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El arte de ganar, perdiendo

Tiempo de lectura 6 minutos

@zoncerasabiertas

Justo después de las elecciones de septiembre, en “Tú no has ganado nada” , decíamos que en la Provincia de Buenos Aires el músculo se llamaba intendentes: los que, como decía García Márquez, apostaban a salvar la ropa, aunque se perderan algunos muebles. Y es que, en un clima de apatía, la representatividad de los líderes municipales es el último bastión relativamente sano del vínculo entre ciudadanía y política. Desde ese engranaje empieza a ordenarse el resto. El 26-O confirmó esa ley de hierro: el vendaval libertario pasó sin freno.

Pero vamos un poco hacia atrás. El cierre de listas del peronismo —lejos de ser una “sorpresa” o una “decepción” de último momento— fue más bien el reflejo lógico del estado actual de este longevo movimiento . Se privilegiaron los pactos entre facciones en lugar de apostar a una renovación genuina. El ejemplo más claro fue Buenos Aires: la designación de Jorge Taiana como cabeza de lista estuvo impulsada por el espíritu de entronizar al menos cuestionable hacia adentro aunque no sea el más competitivo hacia afuera. Una movida de consenso para “contener a todas las tribus” internas, no una jugada pensada para ganar votos. Los resultados del 26-O terminaron de exhibir el precio de esa comodidad. Esta autoindulgencia explica por qué sus listas se arman pensando más en el equilibrio interno que en reconquistar a un electorado desencantado. 

La dirigencia peronista realmente existente luce, hace demasiado tiempo, intelectualmente pasiva y agotada en recursos políticos, reducida a un mero amontonamiento de intereses corporativos y de “orgas” aferradas a parcelas de poder. Y ya no está Alberto Fernández ni ningún “Consejo de fútbol” para echar culpas del loteo. Es el venir de un peronismo de “bandas”, cuyos intereses de facción cancelan cualquier orientación al bien común . La «unidad» son los padres.

Tras haber gobernado 16 de los últimos 25 años, el peronismo se encuentra cómodo incubando sus disputas en un inquilinato opositor que ya ni sorprende. Como se ha señalado, ha llegado al lujo de ser opositor, incluso de sus propios gobiernos. No es útil la autocrítica. Ya es tarde para eso. Si hasta la autocrítica se transformó en un kiosco agotado, pasado de moda, estéril. El pueblo argentino ya sacó sus conclusiones. 

Demoliendo hoteles ya demolidos

Los resultados del 26-O confirmaron, además, un fenómeno geográfico y simbólico: la marea violeta llegó de Ushuaia a La Quiaca, y hasta la Antártida . En Tierra del Fuego, Jujuy, Concordia y Chaco —territorios de pobreza estructural— La Libertad Avanza superó el 45 % de los votos. En La Plata, donde en septiembre había ganado Fuerza Patria con 44 %, el voto se dio vuelta: el 44 % fue libertario. En la provincia de Buenos Aires, incluso distritos históricamente peronistas como Merlo o Presidente Perón registraron picos de la izquierda, pero sin volumen real frente a la ola nacional. 

Tras casi dos años de gobierno de Milei, su impacto político parecía haber tocado un techo: seguía dominando el escenario, pero ya no sorprendía ni ilusionaba como al principio. La fe libertaria, de dudosa religiosidad, empezaba a diluirse. Pero , de todas maneras, nadie parecía querer profesar la de sus adversarios.

Incluso en su hábitat natural —las redes sociales— la voz de Milei había perdido tracción. Las mediciones mostraron una caída abrupta en sus menciones y engagement digitales respecto al pico de hace un año . Se podría decir que el fenómeno se estabilizó en una base intensa, sí, pero consideramos que es insuficiente para ampliar la mayoría. Y decimos esto porque así como el llamado de atención de las elecciones de septiembre fue un evento de castigo al oficialismo más que un premio a la oposición, el rechazo al peronismo es el verdadero motor de los resultados de la victoria libertaria. La polarización empedernida.

