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Amnesia: una sociología del postkirchnerismo

Tiempo de lectura 17 minutos

@zoncerasabiertas

El país que el peronismo pretende representar ya no existe. No se gobierna la misma sociedad dos veces y, ciertamente, no cambió solo el mapa electoral. Mutó la morfología del trabajo y el vínculo con el Estado; se transformó la relación entre consumo, identidad y pertenencia, al igual que la forma en que las clases medias se narran a sí mismas. Sobre todo, cambió la economía moral de una sociedad que recuerda con desconfianza la última experiencia del Frente de Todos. Como si titilara  en el ejercicio libertario del poder un mandato social difuso, un “que se vayan todos”,  pero principalmente ustedes (los peronistas), que todavía cimenta esta relativa paciencia social ante uno de los ajustes económicos más prolongados de nuestra historia reciente.

El clima interno del peronismo es efervescente. El justicialismo parece compelido a diseñar su porvenir en una forzada escena de amputación kirchnerista. Este texto pretende cuestionar esta pulsión postkirchnerista pero no como un abrazo al pasado, sino como impugnación del apuro de quienes, entre la emocionalidad y el cálculo, pretenden inhumar un flujo vital que aún organiza buena parte de las disminuidas pero parpadeantes pasiones políticas. El kirchnerismo no es una estética ni un souvenir; es una corriente interna que mantiene conflictos abiertos, ordenó la vida institucional durante años y sostuvo un clima de gobernabilidad razonable en medio de crisis regionales, internas y externas. También se debilitó, se encerró, falló y dejó zonas enteras sin traducción política. Pero el relato que hoy lo recodifica evidencia un revisionismo precoz, refunfuñante, ansioso por despegarse, pero sin saber del todo para qué hacerlo. El postkirchnerismo no la sucesión natural del kirchnerismo, sino su epifenómeno cultural más reciente. Su duelo mal tramitado.

El postkirchnerismo  es una de las formas más acabadas de la pandemia de inautenticidad que hoy tentaculiza a todo el sistema político oficial. Hemos entrado en la era de la política espectral: cuanto menos capacidad tiene la dirigencia de transformar la materia de lo real, más la narra, utilizando la comunicación digital como una muleta ortopédica para sostener una arquitectura vaciada de contenido. En este desierto, la excepción de Cristina y Milei —pese a sus matrices y objetivos antagónicos— radica en un atributo atávico: ambos conservan la capacidad de creer en lo que dicen. Esa convicción los separa de la fauna de consultores y actores de reparto que han convertido la política en una exhibición de sí mismos; es, precisamente, lo que les permite concentrar las últimas pasiones políticas de una sociedad que, ante el vacío de los demás, termina orbitando inevitablemente sobre ellos.

En este estado de cosas, el que performa kirchnerismo con esmero teatral y el que reduce al kirchnerismo a esas performances para liquidarlo trabajan, sin saberlo, en el mismo taller. Los dos reemplazan el proceso histórico por su fotogenia.  El postkirchnerismo nace ahí: no como superación del kirchnerismo, sino como su recodificación dentro de una época que aprendió a consumir identidades políticas antes que a producirlas.

Esa inautenticidad se cifra en el tránsito de la política como encarnación a la política como curaduría estética. Lo popular dejó de ser una fuente de sentido para volverse un fetiche visual, un objeto diseccionado por el bisturí de una clase media politizada que extrae biografías de los sectores postergados y las convierte en mercadería para el algoritmo. Se necesita al pueblo como insumo simbólico, pero procesado y traducible al starter pack de autenticidad que la audiencia digital recompensa.

El reverso es una tragedia semántica. Mientras la dirigencia política, en sus distintas vertientes, se profesionalizaba y cristalizaba en una identidad burocratizada, los sectores populares se pauperizaban y se desplazaban hacia una existencia cada vez más al margen de los caducos lenguajes que intentan cartografiarlos. Hoy media un abismo entre el simulacro de representación que exhiben las élites politizadas y la vida del pueblo que ya no se reconoce en quienes, desde castillos de lucidez, dicen hablar en su nombre.

