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Un lenguaje con alma

Tiempo de lectura 1 minutos

Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas

No estoy escribiendo desde el luto del fan ricotero, quien seguramente tenga cosas más importantes y sentidas que decir que yo. Porque yo no fui particularmente devoto, ni siquiera admirador ferviente del Indio. Pero su muerte la siento como si una baldosa del suelo sentimental donde camino, desapareciera. Eso me hizo caer algunas fichas.

Tengo una mirada, diría, periférica de él. Soy del interior bonaerense y a los Redondos los escuché filtrados por amigos, por la radio, por algún cd que se traficaba entre los poquísimos rockeros de mi barrio en los años 90. O por la guitarra de Skay o por las letras: por alguno de esos dos frentes Los Redondos me llegaban.

Me llamaba la atención la cantidad de personajes, paisajes, figuras, y texturas de la poesía ricotera. Quería aprenderme los solos de Skay porque me sonaban genuinos, sentidos; me emocionan hasta hoy. A las letras creo que nunca las entendí del todo, y supongo que el propio Indio escribía para que eso ocurra: para nunca cerrar la interpretación de sus letras, para que siga siendo un lenguaje vivo y sin tabiques que, cada tanto, podemos usar para significar lo que nos pasa. A muchos.

Y ahí me cae la ficha de que si un artista es quien inventa un lenguaje propio y consigue que lo entendamos, Carlos Solari es el más prolífico de todos. Un lenguaje con alma, que tanta falta nos hace hoy. El Indio sigue saliendo de los parlantes desde hace 5 décadas. Y si un noruego me pregunta cuál es la música de Argentina, hoy, tengo que recomendarle escuchar Un baión para el ojo idiota antes que cualquier otra cosa. El rock del Indio es -junto con la obra inmensa de Iorio-, para mi, el tango por otros medios. El tango de mi generación.

Por eso, probablemente , la del Indio es la obra que mejor representa la transición argentina musical desde los ochenta para acá; una argentinidad, una lectura del país y de la vida. La obra del Indio fue “la casita de los viejos” de varias generaciones.

El último gran traductor de una argentinidad real, a veces deseada, a veces padecida, se nos fue. Ahora sí, todo el asunto está en nuestras manos.

QEPD.

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