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Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas
Un pasito para el frente
Axel Kicillof, producto mejor terminado y último logro institucional del kirchnerismo, es ahora presidente del partido más importante de la provincia de la que, también, es gobernador. Una provincia con tantos votantes como problemas. Ahora, con prácticamente todos los formalismos en el checklist, para cumplir la sana costumbre parricida del peronismo y constituirse como su líder principal, no le queda otra que conducir algo más que “lo propio”. Trauma crónico del político de hoy.
Es temprano para arriesgar y decir que Kicillof cumplirá el ritual parricida de “matar al padre”, pero a esta altura cualquier cosa sería mejor que gritar ante la multitud “¡síganme, no los voy a conducir!”.
Lo cierto es que si el gobernador quiere tener, literalmente, derecho al futuro, debe ampliar su armado y diversificar la paleta de colores ideológica más allá de la centroizquierda, lo que indefectiblemente lo obliga a ampliar y a federalizar aún más su mesa chica, evitando dar pasos en falso. Su desafío no es dinamitar el kirchnerismo, operación que sería similar a una amputación, sino metabolizarlo en una identidad menos nostálgica y con mayor capacidad de apertura.
Convertido ya en presidente del PJ, tiene dos años para dejar de ser un algodón entre cristales y construir una silueta presidencial que se reconozca a simple vista como propia. Sin embargo, vale aclarar que ningún análisis político sensato puede sugerir que San José 1111 no seguirá siendo un centro gravitacional para las decisiones, incluso en el armado de ese rumbo. La figura de Cristina representa un proceso social, no un fenómeno estético, como quisieran los muchachos post kirchneristas, de los que nos ocupamos hace unos meses y nos volveremos a ocupar más adelante.
Ya no hay excusas. Este “paso al frente” de el ex Ministro de Economía de CFK no sólo le da un peso político mayor que el que tenía ayer, sino que también lo sienta, le guste o no, en el mostrador donde van a golpear todas las demandas, refunfuños, pedidos, ansiedades y esperanzas de ese peronismo silvestre e intuitivo que está solo y espera.
El puente chino que “la compañerada” le tiende a cualquier líder con pretensiones de calzarse el antiflama es bastante predecible. El repertorio implica, por lo menos, empapelarlo de solemnidades, someterlo a tests rigurosos de peronismo, exigirle pruebas de liturgias en sangre y organizar romerías para adivinar, en alguna serigrafía de Carpani, cuál es el verdadero mandato histórico. El RENAPER del peronismo funciona las 24 hs, aunque fuentes allegadas a su sede central señalan que la concurrencia ciudadana es, como mucho, modesta.
Al mismo tiempo, la jugada obliga a esta porción liderada por Kicillof, a consolidar una perspectiva nacional, con todo lo que eso implica en términos de agenda, cuadros y mirada de país. Es decir, de cara a las presidenciales no solo se debe discutir con Milei hacia afuera, sino hacia adentro, contra la línea editorial oenegeísta multifinanciada—fundaciones que revolean becas, observatorios, newsletters y think tanks de los que todos los politizados conocemos los nombres— que con elegante sigilosidad se ofrece como usina, no ya de cuadros, sino de “líderes”.
Un “gestionismo” de laboratorio recorre la especulación electoral: prolijo, extremadamente porteño centrista, feliz de administrar, desde oficinas bien iluminadas con aire en 24, café de especialidad y buenos diseñadores gráficos, los restos de acumulación política que el peronismo todavía, aunque a duras penas, produce en el territorio. De modo que no es ninguna novedad que si el peronismo no logra producir su propia camada de dirigentes y su propia lectura del mundo, esa arquitectura tecnocrática le va a copar la parada. ….y después, que importa del después: a llorar al campito. Esto no es un prejuicio, queridos lectores, sino memoria (quizás un tanto dramática, es cierto) de un peronismo intelectualmente pasivo haciendo fila india detrás de la imaginación política progresista de temporada alta para, pasado el entusiasmo con la tropa de “caras nuevas”, denunciar el “copamiento” y la “infiltración” de esas agendas en su propia casa. Coletazos del fracasado gobierno de Alberto Fernández se asoman como ingratos recuerdos de cualquier peronista de a pie, pero también como una alerta temprana de cara al futuro.
La realidad: el hecho maldito de la política ideologista
Lo cierto es que desconocemos si el gobernador tiene por objetivo, en la construcción de su perfil presidencial, disputar el sentido común que viene fabricando, de modo muy profesional y «aesthetic», ese ecosistema oenegeísta. Lo que sí parece bastante claro es el panorama puertas adentro de la familia peronista. Allí no lo espera ninguna paz de cementerio, sino una larga sobremesa de primos con rencillas más coyunturales que programáticas.