De ahí que la tarea del peronismo sea más ardua que las recetas ofrendadas. No se trata de negar que el kirchnerismo requiera reelaboraciones ni de fantasear con una frescura inventada de la nada. Se trata de evitar la trampa de creer que la clave para un peronismo exitoso es desperonizarlo. La tarea verdadera es actualizarlo: recrear un peronismo para la Argentina, y no una Argentina para el peronismo.

El dilema del que nos ocuparemos aquí es ese: la renovación del peronismo, principal articulador opositor,  no podrá fundarse en amputar el kirchnerismo ni en embalsamarlo, sino en leer el país que cambió debajo de sus pies.

Los muchachos postkirchneristas

Tras once años de concluido su período de gobierno, el kirchnerismo —que excede los límites de la organización conducida por Máximo Kirchner y los átomos primarios del axelismo bonaerense— sigue movilizando adhesiones y rechazos sin lograr, por sí mismo, articular un proyecto de futuro. Visto así, el postkirchnerismo es un terreno simbólico donde convergen dos públicos con operatoria simétrica. Hacia adentro, los peronistas que sueñan con una amputación que les devuelva competitividad electoral; hacia afuera, están los antiperonistas que necesitan la misma operación por la razón opuesta: saben que sin kirchnerismo el peronismo pierde potencia, y porque tributar a esa separación semántica es la forma más eficiente de debilitar al adversario. 

Los dos sectores son, en términos políticos, aliados objetivos aunque rara vez se reconozcan como tales. Lo que comparten no es una posición sino una amnesia deliberada que hace pie en una técnica: el fraccionamiento del campo simbólico peronista. Eso es lo que vuelve al postkirchnerismo un fenómeno mayor que la suma de sus partes, y lo que explica que opere con tanta eficacia en la conversación política argentina. Del convite participan comunicadores de dudosa experiencia vital y militante, cronistas de debilidades y administradores de conjuros retóricos gestados al calor de una profunda orfandad.

Este ecosistema tiene sus propios fermentos. Un sector del peronismo se dedica a una suerte de paleontología: un peronismo encapsulado en el consumo nostálgico, más ocupado en diseccionar el pasado que en producir presente. En esa intersección aparecen los verdaderos componentes de este cluster social: los muchachos postkirchneristas. Sociológicamente, no son una línea interna, sino una pequeña burguesía politizada que expresa una sensibilidad de transición y un ecosistema de validación cruzada. Lo que los cohesiona no es una doctrina, sino la necesidad perentoria de marcar distancia respecto del ciclo que los formó. Confunden la impugnación estética o la disección crítica con la superación política.

Habiendo sido socializados bajo el impacto del meteoro kirchnerista, aprendieron a leer la política a través de su gramática, pero hoy necesitan exhibir madurez, ironía o superación. El problema es que muchas veces confunden esa distancia con una elaboración política que mira fijo, embobada, el hoy. El culto del puro presente los pone en un rango de afinidad con el laberinto mental de los libertarios, Los más lúcidos de los sonámbulos.

Dentro de este grupo, conviven dos vertientes. La primera es la de los capturados: peronistas anclados en una versión idealizada de su juventud, que reclaman lugares que sienten que les fueron negados. Como tábanos sin cabeza, deambulan por el comentarismo digital, ya sin autenticidad propia, hablados por lo que el algoritmo requiere. Surge así la subespecie del peronólogo de oficio, ese que comercializa su impugnación interna como un insumo para terminales mediáticas antagónicas. Al transformar su desencanto en un producto de mercado, accede a una centralidad artificial; habita una tribuna prestada que, sin ese ejercicio de ventriloquía para el adversario, le resultaría absolutamente inaccesible.Lo que entrega no es análisis sino la materia prima que el otro campo necesita: la confirmación, desde el peronismo, de que el kirchnerismo es un fardo del que conviene desprenderse.

