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Decíamos en septiembre del año pasado que hoy la abundancia de datos no está acompañada de calidad de información. Solo basta notar como hechos irrelevantes se convierten en sagas sobre giradas. Hay temas más interesantes y necesarios para tratar que este, por lo que seremos breves.
El tiempo de que cada uno hable solamente de lo que sabe parece no llegar nunca. Lo que se dice orden. Las cosas que perdimos en el fuego: el silencio sanitario. A cambio, obtuvimos estas filas indias de acompañantes terapéuticos de clases medias con educación superior. Asistimos, lector, a la fabricación industrial de estrategas míticos en una política que perdió espesor real, lo cual es un derivado cultural de la tiranía de la superficialidad. En este contexto proliferan libros, podcasts, análisis y editoriales de precaria calidad analítica. El algoritmo te odia, lector.
El llano de la calidad política evidencia una necesidad enfermiza de producir personajes y consumos culturales. Llegar a fin de mes nunca fue tan difícil, y que la política siga pareciendo interesante para quienes pueden pagar una suscripción a algo, tampoco. La inflación narrativa de personajes que en la mesa de los transgresores no podrían ni cebar mate, de estos “cerebros en las sombras”, es directamente proporcional a la pobreza material de la política realmente existente.
La tranquera que abrió Milei no consiste solamente en haberle dicho a “la casta” lo que una parte de la sociedad quería escuchar, sino en legitimar un lenguaje, un habitus, una forma de transitar la época; una época donde cualquiera se siente autorizado a diagnosticar, ordenar y sentenciar sobre aquello que no conoce. No es la primera vez que ocurre. En los maduros 2000, antes de la revalorización de lo político que vino después de la catástrofe, también había una irreverencia cool, televisiva, antipolítica, con CQC como síntoma más elegante de una sensibilidad que miraba al poder desde afuera, con cinismo, gracia y distancia. Después apareció Néstor Kirchner, y durante un tiempo la política volvió a ordenar el escenario.El péndulo de la historia y el optimismo de la voluntad indica que vendrán tiempos mejores, pero no mañana ni pasado mañana.
Nadie puede negarlo: una casta de periodistas, consultores, amigos de, amigos de amigos y aficionados a la rosca —educados sentimentalmente por Netflix, Borgen, Succession, House of Cards o una mala lectura de Los ingenieros del caos, el buen libro de Giuliano da Empoli— necesita creer que detrás del desorden argentino existe una ingeniería sofisticada. Demasiados jóvenes periodistas salieron a buscar villanos de época en una camada de operadores, cuentapropistas y oportunistas de ofertas inmobiliarias a la que no le da para ingenierías de ningún tipo. Esta narración solo se sostiene porque alguien, desde una redacción, un streaming o una mesa con pretensiones, necesita etiquetarlos como tal. El negocio de Carlos Pagni solo puede llevarlo adelante Carlos Pagni.
La venganza de los copitos
Es duro aceptar que la perversidad solo marida con la inteligencia, y el presente que nos toca vivir se parece más a un rebrote de copitos -la horda que gatillo en la cara de CFK- en todos los órdenes de la vida que a una conspiración de los “magos del Kremlin”. Así, la imposibilidad de aceptar que la política contemporánea —salvo honrosas excepciones— puede ser brutalmente pedestre se compensa con el mito de las masterminds: operadores en pasillos oscuros, cerebros detrás de la escena. Comprar un libro en la calle Corrientes, comer una pizza en Guerrín, subrayar dos frases sobre el poder y usarlo, meses después, de apoyapavas. La grasa de las capitales.
Argentina, además, ofrece una materia prima generosa para el rumor, por lo que esta industria de la impostación se vuelve eficiente. Antes, no tan lejos en el tiempo, la figura del operador en sombras requería una densa infraestructura: un aparato, un partido consolidado, cuadros, servicios de inteligencia, empresarios, sindicalismo e, inevitablemente, el Estado mismo. Sin embargo, en la actualidad, esta figura se ha visto sometida a una inflación narrativa donde basta un asesor joven, un par de chats de Signal, algunos periodistas amigos con poca vocación y una oficina con luces bajas para gestar la imagen de un “Mago del Kremlin”.
Esta fascinación por figuras presentadas como “monjes negros” impulsa la emergencia de “consultores”, igual de superficiales, que venden sus servicios bajo expectativas pretenciosas: “arquitectos del sentido” o “ingenieros del algoritmo”. Sin embargo, esta estetización premium oculta que, en la práctica, su labor se reduce a la gestión de focus groups mediocres, segmentaciones básicas y contenido genérico, resultando en un simple taylorismo argumental de bajo impacto.
El problema no es que este tipo de «asesor» no importe. Importa, y mucho, precisamente porque ocupa lugares que en cualquier república más o menos seria exigirían responsabilidad pública, controles, firmas, auditorías y rendición de cuentas. El problema es otro: confundir opacidad con genialidad. Que alguien concentre poder sin cargo formal no lo convierte automáticamente en arquitecto del caos; también puede convertirlo en síntoma de una institucionalidad degradada, donde la política profesional, después de años de vaciamiento, acepta que la conducción se desplace hacia zonas grises habitadas por monotributistas del poder.
