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«Deme dos»: dictadura y después

Tiempo de lectura 16 minutos

Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas

La dictadura fue la implementación forzada de una forma de ver el mundo y el intento de cancelación de muchas.

El blanco principal fue la Argentina peronista, sobre la cual la junta militar se lanzaría con todas sus fuerzas guiada por un sentido misional: la extirpación de ese modo “desviado” del ser nacional para el injerto de otro. Una cruzada para destruir una forma histórica de articular Estado, trabajo, industria y soberanía.

La dictadura inventó un nuevo lenguaje donde ni quedarse mudo ni “cantar” alcanzaban para conservar la vida. Los fines de la “reorganización” fueron más allá; no solo en los años, sino en los hechos.

Las consecuencias fueron devastadoras en todos los planos. En términos materiales, la deuda externa pasó de 7.875 millones de dólares en 1975 a más de 45.000 millones en 1983; el producto industrial cayó cerca de 20% entre 1976 y 1983; cerraron más de 20.000 establecimientos fabriles; y la participación de la industria en el PBI retrocedió del 28% al 22%.

Fuente: Poliedro Data

En lugar de “achicar el Estado”, lo agrandó para, desde allí, resetear el país. Se cerraron 20.000 fábricas y se abrieron 340 centros clandestinos de detención. El Estado se expandió para violentar y desorganizar a una sociedad ya sumergida en la violencia política, y para destruir al mundo del trabajo como nodo organizador del país. Despejada esa x, se pondría el país a disposición de la gran finanza internacional.

Toda esta “reorganización” económica no operó de modo uniforme sobre toda la sociedad. Mientras el tejido de la Argentina industrial se erosionaba, emergía una clase media que podía tomar sus vacaciones en Miami… haciendo del ‘déme dos’ una clásica expresión argentina. Ese sector de la sociedad accedía, entonces —de forma transitoria y artificial— a un nuevo patrón de consumo sostenido por endeudamiento, apertura importadora y valorización financiera. Una ambivalencia clave para entender la época: la dictadura no solo se impuso por el terror, sino también por la capacidad de producir experiencias diferenciales dentro de la sociedad, fragmentando percepciones y debilitando lazos de solidaridad. Así, mientras amplios sectores sufrían represión y se generalizaban las tendencias al descenso del salario y a la desocupación, otro sector de la sociedad naturalizaba el consumo importado y la apertura indiscriminada como único horizonte.

El desplazamiento no fue solo económico. También fue sociológico, cultural y antropológico. La dictadura clavó un aguijón envenenado en el corazón de la autoestima nacional e instaló una sospecha persistente sobre el propio pueblo: que el argentino común —sobre todo cuando se organiza— tiende naturalmente al desorden, a la pereza, la viveza y la trampa, y que por eso gobernar bien consistiría, en el fondo, en corregir esas deformidades del ser nacional por la fuerza. En la mente de aquellos militares la democracia era apenas un privilegio, un recreo civil que había demostrado su incapacidad para domar un país que corcoveaba demasiado.

Claro que todo el viraje económico no podía imponerse sin una derrota social previa. Por eso la represión tuvo como blanco central a la clase trabajadora y al movimiento sindical. La suspensión de la negociación colectiva, el congelamiento salarial, la intervención sindical y la persecución de delegados se instalaron como rifle sanitario para el país. La transformación estructural exigía quebrar a quienes mejor podían resistirla.

La disminución del poder sindical, salvajemente perseguido, se abría paso al tiempo que se desplomaba la participación asalariada en el ingreso nacional. El salario real sufrió una caída abrupta desde el inicio mismo del régimen. Martínez de Hoz, el “civil” de la dictadura, convirtió la economía argentina en una especie de casino público. 

La evidencia sectorial lo muestra sin necesidad de grandes metáforas. En Ford, 17 de 24 trabajadores fueron secuestrados en sus puestos de trabajo y llevados a los quinchos de la propia planta, que funcionaron como centro clandestino de detención.

Mercedes-Benz refuerza el mismo patrón. Las investigaciones judiciales y los informes sobre responsabilidad empresarial muestran que directivos de la empresa señalaron trabajadores, aportaron información y facilitaron la persecución sobre obreros y activistas. Ahí se evidencia con claridad algo que durante años se quiso diluir: en varios sectores, la represión no cayó desde afuera sobre un mundo empresarial inocente, sino que articuló intereses estatales y privados en la tarea de destruir la organización obrera.

