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Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas
En lo político, la escena nacional muestra un retorno al pasado. Mientras Karina Milei reanudó el contacto con Mauricio Macri, en el bando opuesto Axel Kicillof, Sergio Massa y Máximo Kirchner buscaron reactivar la única idea mórbida que brota del peronismo realmente existente en la última década. Y no, no se trata de consensos programáticos, sino de la “unidad” convertida más en estrategia de supervivencia y fronting mediático que una oferta electoral vertebrada por un proyecto nacional,
La política en general está reaccionando de manera conservadora ante la volatilidad. Los espacios se repliegan para resguardar las posiciones conseguidas, aunque sean posiciones que no dialoguen en lo más mínimo con los problemas que, con decadente entusiasmo, oficialismo y oposición parecen estar en condiciones de diagnosticar e instagramear. El inconveniente radica en que la ciudadanía receptora de esta repetición ya no es la misma. Para usar una metáfora para adultos mayores, digamos que todos vimos la escena de Forrest Gump donde el Teniente Dan apuesta a su barco camaronero y, ante la tormenta generalizada, termina quedándose con la posición dominante en el mercado. El problema es que, en Argentina, los camarones ya no nadan en las mismas aguas.

Indaguemos cuales son los jugos del desencuentro profundo entre política y sociedad.
Las capas tectónicas del ningunismo
Un estudio reciente de Pulsar UBA muestra que el 42% de los argentinos no se identifica hoy con ningún partido o espacio político, el registro más alto desde 2023. El 63% declara estar poco o nada interesado en la política. El centro, además, aparece menos como una posición ideológica moderada que como refugio frente a una oferta política cuyo seniority ha mermado considerablemente.
Sin embargo, que cuatro de cada diez ciudadanos prefieran el ausentismo identitario no implica una masa homogénea ni un colectivo aguardando al mismo Mesías. Bajo ese paraguas cohabitan indiferentes, desencantados, politizados sin conducción y electores pragmáticos que ajustan su inclinación día a día.
En términos generales, este fenómeno convive de manera disfuncional con el sistema de representación. Este se caracteriza, desde hace bastante tiempo, por una fragmentación donde las lógicas nacionales ya no definen los votos locales. Las viejas coaliciones se desmoronan pero su colapso no es asumido. Sus inquilinos siguen armando estrategias sin entender que gran parte de la sociedad ya votó para dinamitar esas formas.
En este sentido, en junio insistimos en una idea: no se gobierna la misma sociedad dos veces, y esto vale para el oficialismo tanto como para la oposición. Mutó la morfología del trabajo, el vínculo con el Estado, la relación entre consumo, identidad y pertenencia. Sobre todo, cambió la economía moral de una sociedad de lealtades lábiles, que comienza a insinuarle al oficialismo libertario, en distintos sondeos de opinión, que no le firmó un cheque en blanco, pero que casi con la misma intensidad recuerda con desconfianza la última experiencia del Frente de Todos.
Ahí se explica, en parte, por qué Milei tuvo el camino tan allanado para tomar decisiones que hubiesen hecho saltar por los aires a los partidos tradicionales. Como si titilara en el ejercicio libertario del poder un mandato social difuso, un «que se vayan todos, pero principalmente los kukas», conjuro con el que Milei junta en la misma bolsa todo lo que para gran parte de la sociedad es «más de lo mismo». Es que el golem, aun en sus excesos de bebidas energizantes y azucar, sabe que las diferenciaciones semánticas entre progresistas, socialdemócratas, kirchneristas u ortodoxos solo funcionan hacia adentro del peronismo. Sobre ese colchón de rencor acumulado contra «el pasado» —que el propio presidente no para de revivir— se sostiene la paciencia social ante uno de los ajustes económicos más prolongados de nuestra historia reciente.
Merenson y Semán (2026) llaman la atención sobre una «crisis de legibilidad y comprensión de lo social» que vuelve insuficiente cualquier regreso a las taxonomías conocidas. En esa crisis se vuelve más visible la separación entre posición social, experiencia e identidad política, junto con formas de «empoderamiento por individualización». Saber dónde está alguien en la estructura sigue siendo indispensable para comprender cómo vive, pero cada vez sirve menos como predictor del voto.
