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Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas
La relación entre la corrosión del autoestima nacional, la derrrota en Malvinas y el avance del neoliberaismo ha sido poco estudiada en el mundo académico. No es casual tampoco que la cuestión Malvinas haya quedado -deliberadamente- asociada al episodio bélico.
Es que no hay neutralidad posible con Malvinas. Cuando se discute 1982 se discute la guerra, pero también se discute qué entendemos por soberanía, qué lugar le damos a la defensa, qué hacemos con nuestras Fuerzas Armadas y, en última instancia, si somos una nación o un simulacro.
La derrota de 1982 resonó en un cambio cultural más general, que la dictadura tentaculizó en todas las esferas de la sociedad: la destrucción del autoestima nacional.
La desmalvinización fue una pedagogía destinada a sembrar un nuevo sentido común. Estuvo —y está— sostenida por un relato bifronte. Por un lado, la idea de que Malvinas fue parte de la “demagogia” dictatorial. Por el otro, el repertorio victimista de “los chicos de la guerra”.
En el primer relato, Malvinas fue apenas el manotazo desesperado de un alcohólico uniformado, un desatino final de Galtieri. En el segundo, más sentimental y efectista, “los chicos de la guerra” licúan la experiencia de los combatientes en una figura exclusivamente victimal. Por medio de estas dos apuestas, la política desmalvinizadora buscó equiparar causa nacional, guerra y dictadura, confundiendo el reclamo soberano con la conducción política y militar concreta que lo encarnó en aquel momento.
Ese sentido común llevaba a asociar la aventura militar con una supuesta “locura colectiva” de la población, que habría acompañado la acción impulsada por un régimen genocida. Pero esa visión implicaba también una negación de la historia misma del reclamo argentino, de una larga secuencia de demandas y posiciones diplomáticas que durante décadas habían permeado el escenario internacional. De hecho, las exigencias actuales del Poder Ejecutivo siguen sosteniéndose en la Resolución 2065 de la ONU, aprobada en 1965.
Estudios recientes sobre la conducción operacional analizan Malvinas como una de las últimas contiendas clásicas del siglo XX y ubican los problemas en la formación doctrinaria y en las carencias de conducción del Ejército, no en una caricatura psiquiátrica de la guerra. Es decir: hubo errores enormes, limitaciones estructurales y fallas doctrinarias, pero no por eso deja de haber allí una guerra real, con problemas militares concretos, que exige ser pensada como tal.
En el marco de una lógica de época, la dirigencia política disponible —es decir, toda menos la del peronismo, que había sido primero privilegiadamente perseguido por la dictadura y después derrotado por el alfonsinismo— ofreció a la sociedad esa desmalvinización como una respuesta moral automática ante el resurgimiento democrático posterior al autoritarismo. Parte de esa respuesta se tramó alrededor de una operación precisa: Malvinas, que durante décadas había sido símbolo de unidad nacional, quedó preponderante y deliberadamente asociada al episodio bélico. Fue allí donde empezaron a tejerse los hilos culturales que soldaron lo nacional con lo militar, y lo militar con lo dictatorial. El alfonsinismo fue desdibujando la justa reivindicación anticolonial que la guerra representó. En esa clave, la desmalvinización no fue solo una política del olvido, sino una forma de amputación nacional.
El hecho de que “lo nacional” deviniera en una suerte de contracultura en su propio suelo coincide con el momento exacto en que las Fuerzas Armadas, cuyas cúpulas habían delineado gran parte de la historia argentina —en sentidos diametralmente opuestos—, comienzan su diáspora del proyecto de país.
Aquí puede ubicarse una tonalidad ideológica principal: la de la nueva ética de la élite política argentina de la posdictadura, esa socialdemocracia-progresista que será, hasta hoy, profundamente antimilitarista.
Esa lectura de Malvinas tuvo costos políticos inmensos. Al confundir, como señalamos antes, lo nacional con lo militar, y lo militar con lo dictatorial, en la posdictadura se produjo una verdadera amputación semántica de la nación. De un lado quedó la república abstracta; del otro, todo lo que oliera a soberanía, defensa, industria o poder nacional fue arrinconado como sospechoso, como si se tratara de una patología y no de la condición básica de cualquier país que pretende existir.
No se trató solo de un clima de época ni de una reacción moral frente al terrorismo de Estado, sino de una inversión de sentido cuyas esquirlas todavía llevamos encima. Allí se incubó el divorcio entre pueblo y Ejército, la obturación de una conversación seria sobre defensa nacional y la degradación de “lo nacional” a una forma de contracultura en su propio suelo.
Nuestro país llegaría así a 1983 con una visible hemorragia de lo que Aldo Ferrer denominó “densidad nacional”, un concepto sociológico que bien puede ayudar a explicar cómo, a partir del alfonsinismo, comienza la pérdida indetenible de esa densidad. El país, ya encorsetado en las afiebradas axilas del pasado dictatorial, empieza a delirar una fiebre antimilitarista que se expresa también en los mensajes presidenciales de Alfonsín y, más tarde, de Menem, en esa culpógena condena a nuestro potencial nuclear y a cualquier idea de poder nacional relativamente autónomo.
