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El juego sagrado

Tiempo de lectura 6 minutos

Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas

Maracaná. Qatar. Dos Copas América. Otra final del mundo. La enfermera que se llevó a Diego en el 94 podría haber ido a buscar al Chiqui Tapia dentro de un guion conspirativo -o no lo suficiente- que recién empieza. Más rápido todavía llegó el diagnóstico sobre el país racista, sionista, fascista o conservador en el que, según Samuel L. Jackson, nos habríamos convertido. El beneficio de la duda acerca de cómo los yanquis interpretan, desde su extensa ignorancia futbolística, un acontecimiento como el Mundial dura poco. “Qué boludos son los yanquis”: esa prosa, pronunciada en dialecto francés, resuena en la cabeza del futbolero. Y acaso alcance como juicio sociológico. Detrás de tanta pretensión universal hay un provincialismo imperial: la costumbre de mirar cada país como si fuera un suburbio moral de Alabama y al mundo entero como la pantalla donde Estados Unidos proyecta su guerra civil interminable y decadente.

Pero vamos a la importante: nosotros y el fútbol. 

Durante noventa minutos ocurre una sucesión irrepetible de decisiones, intuiciones y errores que nadie puede corregir desde afuera. Todo sucede una sola vez. El fútbol sigue siendo uno de los pocos lugares donde la acción conserva supremacía sobre el comentario. Está relativamente libre de obesidad argumental.

Ya no se trata solamente de una generación talentosa. Hay titilando en el aire un conjunto de valores que el público argentino quiere, elige, necesita reconocer: el esfuerzo, la paciencia y el respeto por lo grupal, que dejan de sonar durante un rato como palabras extraídas de una conferencia empresarial o de un discurso de Cachito Vigil. Atravesar el desgaste, procesar la crítica, corregirse sin dinamitarse, perder contra alguien mejor. 

La política y ciertos pliegues del arte han hecho del simulacro una rama profesional. El fútbol conserva algo que otras dimensiones de la vida han extraviado: en la cancha no existe la posibilidad de fingir demasiado tiempo. Después de un rato, el partido obliga a todos a ser exactamente lo que son. Pregúntenle a los ingleses después de enfrentar a los argentinos. Pregúntenle a los argentinos después de enfrentar a los españoles. 

El fútbol sigue siendo obstinadamente carnal. Ninguna teoría reemplaza un pase bien dado. Y eso tiene un efecto inesperado. Nos obliga a volver a creer en las conductas. No en los discursos. En las conductas.

El placer de ver una pelota bien jugada. La pausa del que levanta la cabeza cuando todos corren. El pase filtrado que encuentra un corredor donde parecía no haberlo. El lateral que llega hasta el fondo sabiendo que deberá desandar el surco. El delantero que descubre medio segundo dentro de un área llena de piernas. Y también su reverso necesario: la furia doméstica de insultar una pantalla porque Mac allister requiere demasiado tiempo para circular la pelota. En la Argentina, el espectador no se limita a mirar: ocupa imaginariamente un lugar en la jugada. Durante noventa minutos, la distancia entre la cancha y el living se vuelve una ficción. 

La simpleza de ver jugar bien no necesita una teoría de la nación para justificarse, ni condimentos ideológicos extras. El fútbol tiene eso en su raíz. La misma picardía de la  esquina del barrio se transmuta en un estilo de juego argentino. Esa máxima tan austera como definitiva, el «primero tocá y después corré» que Menotti solía invocar con la nostalgia de quien custodia un secreto sagrado aprendido en los rincones del tiempo.

Lo que esta Selección produjo germinó, antes que nada, del amor por el juego sagrado en un mundial jugado en la propia casa de quienes luchan por transformarlo para siempre en un shopping.

La sobriedad. El recato. La guapeza. La capacidad de soportar la presión. La templanza para aguantar la crítica y las operaciones sin inaugurar una llorería ni una interna a cielo abierto contra ese palabrerío espectral llamado periodismo deportivo. En lugar de eso, dedicarle los resultados y, llegado el caso, cinco minutos bien administrados de la puteada más intensa en medio de un cantito.

