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Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas
El Senado aprobó en general, por 37 votos contra 33, la llamada Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada. El Gobierno debió retirar los capítulos III y IV, referidos a la extranjerización de tierras y a la Ley de Manejo del Fuego, pero consiguió la media sanción del resto del proyecto, que mantiene reformas sobre expropiaciones y procedimientos de desalojo.
No fue una derrota total del oficialismo ni hace falta imaginar un poder oculto moviendo todos los hilos. Hubo una concesión importante del Gobierno y, al mismo tiempo, una ley recortada que siguió avanzando hacia la Cámara de Diputados.
Esa es la materialidad del resultado parlamentario. No necesariamente la del resultado político.
El Gobierno perdió los capítulos que habían tocado un nervio social, nacional y federal: la extranjerización de la tierra y la posibilidad de disponer con mayor libertad de superficies afectadas por incendios. No porque la oposición haya encontrado finalmente una conducción, sino porque aliados provinciales y senadores patagónicos entendieron que no podían pagar el costo de acompañarlos.
El oficialismo, mientras tanto, volvió a demostrar que solo comprende dos posiciones: obediencia o traición. Argentinos de bien y argentinos del mal. Cuando pierde votos no revisa el proyecto, las condiciones ni la correlación de fuerzas.
Busca culpables.
Patricia Bullrich explicó que la ley completa podría haberse aprobado antes, pero que el caso Adorni y después el Mundial demoraron el tratamiento. Joaquín Benegas Lynch, vocero del linaje inmobiliario, llamó “tibios del medio” a los mismos aliados de cuyos votos depende La Libertad Avanza para construir una mayoría. Lo hizo mientras defendía su banca de un pedido de impugnación por tener una empresa que asesora a extranjeros interesados en comprar campos.
“Es parte del barro político”, dijo, mientras hundía los pies en ese barro.
La oposición, usando las tipografías de la bandera de Malvinas y performando en redes sociales, logró retirar los capítulos con mayor potencia simbólica y territorial: una interpretación más restrictiva de la utilidad pública para las expropiaciones y procedimientos más rápidos para los desalojos, incluidos los inquilinos con contratos en atraso.
La senadora Alejandra Vigo, hablando desde adentro, contó que el dictamen tuvo dieciocho o diecinueve versiones y que ni los propios legisladores sabían cuál era la redacción definitiva a la hora de votar. Esa imagen dice más sobre el estado del Congreso que cualquier análisis.
Gobernadores, bloques provinciales y aliados ocasionales pueden acompañar al Gobierno un día y frenarlo al siguiente, según el costo que una iniciativa descargue sobre sus territorios. Esa elasticidad sirve para corregir los bordes de un oficialismo que, aun en hemorragia, sigue avanzando.
Milei sufrió un retroceso verdadero. Afuera del Congreso hubo movilización, represión, once detenidos y heridos. A eso se sumaron los intereses provinciales y la propia incapacidad del Gobierno para administrar sus alianzas.
SIn embargo, vale señalar algo poco asumido: que el Presidente puede perder contra su rigidez, su arrogancia y sus propios escándalos sin que aparezca, por esa sola razón, alguien capaz de derrotar políticamente su proyecto.
Por enésima vez, la oposición rasca en el fondo de la olla otra narración con olor a victoria pírrica. Pero todavía no percibe el olor nauseabundo del agotamiento social que la incluye de manera preponderante entre sus blancos de castigo futuro.
Debajo del recinto conviven dos formas del cansancio. La de quienes dejaron de seguir la política, ya no por enojo ni por una retirada ideológica, sino por hartazgo puro. Miran el Congreso como quien observa la repetición de un partido que hace tiempo dejó de importarle. Saben que en algún momento deberán volver a votar, pero les cuesta imaginar qué diferencia podría cambiarles la vida. Para los muchos la política se volvió un ruido blanco. Un canal encendido en la cocina mientras hacen otra cosa.
También están quienes todavía miran con algún dejo de expectativa. Militantes viejos, votantes fieles, personas capaces de distinguir los capítulos III y IV, leer el reglamento del Senado y recitar de memoria las traiciones de la última década. No se fueron. Pero tampoco saben adónde ir.
Después de ver caer los dos capítulos más peligrosos, se sentaron frente a la pantalla y volvieron a preguntarse con quién, para hacer qué. Kicillof, Cristina, Massa, la CGT, los intendentes, los movimientos, los streamings” kukas”: cada uno les habla en un idioma que alguna vez reconocieron y ahora les suena a mero acompañamiento terapéutico para soportar la crisis
No es que no quieran creer. Ya no encuentran dónde depositar la creencia sin sentirse unos imbéciles.
Arriba, la dirigencia continúa coreografiando su exhibicionismo mutuo para una platea cada vez más estrecha. Política para políticos champagne. El OnlyFans de esta generación dirigente: asesores, periodistas, politizados de redes y pasilleros con canales de streaming mirándose entre sí. Todos creen estar produciendo un acontecimiento porque lograron ocupar un recorte.