La segunda vertiente es la de los validadores  que operan desde la otra orilla del clivaje. Representan lo que la jerga política denomina el círculo rojo: no ya un socio ideológico, sino un ecosistema de legitimación funcional. Con Carlos Pagni como su exégeta y traductor predilecto, esta facción reedita una matriz histórica conocida: la impugnación de la estética del poder para no perturbar su arquitectura material. Tal como ocurrió en la década del noventa, su objeción no se dirige al núcleo del modelo económico, sino a la cosmética institucional. Su cuestionamiento al oficialismo se agota en el inventario de sus modales, en la estridencia de sus formas o en su rudeza procedimental, evitando rozar la maquinaria de fondo que el establishment requiere mantener intacta. El interés que demuestran por el postkirchnerismo no emana de una súbita simpatía por el justicialismo, sino de un frío cálculo táctico: mientras el peronismo permanezca ensimismado en su propia disección, restará menos energía para cuestionar aquello que el poder real prefiere conservar fuera de todo debate público.

La renovación es un sueño eterno

“La renovación es un momento de nuestro desarrollo movimientista. Un tiempo de cambios, de rupturas, de fidelidades creativas y de heterodoxias audaces.”

Documento fundacional de la renovación peronista, 21 de diciembre de 1985.

No es que la renovación no urja, pero hoy está empantanada en una espiral tan condenatoria del pasado como indulgente con el presente del peronismo, transformado en una gran parroquia donde nadie reconoce las limitaciones propias, pero todos parecen expertos en exponer las limitaciones de los demás. Folklore de la época.

La parcelación que hoy padece el peronismo no es tan real como el pensamiento de equipo chico que se instaló entre buena parte de sus ápices estratégicos. Antes que demográfica, la minoritización es performativa: el espacio se imagina pequeño y, por lo tanto, se conduce como pequeño entre anillos defensivos e internas de quinta línea.

Corcoveando entre dilemas y golpeándose contra los muros estrechos que erigieron sus facciones, el gigante invertebrado luce atomizado. En lo táctico y en lo estratégico. En el vértigo del porvenir, Axel Kicillof acelera su posicionamiento. Intenta convertir la gobernación y el PJ en herramientas tributarias a su fuerza para delinear una silueta presidencial propia, acompañada por algo más que sus dos puntos de apoyo actuales: las filas militantes de su gestión provincial y su instalación mediática.

El desafío no pasa, como le aconsejan algunos a su alrededor, por dinamitar el kirchnerismo, sino por metabolizarlo en una identidad menos nostálgica y con mayor apertura. Es un equilibrio difícil y sus posibilidades de éxito, inciertas. El presidente del PJ bonaerense sabe que debe ampliar la paleta de colores: banderas rojas, banderas negras, pero también todas las que aguardan por una conducción centralizada.

Pero la construcción de una nueva jefatura peronista, condición misma de toda renovación, enfrenta una anomalía: no es lo mismo relevar una conducción agotada que suceder a una figura principal que, aunque proscripta y presa, sigue siendo eje organizador del sentido político. Esta tensión obliga a los aspirantes a demostrar una legitimidad propia que no parezca ni herencia ni usurpación.

Después de las últimas elecciones de 2025, quedó claro que el peronismo —incluidas sus periferias— no está en su mejor momento, pero también que se consolidó como el único adversario real del oficialismo. Por supervivencia táctica permanece razonablemente amontonado, pero carece de consenso sobre el centro de gravedad, los factores morales y materiales de la reconstrucción y las circunstancias desde donde poner en marcha algo parecido a un proyecto nacional.

Se dice en la superestructura que una interna debería resolver este dilema “legitimando una conducción”. La interna ya existe, saturada de interpretaciones, indirectas, vetos cruzados, comunicados. Lo discutible, en todo caso, es si esa disputa encuentra una forma institucional de tramitarse o seguirá destilándose a cielo abierto. Lleva años en este último plano y, a juzgar por sus resultados, queda claro que los traumas de la dirigencia no son los de la sociedad. Los fantasmas, menos.

La historia reciente del peronismo muestra que las internas solo importan cuando condensan una mutación de época. Cafiero-Menem no fue solo una disputa de nombres: expresó dos modos de sentir el poder. El menemismo cargó al peronismo con un programa que invertía su matriz histórica; el kirchnerismo repuso un horizonte estatal, pero gobernó sobre una sociedad que el menemismo ya había transformado. El Frente de Todos terminó de erosionar la vieja joya peronista del “sabemos gobernar”. Por eso la pregunta actual no es quién gana una interna, sino si esa interna expresa alguna lectura real de la sociedad que Milei logró capturar.