En esa mesa larga, de un lado, los primos con más ganas de cantar “mientras más alto trepa el monito” que de entonar nuevas canciones, dicen que hace falta una «nueva estatalidad», como lo plantea CFK, aunque no se sepa bien todavía en qué consiste. Y si bien toda la dirigencia coincide en que hay que renovar ideas y métodos, el runrún generalizado (o el prejuicio, si se quiere) es que los anillos que rodean a la ex presidenta no tienen ni la capacidad ni la visión para encarar esa revisión. Consejos de futbol y teorías del cerco, persisten.
Por otro lado, aparece la sensación de que el modelo de «Estado Presente» (ese que algunos cruelmente llaman «soviético») no da para más. No sólo porque suena viejo y poco tiene que ver con la promesa de nuevas canciones, sino porque termina encajonando al kicillofismo todavía más en la centroizquierda. Un corset ideológico con demasiados reparos frente a los contornos del más instintivo conservadurismo popular —abundante en la estepa bonaerense profunda y en el interior del país, y arte bien manejado por intendentes—, rasgo constitutivo de los orígenes del peronismo que la fórmula Perón-Quijano supo condensar. Hoy esa tradición le queda demasiado lejos: entre la sumisión a lenguajes importados, el repliegue hacia agendas de minorías y la dispersión en microcausas por incapacidad para leer y actuar sobre el cuadro histórico general.
En el peronismo la pulsión por distribuir riqueza no ha logrado equipararse con una similar para generarla. Y más allá de estas discusiones familiares por los terrenos, lo seguro es que la arcilla ideológica de una nueva concepción de Estado no puede reincidir en semejante desatino. Esto, claro está, es producto de una crisis filosófica de sus dirigentes que venimos señalando en este espacio hace al menos cinco años. Vale la pena recuperar algunos fragmentos de esos textos, no por gusto de auto citarnos, sino por un ejercicio de cohesión temporal de la misma idea: la necesidad de pensar en argentino.
Antes de las elecciones de 2023, escribimos un largo artículo denominado “¿La sociedad se corrió a la derecha, o el peronismo se corrió de la sociedad?”. Allí sosteníamos que:
“lo político experimentaba el descenso permanente hacia los particularismos, en detrimento de las agendas de mayorías, lo que ha generado un deterioro fenomenal en el enfoque de las políticas públicas, que le han quitado prioridad al abordaje de los macro conflictos para orientarse a los micro conflictos. Desde estas anteojeras ideológicas, cada componente de la sociedad amerita una atención específica que se relaciona con su vulnerabilidad histórica como minoría. Y no es que las agendas de mayorías y de minorías sean mutuamente excluyentes. Es un tema de prioridades.(…) La orientación de muchas políticas priorizó el sostenimiento de ciertos vínculos identitarios pero en un antagonismo directo con el territorio común, que es el que verdaderamente está agobiado por problemas estructurales de una Argentina que más que resolverlos, los arrastra hacia adelante…’
En síntesis, el dilema histórico de la política argentina es que ni sus avatares de derecha ni los de izquierda, son nacionales. Por consiguiente, las soluciones propuestas desde estos espacios tampoco lo son, por lo que explican, en gran parte, la recurrencia de los ciclos de frustración económica y social en el país.
Por supuesto que en todos los espacios hay muchos dadores voluntarios de conservadurismo como de progresismo , pero en uno que se supone en construcción de algo nuevo, lo lógico sería abrir la paleta, mezclar tonos menos obvios y probar una síntesis más heterogénea. Gente que no sólo frunza el ceño ante “la barbarie libertaria”, sino que comprenda por qué hay personas que antes votaban al peronismo y hoy sostienen, con convicción, a quienes lo combaten. De lo contrario será imposible elaborar un curso de acción para que esa realidad, eventualmente, cambie.
Los muchachos post kirchneristas
Nosotros sostenemos hace un buen tiempo que en la política argentina actual abundan los síntomas de una transición inconclusa. Los muchachos post kirchneristas nacen en una angustia crepuscular. En la intersección donde el kirchnerismo sigue organizando lealtades y rechazos, pero ya no alcanza para estructurar futuro, y sus posibles reemplazos todavía no logran encarnar algo distinto. Hace al menos dos décadas que se decretan su final o su “superación” en libros, columnas y papers. Pero las sociedades y las tradiciones políticas no cambian tan rápido. O por lo menos no a la misma velocidad que el diluvio opinológico.