Se verifica una ley inversa: cuanto menos puede hacer la dirigencia sobre la realidad, más necesita narrarse como sofisticada; cuanto más ordinaria es la gestión, más barroco se vuelve el relato sobre sus estrategas. Cuanto más improvisado el gobierno, más mística requiere el consultor en las sombras; la política espectral donde la muleta ortopédica de la comunicación digital se transforma en el fin último de un sistema viejo, vaciado y plagado de inautenticidad.Consumos problemáticos de superficialidad.
Estamos en el interregno que sobreviene a los procesos de decepción y frustración (como mencionamos antes, ocurrió por los años 2000), en la intersección entre el rechazo sostenido hacia la política profesional y el vértigo social de ser gobernados por el menos profesional de la política. En ese lapsus, buena parte de los dirigentes se convirtieron en comentaristas de su impotencia. Ante una realidad cada vez más difícil de transformar, encontraron refugio en el mismo ecosistema de paneles, streamings y auditorios digitales que dio origen al propio síntoma epocal, es decir, a Javier Milei.
La venganza del espectador, sobre la que hablamos en septiembre del año pasado, no consiste solo en que el público les hable a los políticos como si pudiera reemplazarlos, sino en que muchos políticos empezaron a comportarse como espectadores de su propia impotencia. La política queda reducida a un intercambio horizontal que borra jerarquías de experiencia y responsabilidad, como si la práctica concreta de gobernar y el ejercicio de comentar sobre ella fueran equivalentes. Los flujos de la vida se confunden con los flujos digitales: los likes con votos, las audiencias de marketing con cartografías electorales.
Gran parte de la plana política “profesional” deambula por consultoras, coaches, agentes de IA y carísimos asesores. La época donde la delegación del poder decisional se mixea con una pérdida de confianza en las propias facultades de ejecución. La norma ISO del presente parece funcionar así: una certificación cruzada donde el dirigente busca nuevas “audiencias” y el comentarista recibe una pátina de centralidad política. Una horizontalidad artificial entre quien vivió de tomar decisiones y quien no tomó ninguna. El resultado contribuye a la sobrenarración, a la sobreinterpretación y a la superficialidad: dirigentes que buscan validación en el comentario, comentaristas que simulan gravitación en la decisión, y una conversación pública cada vez más ocupada en hablar de sí misma. La profecía autocumplida del tiempo que nos toca transitar es esa.
En este sentido, digamos que la apatía que se expresó en las distintas elecciones provinciales no debería leerse, pese al fatalismo ahistórico de algunos comunicadores, como la muerte lenta de “la política”. Se trata, más bien, de una rebelión pacífica contra su teatralización. Frente a una política saturada de impostaciones, sobreactuada en sus gestos y vaciada de propuestas reconocibles, muchos ciudadanos no se retiran de lo político en abstracto: se retiran de una escena que perciben falsa, repetida, inauténtica. No huyen de la política; huyen de su versión más impostada, la misma de la que participan, con entusiasmo profesional, muchos de quienes después se sorprenden ante la indiferencia.
Sin embargo, desde este espacio creemos que hay luz al final del túnel. Porque debajo de esa superficie retiniana, hoy preponderante por el auge de las pantallas, sobrevive otra capa menos fotogénica de la política: cuadros intermedios, creativos intendentes sin coparticipación provincial haciendo malabares, gestiones que resuelven cloacas, transporte, comedores, seguridad mínima. Un mundo de militantes, funcionarios y dirigentes que no da conferencias sobre el futuro del movimiento, pero tiene que arbitrar todos los días entre necesidades incompatibles.
Es cierto, el mundo de la política “profesional” está golpeado, también carga sus cinismos y sus zonas muertas. Pero sigue siendo una parte importante de lo que muchas personas identifican como “la política” cuando tienen un problema concreto que resolver. Allí sobrevive, para mal o para bien, una política hecha de malabares silenciosos con el presente.
Como sostiene Giuliano Da Empoli, la política es una profesión, y está entre las más difíciles que existen. Una actividad que expone permanentemente al riesgo de quedar en ridículo o parecer un idiota, sobre todo cuando uno no lo es. Quizás por eso resulte tan tentador tercerizar el criterio. Decidir, en cambio, sigue siendo otra cosa. La consultoría no creó el enojo social: lo encontró, lo empaquetó, lo aceleró y después se atribuyó el milagro. El viejo truco de los vendedores de lluvia.
Si como decía Juan Perón, todo el arte está en la ejecución, ¿qué quedará de la política si sus principales protagonistas no tienen nada para decir acerca de la renuncia programada a sus propias facultades mentales para decidir?.
Formar dirigentes para decidir —no para performar lucidez, no para tercerizar criterio— quizás sea el desafío más importante del arte político futuro. Porque cuando la política deja de confiar en su propia capacidad de ejecución, siempre aparece alguien dispuesto a venderle una prótesis: un consultor, un gurú, un algoritmo, un mago del Kremlin. Su villano favorito.


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