La operación produjo, además, el congelamiento de la causa dentro del propio régimen democrático. Malvinas pasó a ser, al mismo tiempo, una bandera incuestionable y un problema políticamente inmóvil. Desde la reforma de 1994, el reclamo quedó elevado a mandato irrenunciable, pero también encapsulado en un repertorio rígido: de conmemoración ydiplomacia declarativa. Así, la causa nacional más intensa de la democracia argentina terminó funcionando muchas veces como arma arrojadiza de la política interna; la sacralización impotente de Malvinas.
Malvinas nos ordena
El mapa del poder global indica que se cerró un largo ciclo de primacía occidental y se abrió una etapa de transición, conflicto y disputa, en la que las grandes potencias vuelven a moverse con una lógica más desnuda, menos diplomática, más territorial. América Latina vuelve a importar no porque el Norte haya descubierto nuestro encanto, sino porque necesita reasegurar su patio trasero en medio del desorden multipolar. Como todo imperio en declive, Occidente se vuelve más agresivo a medida que pierde centralidad.
Esa reconfiguración global tiene coordenadas precisas en el Atlántico Sur. La presencia británica en Malvinas no se agota en la disputa bilateral con la Argentina, sino que forma parte de una red más amplia de proyección estratégica que conecta enclaves en el Atlántico con la Antártida. A su vez, Estados Unidos ha sostenido históricamente una política ambigua pero persistente sobre el continente antártico: sin reconocer reclamos soberanos, se reserva derechos potenciales sobre áreas que se superponen casi por completo con el sector argentino, con el mar de Weddell como vía de acceso privilegiada y la península antártica como zona de valor logístico y de recursos. En ese tablero, Malvinas es una pieza en la arquitectura de control de rutas, recursos y posiciones en uno de los espacios más estratégicos del siglo XXI.
De ahí que la discusión sobre defensa nacional no pueda seguir encerrada en la vitrina castrense. La defensa no empieza en los cuarteles y termina en un desfile. Es una trama mucho más ancha: recursos naturales, infraestructura, comunicaciones, ciencia, industria, logística, formación técnica, cohesión social, sentido del territorio y voluntad política. Las Fuerzas Armadas son una parte necesaria de esa arquitectura, pero no su totalidad. Perón lo explicaba, retomando a Colmar von der Goltz, con la tesis de la Nación en armas: un arco tensado al máximo, donde la punta de la flecha son las Fuerzas Armadas, pero el arco, la cuerda y la fuerza que la tensa es el pueblo entero, sus recursos, su trabajo, sus industrias, sus vías de comunicación. La defensa es, en esta visión, la capacidad real de un país para mantener vivo su territorio, su tejido productivo y su gente frente a un mundo que se está reordenando comercial, pero también militarmente.
Un país que desarma su industria, que terceriza su energía, que extranjeriza la tierra, que desprecia el conocimiento aplicado y que mira con pudor toda conversación seria sobre soberanía, no está en paz: está inerme.
Por eso la Argentina necesita una generación política nueva. No nueva por edad biológica o estética de recambio, sino nueva en el sentido más arduo del término: capaz de salir de la falsa opción entre progresismo sensible y coloniaje sonriente; de pensar la democracia sin extirparle la nación; de recuperar una idea integral de defensa, no como pulsión cuartelera sino como organización de la comunidad para persistir en un mundo más áspero. Una generación que vuelva a comprender que, sin base material, sin densidad nacional y sin capacidad de defender lo propio, no hay soberanía duradera ni proyecto histórico que resista demasiado tiempo.
Malvinas sigue siendo, en este sentido, una experiencia configurativa de nuestra identidad. Una pregunta por lo que somos cuando se nos obliga a elegir entre ser nación o apéndice. Y esa pregunta solo se responde si dejamos de infantilizar la cuestión nacional, es decir, si dejamos de reducirla a mirar un partido de los Pumas o gritar un gol de Messi.
Debemos empezar por sacar a Malvinas del doble encierro en que la dejó la posdictadura, entre la memoria mutilada y la conmemoración estéril. Volver a pensarla como una causa nacional inscripta en un tablero más ancho: el del Atlántico Sur, la Antártida, la soberanía y la defensa de una comunidad que todavía no decidió del todo si quiere ser nación o apéndice.
Si la memoria dominante de la posguerra la redujo y el ceremonial democrático la congeló, el desafío de nuestra época es devolverle espesor histórico, político y estratégico. En ese sentido, Malvinas puede dejar de ser una herida para volver a ser una brújula. Un principio de orientación para pensar la Argentina que viene: una que entienda su territorio, su mar, sus recursos y su lugar en el mundo.



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