Mucho antes del reformismo laboral libertario, la base social argentina ya estaba desbordada por precariedad, informalidad y cuentapropismo. La novedad no es la existencia del trabajo precario, sino su consolidación y expansión bajo la forma de monotributo, empleo formal por temporadas, plataformas, changas y pequeños emprendimientos, con sindicatos bajo la presión de un torbellino de problemas resbaladizos que dan peleas cada vez más desconectadas entre sí. Lo que en definitiva se ha debilitado es la vieja cadena que permitía asociar, con algo de esfuerzo e imaginación sociológica, una posición en el mundo del trabajo con una identidad política.
Atravesamos la época del pluriempleo y los «trabajos híbridos» donde los trabajadores combinan plataformas con otros ingresos y atraviesan simultáneamente autonomía, dependencia y precariedad. Las formas laborales organizadas mediante tecnologías digitales producen un sincretismo entre control algorítmico, imposibilidad de fijar precios y relaciones de trabajo asalariado encubierto.
El gráfico anterior permite mirar ese proceso por otra ventana: desde 2022 crecen en paralelo el cuentapropismo captado por la EPH y las búsquedas vinculadas con Rappi, PedidosYa, Uber, DiDi y Cabify. La foto de la EPH del primer trimestre de 2026 indica una tasa de actividad del 48,6%, empleo del 44,8%, desocupación abierta del 7,8% y subocupación del 11,1%. Una desocupación que no luce explosiva puede convivir, perfectamente, con el deterioro de la calidad del empleo, el cuentapropismo precario y el desaliento de quienes bajaron los brazos. El deterioro puede avanzar sin regalar una postal de 2001.
La comunidad uberizada
Son muchas las investigaciones de colegas sobre valores sociales que nos permiten agregar otra capa a la cartografía de clases sociales. Entre ellas, los trabajos de Sentimientos Públicos distinguen a quienes todavía organizan su lectura del mundo alrededor de la presencia o ausencia del Estado de una zona mucho más amplia que denominan transaccional.
Los mecanismos de mercado ya no operan solamente en el intercambio económico: se filtraron en la estatalidad, las reciprocidades y las formas de interpretar la experiencia cotidiana. Las pedagogías del mercado cambiario, las turbulencias financieras y la capacidad emprendedora se volvieron marcos de legibilidad de la vida. No estamos ante una conversión masiva al tecnoliberalismo doctrinario, sino ante una interiorización más profunda de formas de calcular, protegerse y proyectar. Una forma social que no es hija del mileísmo, sino que fermentó durante décadas de informalización, cuentapropismo, fragmentación laboral y debilitamiento del sistema institucional de mediaciones, incluidos los sindicatos.

El ciudadano transaccional no es necesariamente liberal, antiestatal ni individualista. Mucho menos un lector de Hayek. En esa mutación pesan los rencores del confinamiento y la pauperización continua de sus condiciones de existencia, pero el punto de quiebre es otro: no espera (ni quiere) que el Estado sea el centro emocional de su vida. Evalúa instituciones como evalúa casi todo lo demás: por su capacidad de resolver, de «sacarse de encima» lo más rápido posible un lastre administrativo.
El kirchnerismo logró durante un tiempo volver a enlazar Estado y sociedad y remendar esa relación que se había roto estrellándose en 2001, pero lo hizo sobre una morfología social que ya había cambiado. El fracaso macrista y su estetización de la política encontraron hilos de continuidad en el gobierno del Frente de Todos, siendo esta última coalición la que terminó de erosionar una confianza decisiva: aquella idea, vieja joya de la abuela, de que por lo menos «sabía gobernar». La acumulación de rencores y frustraciones fue la nafta que sostuvo, hasta hoy, la vocación de «castigo» generalizado con la que el gobierno libertario lleva las riendas del país.