Ni el peronismo está muerto para siempre por presentar listas deslucidas o magros resultados electorales, ni Milei tiene garantizada una luna de miel eterna con el electorado. Las tendencias profundas —el hartazgo ciudadano, la demanda de integridad y eficacia, el anhelo de un futuro menos incierto— siguen ahí, como la lava de un volcán, operando por debajo de cada contienda electoral. 

Conurbanizados

En 2024 decíamos que la conurbanización del peronismo operó como una de las principales mutaciones de la política argentina de las últimas décadas. La reconstrucción de la experiencia de Gobierno Menem – Duhalde ayuda a entender cómo este último expresó el poder ya sedimentado del conurbano bonaerense, funcionando como soporte pero también como límite al liderazgo de Menem. Esa acelerada concentración de poder e intereses en Buenos Aires ha conspirado contra el componente federal del peronismo, y ha hecho que los peronismos provinciales se replieguen sobre sí mismos.

Lo cierto es que el peronismo volvió a quedar confinado a su enclave bonaerense: perdió anclaje nacional y se redujo a una maquinaria conurbana -con huelga de maquinistas, es decir, intendentes- que mira al resto del país como periferia. Lo que alguna vez fue un proyecto federal se transformó en una administración territorial sin horizonte de renovación. Ese proceso, que comenzó con Duhalde cuando el voto bronca consolidó su poder en Buenos Aires, fue luego perfeccionado, hasta el sobreajuste, con los años. Tanto que ha logrado convertir un movimiento en un partido del Conurbano.

Lo hemos mencionado en varios artículos: el peronismo hoy es una cosa que ocurre dentro de la política pero fuera de la sociedad. CFK como figura más vigorosa de un movimiento macho se explica más por orfandad que por cálculo. Así las cosas, su sector, por ahora, queda encerrado en un departamento de Constitución y espera instrucciones. Un sector de “leales” que de vez en cuando finge rebeldía pero donde casi nadie, excepto Sergio Massa, quiere ser “su propio jefe”.

No es que el justicialismo esté destruido, más bien parece anestesiado en su zona de confort tras años de choferes, yerba orgánica y casas con pileta. O pera en cámaras de eco que ya no perforan a nada más que a sí misma.

El gran ausente en el largo movimiento es el “tipo común”, que ya no rechaza a un nombre, sino a una escena: a los funcionarios, los ex funcionarios, los mismos músicos y artistas nostálgicos, los “hagoveros”, y los restaurantes temáticos de Palermo. Ahí es donde el espejo devuelve otra imagen incómoda. Una dirigencia que padece del mismo mal que los núcleos duros y las periferias que la sostienen: la inautenticidad. Todos alimentados de cosas que no contribuyeron a gestar. Administradores de herencias. Empleados de una pyme (y no tan pyme) que se expande y fortalece en la misma medida que el rango de acción política y densidad federal del peronismo se achica. 

Un querido amigo, militante, ultra kirchnerista, solía resumir así las derrotas desde 2013 en adelante: “perdimos en votos, pero ganamos en militantes” conviene no caer en la coartada elegante de la “sociedad rota”: ese lamento confortable de la clase media ilustrada que mira a distancia. Que frunce el ceño ante la nueva «barbarie».  Las víctimas vitalicias del club de “esto es demasiado horrible”, que reaccionan ante la realidad con huida o negación. 

Subir la intensidad hacia adentro para perder alcance hacia afuera se ha convertido en un arte de este peronismo. Lo que se dice, el arte de ganar perdiendo. 

Lo nuevo, lo inesperado, lo que no “estemos pidiendo” es lo único que cabe esperar como aire fresco de mediano plazo. Todo ocurriendo en el seno de un pueblo impredecible, que no se puede cartografiar con escuadra y compás, y en el que conviene seguir teniendo fe.

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