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Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas
Carlos Pagni, nave insignia de esa burguesía politizada que hemos denominado «los muchachos postkirchneristas», distribuye una coartada, y dice en este video que Milei necesita al peronismo dividido para reelegirse; que CFK puede ofrecerle esa división; y que, a cambio, recibiría el indulto. La hipótesis convierte una interna irresuelta en “el pacto secreto”: la explicación que más desean escuchar los espectadores educados por Netflix y el postkirchnerismo.
Si seguimos esta arquitectura mental para razonar, si el peronismo se parte, no sería porque hace años carece de conducción, estrategia y una lectura común del país, ni porque el retroceso del campo nacional viene de mucho antes que los educadores del streaming. Sería porque Cristina negoció su libertad y todo el resto es víctima, siempre víctima. En este caso de una conspiración que siempre sucede afuera suyo. El consumo problemático de antikirchnerismo es la forma de autoengaño más persistente de la época.
Como hemos dicho acá, el postkirchnerismo reúne dos públicos que trabajan en el mismo taller. De un lado, peronistas que imaginan que amputar al kirchnerismo les devolverá competitividad. Del otro, validadores del círculo rojo interesados en la misma separación por razones opuestas: mientras el peronismo se disecciona, discute menos aquello que el poder necesita conservar.
Pagni es el traductor más refinado de esa afinidad. Su crítica rara vez toca la arquitectura del poder, más bien se concentra en modales, intrigas palaciegas y cosmética institucional. Hace de la política una novela de pasillos y tiene una legión de exégetas, entre seguidores y periodistas que leen conversaciones de wp en vivo, y confunden tráfico de información con criterio analítico. El punto es que de ese convite participan comunicadores de dudosa experiencia vital y militante, cronistas de debilidades y administradores de conjuros retóricos gestados al calor de una profunda orfandad.
Nunca faltan quienes lo consumen como referencia incuestionable porque “tiene data”. Esa actitud los pone el fila india para dilucidar quien ocupa más rápido el podio de la pereza intelectual —cuando no el de la tontería—. Los muchachos postkirchneristas confunden el rumor bien peinado con hechos fácticos.
Los que compran cada insinuación de Pagni como información reservada se parecen demasiado a quienes buscaron su alimento dopamínico, su shot de sospecha, en el chiquero digital de teorías conspirativas sobre la final del Mundial. Lo que se dice ya no necesita arraigo en lo real. Alcanza con una sucesión de indicios sin prueba y con la recompensa de sentirse entre los pocos capaces de “ver los hilos”. Gran arte, el arte de «verla».
Las pactologías nacen de esa ansiedad. En la intersección misma donde la política deja de ser una práctica, una relación de fuerzas o una capacidad de transformación. Se vuelve un objeto extraño y hostil, habitado por acuerdos secretos que solo los sobreinformados podrían descubrir. El problema es que su exceso de información no los acerca a la realidad, sino que los hace sobregirar sobre ella. Consumen tantos mensajes, trascendidos y operaciones que terminan en una forma de sonambulismo lúcido. Caminan con los ojos abiertos, pero ya no pisan el suelo.
¿Por qué negarlo? Pagni tiene una dramaturgia: una forma elegante de ordenar los hechos para que el poder material desaparezca del cuadro y el peronismo vuelva a mirarse el ombligo mientras otros gobiernan.
Pero Pagni no produce solo esa mercancía. Encuentra una demanda. La antipolítica también se practica desde adentro de la política.
En estos días escuché a una dirigente del peronismo cordobés decir: “La política no está ofreciendo nada a la gente”. La amnesia de su propia función se esparce entre dirigentes que hablan de “la política” como si fueran quinieleros: calculan tendencias, anuncian derrotas y describen el clima desde una posición imaginariamente exterior.
Ante una realidad cada vez más adversa y difícil de transformar, muchos referentes cruzaron el alambrado de la política al análisis. Ya no quieren producir un acontecimiento: quieren explicarlo. Sueñan con un 17 de octubre desde un estudio con aire acondicionado en 24°. La época en la que urge una charla masiva de orientación vocacional.
Esa retirada también tiene su versión literaria. Chiquitita. Dispensada en las llorerías editoriales , la impotencia política se disuelve en un costumbrismo lleno de conversaciones providenciales que siempre llegan para confirmar el desaliento del narrador (y del lector). Como en una novela nunca escrita con el tono del Federico Luppi de «Martín Hache», donde la Argentina siempre es una trampa, donde siempre te cagan. Y hay que estar atento, «verla» frente a una persiana baja, mirando con claridad como todos simulan, todo se arregla en un sótano y nadie puede hacer nada.
El cansancio personal se disfraza de diagnóstico nacional. La escena denuncia el cinismo y, al mismo tiempo, lo alimenta: si la política es apenas una sucesión de pactos, imposturas y derrotas pintorescas, la única posición disponible es el cinismo depresivo. El que conoce la enfermedad, redacta el parte médico y contempla desde afuera cómo se muere el paciente.
Alrededor de esa retirada crece una fauna complementaria que consume esta hipótesis de Pagni con la voracidad de un perro en busca de agua. Peronistas capturados por una versión idealizada de su juventud, convencidos de que les fueron negados lugares que alguna vez les correspondieron. Como tábanos sin cabeza, deambulan por el comentarismo digital, y convierten su impugnación interna en mercancía para terminales mediáticas adversarias.
Se abre, lector, un tenso año electoral, y con el, un gran taller. Un taller donde se comercializa el desencanto. Dirigentes, periodistas y escritores terminan compartiendo el mismo balcón. Abajo queda la política, convertida en un objeto extraño y hostil que todos describen y nadie parece obligado a ejercer.
Pagni es el dealer elegante de ese consumo problemático. Conoce a sus adictos, la dosis que reclaman y el modo de cortar el rumor con intriga palaciega para que parezca información reservada. No les ofrece conocimiento, o sabiduría; les administra una inyección de confirmación que calma por unas horas la abstinencia de explicación.
Pagni acompaña a sus consumidores hasta la puerta del cementerio. Les señala las tumbas, ordena los epitafios y les explica quién enterró a quién.
Pero no entra.
Ellos sí.
El problema no es que Pagni venda esa mercadería. Hace años vive de eso, y lo hace bien. Muy bien.
El problema es el consumo problemático de antikirchnerismo en las filas del peronismo.
Porque en política nunca hay que consumir la que se vende.
Mucho menos si la vende otro.
El malestar existe. Lo que no existe es una conducción capaz de organizarlo políticamente contra el único proyecto nítido de la época, aunque sea contrario a los intereses nacionales: el de Milei.
PD: Este tipo de textos —incluido este— se autodestruirá el día en que aparezca aquello de lo que carecemos desde hace años: conducción política.

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