Milei llegó al poder sobre una sociedad de repartidores, comerciantes que trabajan doce horas, profesionales con varios ingresos y jóvenes cada vez más desconfiados de toda autoridad. Le ofreció un lenguaje político a una autonomía que muchas veces no había sido elegida. A las familias que circulan entre rebusques el concepto de «libertad» les funciona como ropaje cosmético, porque la vida necesita cierta dignidad narrativa para poder aguantarse. Ese encuentro entre una sensibilidad previa y una oferta capaz de nominarla define buena parte de la emergencia de Milei: consiguió organizar y politizar esa experiencia alrededor del mito de la casta.
Por eso esta dimensión transaccional no debe confundirse con una sociedad sin demanda de protección. La política actual suele interpretar esta combinación como incoherencia ideológica, pero en la Argentina de hoy se puede desconfiar del Estado y defender la universidad pública, creer en el mérito y pedir ayuda social, votar a Milei y esperar que un hospital funcione o apoyar a un gobierno que vende la ilusión de recuperar las Malvinas de la mano de EEUU mientras hace todo lo posible por extranjerizar la tierra argentina.
La solidaridad social existe, pero permanece encapsulada en clubes, iglesias, sindicatos, asociaciones, cooperadoras, grupos de vecinos, redes familiares y simples arreglos de reciprocidad entre comerciantes y trabajadores que siguen funcionando sobre las ruinas del sistema estatal de mediaciones.
Ese universo convive con otras figuras conocidas. Una clase media achicada, por ejemplo, conserva marcas de pertenencia —un título, un auto, una casa familiar, una prepaga, alguna capacidad de consumo, HBO— mientras hace cuentas todo el día para sostenerlas. Su cabeza es una calculadora porque su vida se uberizó, aunque muchas veces siga viviendo esa precarización como una etapa transitoria o incluso como autonomía. También existe un conservadurismo de estabilidad que no sueña con dinamitar el Estado sino con autoridad, previsibilidad y alguna relación comprensible entre esfuerzo y resultado. Y existe, por supuesto, la sensibilidad libertaria más nítida, particularmente intensa entre los jóvenes que, aun con muchos de ellos en retirada de las huestes mileístas, constituyen un núcleo duro muy válido como capital político del gobierno. Inmediatistas, antiburocráticos y obsesionados con castigar la hipocresía de instituciones que en el lenguaje de Milei son el origen de todos los males.
Lealtades movedizas
El ningunismo entra precisamente allí. Más que un nuevo tipo de votante, es un estado de la representación capaz de atravesar mundos sociales distintos. Puede discutir política y hasta militar episódicamente una candidatura, pero lo que resulta más débil es la obligación moral de permanecer: si el vínculo de representación se deteriora, no siente que traiciona una historia porque la relación nunca estuvo fundada exclusivamente en la pertenencia. Puede ser ningunista el comerciante que votó a Macri y después a Milei; la mujer que acompañó al peronismo durante dos décadas y ahora coquetea con la idea de votar a Bregman (aunque el bloque al que pertenece no toca el problema real de nadie) porque ya no encuentra qué defender; el joven que descubrió que la lucha contra la casta son los padres; el empleado público que conserva una idea fuerte del Estado pero no identifica en la oferta opositora una dirección que lo entusiasme. No comparten necesariamente valores, pero si la dificultad de que ninguna de las referencias disponibles puede alojarlos del todo.
Ese componente explica parte de la potencia y también de la fragilidad del mileísmo. Milei logró que muchos argentinos sintieran que alguien había entendido la naturaleza de su fastidio. Pero un electorado construido sobre la impugnación y la eficacia esperada puede reproducir el mismo mecanismo que le permitió una mudanza veloz hacia Milei y habilitar otra mudanza en el próximo año electoral. Si esta desafección sigue profundizándose, 2027 podría incluso dejar un récord de ausentismo electoral. Como sugeríamos hace más de una año, los repertorios agotados, el hartazgo político y la motosierra económica empujan a muchos argentinos hacia ese tercer tercio errante. Un segmento no tan minoritario que oscila entre el aborrecimiento contra el pasado y la resignación con el presente. Que prefiere optar por salirse de la lógica de “los partidos del no” : no a Milei, no a Cristina/Axel. Polariza con la polarización, absteniéndose.
