucho en esas cosas.

Ambos se miran esperando la reacción del otro.

—Vení, dame un abrazo, Rober, por los viejos tiempos, che.

Jose se para de un salto y extiende los brazos. Roberto duda, pero finalmente se para también, y repiten la misma secuencia que al principio. Cuando sus cuerpos se juntan, Roberto siente la fragancia de José, el mismo olor que recuerda de la última vez que se vieron. Cierra los ojos y ahora es él el que aprieta a José con sus brazos.

Permanecen abrazados unos instantes hasta que José se suelta con un movimiento brusco y le da varias palmadas suaves en la espalda. Roberto siente un calor repentino en la cara, sonríe, y vuelve a sentarse. Saca el paquete de cigarrillos del bolsillo de la camisa y ve que está vacío.

—Se me acabaron los puchos…

—Y bueno era hora ya. Disculpame que no te ofrezca nada para comer, Rober, pero en la heladera sólo hay botellas.

—Está bien….

—Te vas a reír, pero sólo tengo habanos. Cuando tomo un whisky me gusta prender uno y echar humo un rato. Me relaja y me ayuda a no pensar tonterías. ¿Querés uno?

—No, no. Después me compro cigarros.

Roberto se levanta y se acerca a la puerta y agarra el picaporte. José lo mira sorprendido.

—¿Ya te querés ir, Rober?

—Sí, tengo que hacer unos mandados que me encargó mi vieja para la cena. Me está esperando y si tardo mucho se encabrona.

—Te sigue teniendo cortito por lo visto. Bueno, te acompaño a la calle, así de paso pispeo el barrio, a ver si me estoy perdiendo de algo.

Abre la puerta y le cede el paso a Roberto, y cuando pasa delante suyo lo agarra del brazo con una extraña delicadeza, impropia de él. Roberto se queda inmóvil y lo invade un suave temblor. Un temblor distinto al que padeció durante muchas noches en el frente y al que siente ahora en sus vigilias nocturnas cuando fija los ojos en el techo y deja pasar las horas. Es un síntoma de su cuerpo que disfruta porque se parece al que tuvo aquella madrugada, ese momento que guarda en su mente como un trofeo.

José se pasa la mano por el mentón y tarda unos segundos en hablar. Roberto siente que se le nubla la vista y se le aflojan las piernas.

—Sabés lo que te iba a decir, Rober, es que te haría bien ir al psicólogo. Pensalo, te sacaría de encima un montón de mambos que nos quedaron en el bocho. Por ahí, a vos te hace falta eso.

Roberto lo mira y aprieta los dientes, y se despide con leve movimiento de cabeza.

—No te pierdas, che. Y la próxima saco el Gancia de la heladera y le entramos juntos.

Afuera el viento sigue soplando con furia, mueve con brusquedad la copa de los árboles y levanta polvo de la calle de tierra y le da de lleno en la cara a Roberto, que sigue caminando casi a ciegas sin mirar atrás. Se cubre la cara con las manos. Da pasos apresurados y descoordinados, a tal punto que casi pierde el equilibrio y cae de bruces en la vereda. Se apoya en un poste de luz para recomponerse. De fondo escucha la voz de José saludando a una vecina: “Qué hacés Martita, pasate un día de estos, que por ahora no muerdo”. Sigue caminando y cuando se aleja dos cuadras saca del bolsillo del pantalón una medalla y un papel amarillento que lleva su letra. Como otras tantas veces, tiene el impulso de deshacerse de las dos cosas. Las mira unos segundos y las aprieta contra la palma de su mano, y las vuelve a guardar. “Tengo que ir a comprar cigarros”, balbucea después.

 

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