Villa Constitución y Acindar permiten ver la misma lógica en el corazón siderúrgico. El conflicto obrero previo al golpe había convertido a esa zona en uno de los núcleos más intensos de organización sindical. Por eso mismo fue un blanco privilegiado. La investigación sobre responsabilidad empresarial registra para Acindar al menos 18 asesinados, 8 desaparecidos y 69 detenidos-liberados vinculados al caso.

Ledesma, por su parte, muestra que la operación excedía el cinturón industrial bonaerense y rosarino. En Jujuy, al menos 70 trabajadores y pobladores vinculados al universo laboral de la empresa fueron víctimas del terrorismo de Estado, con decenas de desaparecidos. El nuevo equilibrio de fuerzas se imponía en favor de los sectores dominantes. La represión fue nacional porque el rediseño del país también lo era.

Basualdo y Jasinski muestran que el proceso combinó reforma financiera, apertura comercial y endeudamiento externo con una “reestructuración regresiva” de la industria. Esto es, no cayó toda la industria por igual: se destruyeron sobre todo los sectores pequeños y medianos, mientras se reforzaban los capitales más concentrados. Esa precisión importa, porque evita la simplificación. La dictadura no liquidó toda la producción, la reconcentró y la subordinó a otra lógica de acumulación.

Fuente: Poliedro Data

 

El eterchanta

La dictadura afinaba día a día el lápiz con el que va iba a dibujar a su héroe de época. El arquetipo de lo que intentaba injertar en todas las conciencias. Ya no era el delegado gremial, el militante barrial o el trabajador que se piensa como parte de una trama colectiva, sino el avivado, el superviviente, el que “se la rebusca” solo. El que tiene la valentía de atravesar los huracanados vientos de la libertad de mercado y evolucionar -o extinguirse en el intento- de la mano de “la competencia”. El que se “adapta” la que toca, le pone etiqueta a las balas y hace negocios mientras los demás, llorones, maricones, melancólicos y “zurdos trasnochados”, tienen la ñata contra el vidrio. El argentino que por fin entendió que no se trata de laburar, sino de “poner a laburar la guita”; el que descree de todo compromiso común y convierte la astucia individual en la única virtud pública.

 

 

Entre los sintetizadores de la banda sonora y los trajes de corte importado, “Plata dulce”, el film de Ayala captura el momento exacto de una derrota. Documenta la mutación del «hombre de trabajo» en el arquetipo del nuevo rico de la patria financiera. Para que el personaje de Bonifacio (Luppi) abandone el lastre melancólico de la fábrica de botiquines y se rinda a la novedad de la «plata fácil», primero debe aceptar la partición del mundo entre «ganadores» y «boludos», esa taxonomía moral que volvió ridículo cualquier rastro de compromiso colectivo.El personaje de Arteche (interpretado por el gran Gianni Lunadei en un rol doble de antagonista) representa al estafador que conoce los códigos de la «amistad» argentina para usarlos en contra de su propio socio. Es el quiebre de la solidaridad ante el avance del individualismo de mercado. El triunfo del chanta como figura aspiracional. El chanta que se alimenta al grito de «¡Arteche, usted es un genio!». La celebración de una omnipotencia ingenua basada en la destrucción del valor real y el desprecio por el esfuerzo productivo

La película retrata la claudicación de una clase media que aceptó la tutela de una élite que vendía el espejismo de pertenecer al mundo moderno a cambio de entregar su soberanía. Oficinas de lujo en una ciudad que ya no produce nada; un ciudadano que, en su afán de ser «alguien», terminó por no ser nadie. 

Pero ese arquetipo no se vuelve dominante solo por propaganda ni por oportunismo social. Antes hubo que pasar por algo más hondo: por la fabricación de un clima donde pensar libremente, discutir, disentir o sostener convicciones empezara a parecer una imprudencia o directamente una forma de culpa. Walsh lo vio con precisión cuando escribió que la Junta había logrado que “el pensamiento libre (en un país donde la libertad era costumbre) sea asumido por la comunidad como una subversión que bien podría merecer el cadalso”, y que en universidades y liceos había entronizado “el espíritu de asentimiento”. Ahí está una de las marcas más persistentes de la dictadura: no sólo la persecución física del militante, del delegado o del cuadro político, sino el aplanamiento moral y cultural que volvió sospechosa y cancelable a la inteligencia y castró de cuajo los mejores brotes de imaginación política. Para que el argentino chanta pudiera ascender como figura respirable, antes hubo que volver peligrosa, ridícula o inviable a la figura del argentino comprometido.