El acto electoral viene siendo un banquete en el que ya, parafraseando a Macedonio Fernandez, hubo tantos ausentes que, si faltara otro más, no tendría sitio.
En este balance no hay que olvidar las líneas maestras del plan ideado por la (ex) mesa chica del presidente para convertir a LLA en una minoría hegemónica: confrontar con la dirigencia tradicional y, al mismo tiempo, atomizarla. Así, el dúo Milei insiste con intoxicar el ambiente para hegemonizarlo. Ganar siendo la minoría más intensa de las minorías parece ser el único horizonte del nihilismo libertario.
En este sentido, el malestar con el oficialismo puede expresarse como voto opositor, pero también como abstención. La clave de la gobernabilidad de la nueva era la explicó Perón hace 70 años: no somos buenos, los otros son peores. Milei todavía cobra esa renta diferencial: de momento, los “arrepentidos de Milei”, con una oposición fragmentada en lo táctico y en lo ideológico, no tienen adónde ir. La sola reaparición de esa oposición alcanza para recordar por qué una parte de la sociedad eligió incendiar el tablero. Esa misma oposición se organiza con su principal figura proscripta, aún sin percibir el olor nauseabundo del agotamiento social que también la incluye entre sus blancos de castigo futuro. Por eso Milei se sostiene, aunque la desaprobación crezca. La base que todavía elige creerle es una sábana cada vez más corta; pero la oposición sigue teniendo vedada, por ahora, la posibilidad de tener razón, porque sus mensajeros devalúan todos sus mensajes.
El estudio de Pulsar agrega que siete de cada diez argentinos dicen que no se puede confiar en la mayoría de las personas y apenas uno de cada diez participa activamente en organizaciones políticas, sociales o comunitarias. La desafección, entonces, no ocurre sobre una sociedad rebosante de mediaciones. Pero tampoco sobre un desierto. Es una vida común más raleada, desigual y fragmentada, con mucha gente resolviendo en círculos cortos aquello que antes encontraba cauces institucionales más largos. La hiper politización de quienes hablan en nombre de un mundo popular puede convivir perfectamente con el desapego de quienes efectivamente lo habitan.
La paradoja se vuelve más visible en las redes. Nunca pareció haber tanta política disponible y, al mismo tiempo, tanta gente diciendo que no le interesa. No hay contradicción: los politizados producen una intensidad descomunal dentro de un espacio cada vez más endogámico. Políticos, periodistas, asesores, streamers y militantes digitales se miran, se responden, se celebran y se cancelan mientras confunden circulación con representación. Es la Política OnlyFans.
Entonces, si para Milei parece haberse terminado el tiempo del discurso anticasta y de la motosierra, para la oposición, también todo concluye al fin. Sobre todo porque ya no hay margen para la actitud de acompañamiento terapéutico de la crisis.
Alí Baba y las 40 batallas culturales
La súbita malvinización del Gobierno ofrece una escena casi pedagógica de esta deriva. Milei, abrumado por los costos de sus políticas, busca «marcar agenda», pero llega tarde a una escena que ya había tomado el pulso mundialista y la conocida bandera de Malvinas que flameó en el estadio. El golem pretende encontrar allí una herramienta de recomposición interna (alerta spoiler: estudiar historia argentina) y convoca a «deponer las armas» a una oposición que casi no las tiene.
Como decíamos en Mi villano favorito, la imposibilidad de aceptar que «la política contemporánea —salvo honrosas excepciones— puede ser tan decadente» se compensa con el mito de las masterminds y los «magos del Kremlin». El llano de la calidad política evidencia una necesidad enfermiza de producir personajes y consumos culturales. Llegar a fin de mes nunca fue tan difícil, y que la política siga pareciendo interesante para quienes pueden pagar una suscripción a algo, tampoco. La inflación narrativa de personajes que en la mesa de los transgresores no podrían ni cebar mate, de estos “cerebros en las sombras”, es directamente proporcional a la pobreza material de la política realmente existente.