La dirigencia argentina se parece cada vez más a esas casas del mercado inmobiliario que salen impecables en las fotos. Pintura fresca. Luz bien puesta. El ángulo preciso para disimular la humedad. Pero después uno entra y descubre los costos ocultos. Los cimientos están podridos. Las cañerías pierden dentro de las paredes.
La política se volvió una provincia separatista y autónoma de la realidad. Allí se confunde circulación digital con representación. Negociar ya no parece articular intereses, sino administrar los códigos internos de una tribu.
Este es el escenario donde no sorprende que Myriam Bregman puede volver a subir en las encuestas de los medios opositores y presentarse como conciencia moral de la nación, una Lilita Carrió con bagaje trotskista, mientras el bloque al que pertenece no toca el problema real de nadie. El símbolo perfecto de la época. Transperonismo de las pantallas para transperonistas en fuga. Hábitos tóxicos. Prácticas muertas en vida. La época de las supervivencias tóxicas.
Una generación de dirigentes permanece en pie no porque conduzca ni gobierne, sino porque aprendió a habitar una estructura que pierde legitimidad mientras conserva a sus inquilinos. La sobrevida como oficio. Presentar cada retroceso como una maniobra y cada concesión como una prueba de astucia. Destrezas útiles para conservar una carrera, pero letales cuando se las confunde con la política misma.
Ninguno de nosotros puede responder con claridad qué fuerza social se quiere organizar, qué interés se pretende representar, qué país se intenta construir. Esperamos las coordenadas de una dirigencia se limita a habitar.
La parte de la sociedad que todavía espera algo de la política canta en su cabeza un cantito de cancha:
“Jugadores, la c_ _ _ _ _ de su madre, a ver si ponen huevo”….
No es antipolítica, sino el frío cálculo racional de “elegir no creer” en quienes no dan un solo motivo para hacerlo. Mientras tanto, la casta del comentario digital cree que la política son los mensajes de WhatsApp, las tertulias y los acuerdos de pasillo.
Hace unas semanas escuché a una dirigente del peronismo cordobés decir: “La política no está ofreciendo nada a la gente”.
La amnesia de su propia función se esparce entre dirigentes que hablan de “la política” como si fueran quinieleros. Ante una realidad cada vez más adversa y difícil de transformar, muchos referentes cruzaron el alambrado de la política al análisis.
Ya no quieren producir un acontecimiento. Quieren explicarlo. Sueñan con un 17 de octubre desde un estudio con aire acondicionado a 24 grados. La época en la que urge una charla masiva de orientación vocacional.
En suma, la aritmética parlamentaria dirá que el oficialismo perdió más que la oposición. Es cierto. Los aliados provinciales cobraron el peaje de sus votos y regresaron a sus provincias.
Afuera, casi nadie sintió que alguien hubiera hablado por él. Y no hacen falta los pactos secretos para explicar este deterioro. Tampoco una inteligencia sobrehumana capaz de descubrir hilos invisibles.
Alcanza con mirar los cimientos de cómo el espectáculo autocelebratorio de la política, con sus lenguas muertas, autorreferenciales y autoindulgentes, va erosionando día a día los vasos comunicantes con un gran afuera que no para de expandirse. Un gran afuera que, por cierto, es el mismo que catapultó a este presidente que nadie vió venir.
Milei puede extraviar aliados en el laberinto parlamentario o encadenar derrotas tácticas, pero conserva una ventaja de la que carece su oposición: expresa una coalición con intereses materiales nítidos y una lectura, por ácida que sea, del hartazgo social. No es un loco suelto; es el emergente de una voluntad que sabe qué demoler, aunque en el proceso no logre —o no le interese— distinguir qué cimientos quedan en pie. Del otro lado, el peronismo sobrevive atrapado en su propia inautenticidad, orbitando un desierto semántico donde la política devino curaduría estética para una platea digital que ya no reconoce.
Mientras el oficialismo sobreactúa una fortaleza de cartón, la oposición se recluye en el sonambulismo de esperar que la realidad derrote sola al gobierno. Muchos están dispuestos a “esperar que estallen las contradicciones entre relaciones económicas y sociales”, aunque nieguen esas bibliotecas y hábitos mentales en su haber. Pero la inercia no constituye una política. El péndulo de la historia puede volver sin que eso signifique, necesariamente, que regrese hacia nosotros; la renovación no nacerá de un rito de caras nuevas en el OnlyFans dirigencial, sino de la capacidad de leer la sociedad que mutó debajo de sus pies mientras ellos se profesionalizaban en la burocracia de sus propios ecosistemas.
El desafío urgente trasciende la mera reacción defensiva. Los argentinos no habitan un desierto cívico, sino una sociabilidad fragmentada y exhausta que persiste en clubes, sindicatos y redes familiares. El problema político es articular esa vida en común, devolverle un sentido nacional y construir una confianza colectiva que no se agote en el rechazo. Antes de preguntarse quién encabeza la próxima lista, el peronismo debe responder para qué quiere volver a gobernar y a qué sociedad pretende organizar, abandonando el rol de espectador de su propia decadencia para volver a producir un acontecimiento vivo.
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