En ese interregno, este sector empezó a leer en Axel Kicillof, como posible símbolo transicional de una “superación” que nadie terminó de elaborar. Es por este detalle no menor, que el hoy presidente del PJ tendrá que aprender a caminar esa cornisa, habilitar la invención de una etapa nueva para quienes quieren dejar atrás el ciclo K (Desde Carlos Pagni hasta Luis D´elía) sin terminar bebiéndose los jugos más ácidos de la ansiedad postkirchnerista. Una ansiedad que oscila entre el «fuego amigo» (que busca una nueva línea fundadora) y el «círculo rojo» (que solo critica los vicios procedimentales del modelo mileísta, no su raíz).
Se trata, entonces, de una matriz que obviamente desborda al peronismo, atravesando al antiperonismo en sus diferentes polígonos -radical, macrista, progresista—, pero en este texto nos ocupamos de su versión doméstica, es decir, la rama peronista de ese postkirchnerismo que busca distanciarse del «ser K» sin lograr una identidad clara.
Sabemos que buena parte del ecosistema fundado por el viejo líder se dedicó estos años a una suerte de paleontología peronista. Esto dio como resultado, al menos en términos culturales, un peronismo en modo OnlyFans, encapsulado, entre mosaicos idénticos a sí mismos (o de lo contrario expulsables), más ocupado en diseccionar el pasado que en producir algo vivo para el presente. Del convite participan todo tipo de nostálgicos: almas ancladas en su juventud política, comunicadores -o aspirantes- que critican las falencias del kirchnerismo. Sus techos operativos. Cronistas de debilidades que señalan deficiencias con diagnósticos agudos e histeriqueos mediáticos, creyendo que criticar agudamente puede cambiar la realidad.
De fondo, en la ceremonia postkirchnerista, se escucha un ruido blanco compuesto de pujantes llorerías editoriales repletas de gente enojada, aguda, con cuentas para cobrarle a “la década ganada”, que busca purgarse de ese pasado pero sin trascender el deporte de la pirotecnia verbal, clásico de la conversación digital.
Resta saber si Kicillof, quien hoy queda en mejores condiciones de liderar que cualquier otro dirigente, logrará esquivar el veneno amable de esos muchachos. El desafío, ya no para liderar, sino para conducir, es ser catalizador de una etapa nueva, sin ser rehén de la neurosis postkirchnerista.
Alguien contra quien perder
Decíamos el año pasado que había que pasar el invierno para que el movimiento «anti Milei» decidiera qué quiere ser cuando crezca: cuando se termine de consumar el paso de una edad geológica a otra, cuando el gobierno envejezca de modo terminal y el peronismo vuelva a tener permiso social para bañarse en la fuente de la juventud.
Lo cierto es que queda mucho por delante, pero el principal andamiaje de gobernabilidad del oficialismo es, hasta hoy, la calidad de la oposición, todavía en fase de fermento lento. Es bastante probable que, ante las inconsistencias evidentes del plan económico en el mediano plazo, Milei baje en intención de voto a lo largo del año a pesar de las metodológicamente dudosas encuestas que hoy circulan; nada en ese movimiento, sin embargo, habilita la fantasía de un beneficiario automático. Que el termómetro marque fiebre no convierte al termómetro en remedio, ni al peronismo —ni a Kicillof— en solución por descarte.
La sobrevida política de este peronismo dependerá de si es capaz de reconstruir puentes con esa Argentina del tercer tercio que hoy le da la espalda; de aggiornarse doctrinariamente sin anclaje propio, abrirse a nuevos actores, mejorar la calidad del funcionariado que ejecuta sus programas y actualizar la escena hacia lo que las nuevas generaciones esperan. Pero sobre todo, de no repetir una experiencia como la del Frente De Todos.
No hace falta un peronismo misionero que se proponga «salvar a Occidente» de su decadencia, una batalla que tiene hondamente conmovido a su mejor soldado, Javier Milei; con que vuelva a ordenar esta casa llamada Argentina, ya sería bastante revolucionario. De lo contrario, estaremos otra vez frente a una remake de la Alianza cuando Mariano Grondona decía: “aprobamos la materia economía (con Menem), ahora avanzaremos hacia la prolijidad institucional”.
El dilema que enfrenta el país en general y el peronismo en particular no es otro que elegir entre una sumisión resignada a las agendas externas —ya sea el fundamentalismo de mercado de Milei o la agenda progresista foránea— que prometen un orden ilusorio a costa de la soberanía, o la construcción de un proyecto nacional que se reconozca en su propia historia para, de una vez por todas, ordenar la casa sin hipotecar el futuro. La primera vía conduce inexorablemente a la reiteración del fracaso; la segunda, al rescate de la autodeterminación.
No sólo Milei, sino todo el andamiaje político y cultural de este neoliberalismo aceleracionista necesita, parafraseando a Pablo Semnán, alguien contra quien perder. El peronismo, por su parte, necesita algo más: ya no es sólo quién puede, sino quién, de verdad, quiere ser su propio jefe.





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