Durante años muchos argentinos aprendimos a desconfiar del sentimiento y a refugiarnos en su resaca: el sentimentalismo. El sentimiento acepta el riesgo de entregarse a algo cuyo desenlace desconoce. El sentimentalismo necesita contemplarse mientras siente, explicar la emoción, convertirla en una declaración. Esta generación nos reconcilió con la pasiómn elemental de poner toda la energía en aquello que dura un partido de fútbol. 

No hizo falta un patriotismo inflado. Que por suerte y desgracia  nace y muere en estos recovecos digitales. Como esas paredes viejas donde el salitre deja al descubierto lo que estaba mal hecho, el patrioterismo exagerado se descascara solo.

Esta Selección produce el efecto contrario.  Durante noventa minutos la vida consigue parecerse un poco más a lo que querríamos que fuera: una sucesión de actos irrepetibles donde todavía importan el talento, la disciplina, la solidaridad y la capacidad de levantarse después de un golpe.

Gracias por agarrarnos de la camiseta y sacarnos de esa forma del cinismo que consiste en no creer en nada, en no poder entregarse a nada sin injertarle inmediatamente un significado exterior. Gracias por poner primero al país. Por cerrar tantos ortos. 

El mundial alteró la vida argentina. No porque desaparezcan los problemas ni porque la pelota nos haga olvidar la economía o el deterioro de la vida. Nada de eso se suspende.

Lo que cambia es nuestra disposición frente al mundo.Durante unas semanas aceptamos comprometernos emocionalmente con algo que puede terminar mal. Y vale la pena arriesgarse para evitar  otra de las formas refinadas de quitarle importancia al fútbol: exigirle que represente siempre otra cosa. Reaparecen entonces los incapaces de aceptar que un partido ya contiene toda la densidad que necesita. Le agregan Occidente, la democracia, la batalla cultural, como si el juego debiera pedir prestada una importancia que ya posee. El futbolero sabe algo más sencillo: el fútbol puede decir mucho sobre una sociedad, pero no está obligado a decirlo todo.

Precisamente por eso, cuando después de eliminar a Inglaterra los jugadores levantaron una bandera que decía «Las Malvinas son argentinas», el gesto adquirió una potencia que se habría evaporado si hubiese sido encargado o administrado desde afuera. Nadie les había pedido que actuaran como cancilleres. El gesto apareció después del juego, sostenido por quienes acababan de hacer aquello para lo cual habían ido.

Una memoria nacional ingresó en la celebración sin exigirle al deporte que dejara de ser deporte. La bandera recordó que una selección nacional nunca es solo un conjunto de profesionales reunidos para disputar un torneo. Lleva un nombre, unos colores, una historia y algunas heridas que no hace falta explicar cada vez. Las anécdotas de generaciones pasadas fueron en esa victoria ante los británicos, toda la eternidad.

Nosotros conservamos esa vieja costumbre nacional de vivir algunos instantes como si, efectivamente, el mundo se jugara en ellos. Durante un mes caminamos con cuidado. Preservamos pequeñas rutinas como si fueran amuletos. Nos sentamos en el mismo lugar, usamos la misma camiseta, repetimos una comida. Sabemos que nada de eso interviene realmente en el movimiento de la pelota.

No creemos que el destino dependa de nosotros. Pero tampoco queremos faltar a la cita.

Porque existen momentos en los que dejamos la disputa gallinácea de quién tiene razón y simplemente esperamos. Esperamos juntos. Y en esa espera nos volvemos un poco mejores de lo que solemos ser el resto del año.

Sabemos —aunque sea por un instante— que hay emociones demasiado grandes para administrarlas con cinismo. Y que todavía existen acontecimientos que no merecen ser explicados.

Merecen, simplemente, ser vividos.

 

 

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