La épica de este “nuevo argentino” funcionaba como coartada moral de una élite que necesitaba degradar la imagen del pueblo para justificar su tutela. O por lo menos justificarla no sólo encañonando o secuestrando a quien no compartía las directrices. Una dosis intravenosa del somos «hijos del rigor», lo que en términos culturales, sedimentó una forma de autodenigración que todavía sobrevive, sobre todo en ciertos conglomerados donde habita esa gárgola social que tan bien definió Jauretche: el mediopelo, que muy eventualmente puede gritar los goles de Messi, pero que en el resto de su existencia preferiría ser ciudadano norteamericano o londinense.

 

Internas de profesionales

En términos políticos, digamos que la cúpula militar no estaba llena de tecnócratas lúcidos. Videla aprobó a Martínez de Hoz “sin conocer de economía”. A diferencia de otras fracciones militares, la asociada al terrorismo de Estado en los años 70 fue una dirigencia disponible para delegar en el establishment económico el programa de reorganización social que ya deseaba políticamente. Más que el despliegue de un plan cerrado, lo que se configuró fue la convergencia de intereses y visiones que encontraron en el golpe su forma de realización. Todo sostenido en una hipótesis que Arturo Jauretche graficó con claridad después del golpe del 55: “quieren el capitalismo sin las implicancias sociales del capitalismo.”  Es decir, sin peronismo.

El proyecto de unidad nacional de Perón, materializado en “Modelo Argentino para el proyecto nacional” chocaba contra el clima de época. El peronismo no solo era mirado con rechazo desde los sectores conservadores profundos, sino desde las cúpula montonera representada por Mario Firmenich, quien citado por Aldo Dudzevich en “La Lealtad” declaraba:

Con Perón teníamos una serie de coincidencias en la época de la resistencia..y hoy Perón está aquí, y Perón es Perón y no lo que nosotros queremos…(…) Hay que profundizar en su pensamiento, cosa que en rigor generalmente no conocemos.(…) la ideología de Perón es contradictoria con nuestra ideología porque nosotros somos socialistas, para nosotros la comunidad organizada, la alianza de clases es un proceso de transición al socialismo. (…) La contradicción con Perón es insalvable. la solución ideal sería que Perón optara por admitir que la historia va más allá de su proyecto ideológico.»

Massera, el más “político” de la Junta, evidencia que las internas existían, pero no alteraban el vector principal. El Almirante cero confrontó con Martínez de Hoz, cuyas políticas causaban resistencia en amplios sectores obreros, por las tendencias al descenso del salario y a la desocupación. Emilio Massera leía este descontento y criticaba el rumbo, buscando construir una base civil propia; incluso dijo en 1979 que el gradualismo del ministro había llevado a la industria argentina “a la quiebra”. Pero esa disputa no era una salida popular ni una objeción de fondo al rediseño regresivo del país. Era, más bien, una pelea por quién capitalizaba políticamente sus consecuencias.

Esa combinación de objetivo firme e instrumentos disputados explica mejor la eficacia histórica del Proceso que la idea de una ingeniería homogénea. Conviene, entonces, no leer la dictadura como una corriente unidireccional. Fue algo más eficaz y más duradero: un punto de encuentro entre un objetivo político claro —terminar con la Argentina que había hecho posible al peronismo como forma social— y una serie de instrumentos económicos que, aun con sus improvisaciones y disputas, lograron cambiar el patrón de acumulación, debilitar al movimiento obrero y reconfigurar la sociedad argentina. No completó por sí sola un modelo acabado. Pero dejó el terreno listo, endeudado, desindustrializado y fragmentado para que las décadas posteriores, y las corrientes políticas que tributaron a los retoños civiles de aquella dictadura, administraran esa herencia. Fue la convergencia entre una élite económica con programa y una conducción militar que, en muchos casos, “no conocía de economía” pero estaba dispuesta a delegarla. 

Justamente por eso, su derrota formal no significó su desaparición histórica. Este proceso de degradación planificada de las instituciones nacionales y su deliberado divorcio de la comunidad no detuvo su avance ante un poder estatal asfixiado por el peso de la deuda y diezmado en su margen de maniobra, con un país cuya autoestima estaba lesionada por las consecuencias de la derrota en Malvinas.

Cicatrices

Ese suelo resquebrajado es el que condiciona la democracia recuperada y explica, al menos en parte, por qué el retorno institucional no alcanzó para desmontar la arquitectura económica, social y cultural heredada. Así se manifestó la temperatura de la época durante la presidencia de Raúl Alfonsín, un período que marcó el retorno de la democracia, pero bajo el amparo de un proyecto económico frágil y con una democracia constreñida que alimentó, de manera deliberada y enfática, los viejos fantasmas contra el peronismo. A la propia impericia económica que signó al gobierno radical, se sumó un proceso constante y acelerado de erosión de la autoridad estatal, desembocando en el desastre organizado de la hiperinflación.