El mileísmo, en el otro polo, es la mutación equivalente del antiperonismo. Su dirigencia es antiperonista: viene del PRO recauchutado, de economistas formados en la crítica al populismo, de operadores reciclados, de soldados conscriptos de la batalla cultural y de la propia prédica del Presidente, que tiene una concepción envidiablemente épica de su existencia. Pero su masa electoral no es preponderantemente antiperonista. Lo que Milei aglutinó en 2023 fue un agregado heterogéneo donde conviven retazos del antiperonismo liberal clásico, marginales que quedaron afuera de los castings de las últimas dos décadas, copitos ilustrados que son jóvenes urbanos con secundario terminado y desconfianza activa hacia las credenciales universitarias, peronismo silvestre desencantado y pura desafección. Es antiperonismo en la cabeza dirigente y postidentidad en el cuerpo electoral. Por eso depende tanto del agite permanente del fantasma kirchnerista: su dirigencia tiene el ancla, su electorado no, y sin antagonismo activo el voto se le desarma. Es antiperonismo sin antiperonistas suficientes.

Esa asimetría explica también la deriva del PRO, que sigue mirando al mileísmo como el tío grasa pero exitoso que le da vergüenza. Aquel proyecto de mercado amigable, aperturista, dirigido a una clase media-alta moderna, hoy se encuentra absorbido por La Libertad Avanza. El antiperonismo, entendido como categoría política y no moral, cambió de administración y, dado el devenir libertario, lo hará de nuevo. La pregunta abierta es si el PRO, agotado este ciclo, intentará liderar o será para el antiperonismo de la próxima década lo que el massismo fue para el peronismo en 2019: la parcela funcional que se acomoda al cuerpo principal en pleno fracaso.

En suma, la pregunta para el presente es si una eventual interna puede representar una mutación semejante o si apenas servirá para reordenar melones en una verdulería sitiada a la que cada vez entra menos gente. Si una PASO sirve para discutir enfoques concretos sobre trabajo, Estado, producción y federalismo, puede dejar de ser un rito para peronistas y volverse herramienta para significar algo en la sociedad. La legitimidad de la conducción no nacerá de la organización de tribus ni del ritual de una interna. Derrotar a Milei no es el fin; la verdadera gesta es interpretar y reorientar la época que posibilitó su ascenso.

Nada puede construirse sin blanquear posiciones respecto de la situación política de Cristina. La pulsión por imaginarla encerrada hasta el fin de los tiempos desconoce que la historia argentina tiene sus propios ritmos pendulares y sus recaídas. Porque solo dos tipos humanos podrían afirmar con tanta certeza una escena semejante: el ignorante y quien la desea. Y al Presidente, aun con sus excentricidades, se hace difícil tomarlo por tonto.

Esa fantasía de clausura funciona también como coartada para no discutir otra cosa: la estrechez del propio peronismo. Mientras el reflejo de secta esclarecida no ceda ante una lógica más ancha de frente nacional, toda renovación seguirá chocando contra su propio techo. O peor, humillándose bajo las faldas trotskistas de Myriam Bregman, baluarte involuntario del transperonismo de las pantallas.

Las manos de mi madre

Mientras tanto, CFK permanece —aunque no con el vigor de sus años presidenciales— como otro centro de gravedad del peronismo. Cuanto más silencio guarda, más se acercan los heridos de Milei a su estampita.

CFK, además de funcionar como chivo expiatorio de un movimiento que carece de alternativas vigorosas, ocupa un lugar clave. En una época de amateurismo, donde la política encalla en la superficialidad o se degrada en consumo cultural, su experiencia vuelve a adquirir valor. No porque sea portadora de una clarividencia estratégica, sino porque es la única dirigente capaz de ordenar el discurso disperso de un peronismo errático.