La causa malvinas queda envuelta, así, como otro de los temas nacionales triturados entre Consumos problemáticos de superficialidad.
Lo cierto, lector, es que los ingleses no van a entregar Malvinas por una caminata diplomática a Luján ni porque Donald Trump haga un llamado entre reunión y reunión. El Reino Unido que Milei gusta presentar como una potencia en decadencia destina casi 23 veces más al gasto militar que la Argentina. Es que las relaciones internacionales se apoyan en capacidades nacionales y no en afinidades personales.
Milei balbucea la posibilidad de que Washington nos favorezca por haber demostrado ser un «socio confiable»;una claudicación peculiar en la que la intervención del Estado vuelve a ser bienvenida siempre que sea un Estado extranjero. La ofensiva argentina, además, ni siquiera fue coordinada con Washington; mientras aquí se fantasea con una mediación de Trump, el Pentágono encontró en Malvinas una herramienta para presionar a Londres a elevar su propio gasto en defensa. Milei cree haber encontrado en Trump un intermediario para recuperar soberanía argentina justo cuando Estados Unidos descubre que Malvinas puede servirle para disciplinar a Gran Bretaña. Todos parecen usar Malvinas para otra cosa; los únicos que creemos estar hablando exclusivamente de Malvinas somos nosotros.
Si la Argentina ya se resignó a no reconstruir capacidades propias —económicas, industriales, científicas, diplomáticas y también militares—, lo más honesto sería admitir que la doctrina es imitar a Puerto Rico; tercerizar la soberanía y festejar como propios los goles de Washington. Después de once años de política estetizada —del macrismo al Frente de Todos y de allí al mileísmo—, el sedimento de tanta simulación, incluso alrededor de una causa nacional como Malvinas, es una sociedad que acumula rencor y descreimiento y podría estar más dispuesta que nunca a penalizar la instrumentalización de sus causas y la subordinación presentada como pragmatismo. Es por eso que la apatía que se expresó en las distintas elecciones provinciales del año pasado no debería leerse como la muerte lenta de “la política”. Se trata, más bien, de una rebelión pacífica contra su teatralización enfermiza.
Es este el estado de cosas en el que el peronismo, aun diezmado, vuelve a aparecer como la única fuerza con escala territorial suficiente para articular una oposición. Ganar, sin embargo, es el problema menor. El más difícil es construir una unidad de concepción que evite repetir la experiencia del Frente de Todos: una coalición que consiguió llegar junta al gobierno para lotearlo. El peronismo de hoy no encuentra lenguaje para dialogar con quienes no organizan su experiencia alrededor del Estado, con quienes valoran la autonomía sin celebrar la precariedad, reclaman eficiencia sin pedir un Estado ausente y practican solidaridad sin convertirla en identidad estatal.
Mientras intenta resolver ese vacío, su escena interna se llena de streamers que quieren ser políticos, políticos que quieren ser streamers y outsiders que se barajan como novedad. En ese paisaje, Cristina Kirchner, aun con sus impedimentos judiciales y lejos del vigor de sus años presidenciales, sigue funcionando como centro de gravedad, y no porque posea una clarividencia secreta, sino porque ningún otro liderazgo consiguió todavía ordenar la dispersión. Kicillof queda, por escala institucional, mejor ubicado que cualquier otro dirigente para intentar conducir la etapa siguiente, pero sus anillos de apoyo realmente propios se limitan al aparato estatal provincial y a los muchachos postkirchneristas, que llevan años anunciando que el futuro empieza después de Cristina. El inconveniente es que cada intento de enterrarla políticamente vuelve a confirmar la orfandad que pretendía superar.
Milei conserva, aun con su desgaste, una ventaja que no conviene subestimar: detrás de su gobierno hay intereses reconocibles, una idea del Estado, una orientación económica y una distribución bastante clara de quiénes deben ganar y quiénes pagar el costo. Puede equivocarse, retroceder, perder adhesiones y hasta ser derrotado. Pero enfrente todavía no aparece con la misma nitidez una voluntad capaz de ordenar el malestar dentro de otra dirección.





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