Con el terreno económico y sociocultural abonado, el proyecto neoliberal fue profundizado a través de las instituciones estatales por un gobierno democrático, el de Menem, convertido en el símbolo local de la claudicación ante el Consenso de Washington. Finalmente, la Alianza , con una combinación perfecta de improvisación e ineptitud, tomó el timón, aunque con las manos enmantecadas. El experimento precipitó el estallido de 2001, dejando a la política con su prestigio seriamente comprometido.

En este contexto, la objetividad de los monopolios mediáticos era incuestionable, y por ende la responsabilidad unívoca de la crisis la tenía “la política”. Mucho menos cuestionado era el origen de su poder, y su complicidad con la dictadura. Los operadores mediáticos y económicos gozaban de total impunidad, corroyendo la autoestima nacional con la «vergüenza internacional» de ser argentino: «tramposo», «corrupto», «inútil» eran los dardos envenenados que lanzaban los dueños de la opinión publicada. Principalmente, trabajaron sobre el fetiche del “riesgo país”, esa abstracción financiera que terminó por convertir al ciudadano común en un defensor indirecto de quienes vampirizaban las arcas públicas. Ante ese escenario, el cine ensayó las respuestas que la política no podía o no quería dar.

Si en los 80 el trauma de Plata dulce era la caída del «hombre de trabajo» frente a la especulación, en los 90 el cine argentino —con Nueve Reinas (2000) como su epitafio perfecto— retrata la cristalización terminal de ese proceso: el chanta ya no es un aspiracional engañado, sino un profesional de la supervivencia en un país rematado. El Marcos de Ricardo Darín es un sujeto cínico diseñado para detectar «ventanas» de oportunidad en medio del naufragio; el arquetipo evoluciona de la ambición ingenua a la amoralidad adaptativa. Mientras en la dictadura la estafa todavía habitaba la solemnidad del mármol y el cuero, en el menemismo la acción se desplaza a los «no-lugares»: hoteles internacionales y estaciones de servicio que son tierra de nadie. El arquetipo ya no busca pertenecer a una jerarquía dentro de la «patria financiera», sino salvarse solo en un mercado que terminó por devorarse al Estado.

En esta etapa, la evolución del personaje llega a su fase terminal: la traición como único contrato social. Si en los 80 el socio era quien te estafaba, en los 90 la sospecha es universal. La película de Fabián Bielinsky refleja una sociedad donde el «otro» es exclusivamente una presa o un depredador; ya no es el mediopelo aspiracional de Jauretche, sino el sujeto del neoliberalismo que entiende que, si no es el estafador, es indefectiblemente el estafado. La ironía final de esta comparación histórica es perfecta en su tragedia: mientras en Plata dulce el desenlace es el exilio o la cárcel tras el estallido de la «tablita», en Nueve Reinas el clímax coincide con el corralito y la caída de los bancos. El arquetipo del «vivo» termina siendo la víctima de una estafa mayor, la del propio sistema financiero que él creía dominar. 

Una de las tantas herencias tangibles del proceso es que casi toda la cultura política actual vive sumida en la idea de que “ser honesto” significa, en realidad, ser un dirigente que nunca enfrentó ni enfrentará al poder real. Un disciplinamiento horizontal que, salvo honrosas excepciones, persiste.

Ahí está, en última instancia, la obstinación refundacional de la dictadura. En las muchas reglas que organizan todavía nuestra vida económica, social y política. En los perímetros de lo aceptable. Nuestra hipótesis es que la dictadura no se agotó en los cuarteles, ni en el juicio a las juntas, ni en el retorno de la democracia. Su criatura sigue viviendo, bajo otras formas, en el salario depreciado, en las fábricas cerradas, en la deuda como chantaje, y en una política obligada a moverse sobre un suelo ya alterado. 

El kirchnerismo fué, de algún modo, el último cirujano de ese pasado ideológico de la Argentina moderna: interrogando a todos, cosiendo y descosiendo todas las costuras, pretendiendo rearmarlas a su manera. Dejó muchas deudas pendientes, pero instaló la necesidad de tener una mirada holística sobre el país; una donde el golpe cívico militar no es un episodio más, sino una pesada mochila que no nos podremos sacar de encima sin el pleno ejercicio de la memoria.

 

PH portada: Asociación de Reporteros Gráficos de la Argentina (ARGRA)

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