El episodio reciente del Senado sobre la continuidad de Carlos Mahiques ofrece una postal elocuente. El kirchnerismo quedó aislado, pero la ruptura de la disciplina no significó un ordenamiento detrás de otro liderazgo, por la sencilla razón de que tal cosa no existe. Significó que cada fracción negocia según intereses provinciales o cálculos personales. No estamos ante el reemplazo de una conducción, sino ante una evidencia que nadie asume: el peronismo carece de conducción nacional desde hace una década.

La escena bonaerense confirma esto. Intendentes reclaman puentes, reglas y estrategias, pero nadie tiene autoridad para ordenar la conversación. Sin nuevos referentes, las tribus siguen orbitando alrededor de la expresidenta. Su centralidad simbólica es la estación terminal de una renovación que no llega: no por cálculo de ella, sino por falta de imaginación de una dirigencia nacida al calor del Estado. Cuando el liderazgo de Cristina pierde obediencia institucional, no surgen nuevas aperturas, sino dispersión.

La crítica de los anillos que orbitan a la expresidenta es atendible. Sin embargo, el revisionismo actual incurre en un error de traducción: confunde la esterilidad de esa guardia de hierro con la invalidez del flujo vital que aún orbita sobre su figura. Desconfiar de la custodia no equivale a firmar el acta de defunción de lo custodiado.

El kicillofismo, fase superior del kirchnerismo

En ese punto ciego aparece Kicillof, que es, para muchos, una figura capaz de responder la pregunta concreta sobre la renovación.


En el kicillofismo, la austeridad no aparece como descubrimiento reciente de campaña sino como filosofía de base. De ahí nace la pepemujicanización del gobernador: el mate 24/7, el Clio, el uruguayismo político de baja ostentación, la vida de clase media de llevar y traer los pibes del colegio y la decencia patrimonial como marca de contraste. En la sociología kicillofista se puede hablar de Keynes con Bercovich y Giacomini, militar el Estado presente en los metros cuadrados bonaerenses, lidiar con la quita de fondos de coparticipación —tensionando la relación con los intendentes— y, al mismo tiempo, resultar extraño para zonas y mediaciones del peronismo tradicional que reconocen la pertenencia en otros códigos. Esos que todavía son inexplicables para un agente de IA: una especie de saber moverse en la biodiversidad bonaerense donde orbitan armadores, intendentes, punteros, clubes, barberías, comedores, clases medias uberizadas y traficantes de rumores.

Esa singularidad no significa exterioridad al peronismo. El kicillofismo no es un cuerpo extraño injertado en el PJ bonaerense. Es una coalición cultural híbrida que combina progresismo universitario culposo, kirchnerismo de gestión germinado en los trampolines de ANSES, peronistas culturales, cuadros técnicos profesionalizados y otros que no tanto, militancia municipal y traductores territoriales que aprendieron a convivir bajo una misma expectativa de poder.

No obastante, el kicillofismo es el actor que más claro debe tener que pretender que el peronismo resuelva su problema soltando el kirchnerismo es quimérico. Desperonizar al peronismo en nombre de una supuesta sensatez no tiene nada de audaz; es consumo problemático de antikirchnerismo, de ese que nubla la comprensión.

Resta saber si Kicillof, quien hoy queda en mejores condiciones de liderar que cualquier otro dirigente, logrará esquivar el veneno amable de esos muchachos. El desafío, ya no para liderar sino para conducir, es ser catalizador de una etapa nueva sin ser rehén de la neurosis postkirchnerista. De lo contrario el kicillofismo seguirá siendo un algodón entre cristales; un jamoncito entre lo que fue y lo que debe ser el peronismo.

Una  mayoría recuerda mal la última experiencia del Frente de Todos, y parte del margen que hoy se le concede a Milei se explica por aquella decepción. Antes de discutir candidaturas, la renovación debe aceptar que el puente con esa sociedad herida es condición de cualquier retorno. Solo la capacidad política de convocar a quienes recuerdan bien los años kirchneristas y a los que recuerdan mal los del Frente de Todos permitirá trascender la restauración. Sin ese puente, el peronismo será espectador de una decadencia sobre la que no podrá intervenir.

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